martes, 20 de octubre de 2026

Carolina y Reforma, un espacio de la memoria del comienzo de la industria en Guanajuato

 El comienzo del espíritu mexicano de la construcción de la cultura nacional del trabajo

Por Pascual Zárate Avila

Cronista de Salvatierra, Gto


La puerta a la historia del surgimiento de la identidad nacional en 1631

Introducción

    El presente trabajo empezó como una compilación de registros de historias orales de protagonistas de la Administración Obrera, de trabajadores de la fábrica Carolina y Reforma, un periodo histórico lleno de sacrificios para todos los obreros y, a la vez, accionistas de la empresa.

    La intención era armar la narración de los momentos de éxito de los obreros accionistas de la Administración Obrera, con el objetivo de valorar su papel histórico de mantener viva la industria textil en Salvatierra.

    Considerando a la crónica municipal con el deber de registrar las narraciones orales de las experiencias exitosas del periodo de la Administración Obrera de la fábrica Carolina y Reforma durante el periodo de 1973 a 1992, y transmitir el fuerte valor de la resiliencia de una generación de obreros que mantuvieron trabajando una de las fábricas textiles más grandes de México, una lucha dada durante un periodo históricos de cambios económicos en el mundo con el fin de proteccionismo económico de los países.

    El relato de la historia oral recabada cuenta la historia empezando desde cuando los obreros y accionistas recibieron en propiedad la fábrica textil Carolina y Reforma, cada narración testimonial obtenida nos descubre la comprensión de su responsabilidad de mantener viva a la fábrica con su trabajo, con sus iniciativas de buenos proyectos y de su entrega convencidos de sus enormes posibilidades de salir adelante como una unión de trabajadores. 

    Los protagonistas de las experiencias en la Administración Obrera, narraron sus pensamientos y motivaciones para impulsar la producción textil y encontrar mercados favorables a su producción, buscando en todo el mundo.

    Sin embargo, al contar con la narración del esfuerzo realizado por los obreros salvaterrenses y técnicos empíricos de la fábrica textil, me surgió la pregunta ¿Cuándo inició el espíritu de la consciencia de sus propias fuerzas de construir sueños? Mi reflexión viajo hasta el comienzo de periodo de la historia de la Nueva España cuando los criollos empezaron a darse cuenta de su poder para construir ellos mismos la infraestructura productiva para la mayor fertilidad de las tierras y la construcción de tecnología para la  transformación de la materia prima, el trigo, en un producto apropiado de consumo en la elaboración del pan y las pastas. Para ello en el molino se llevaba a cabo el limpiado del trigo para limpiarlo del polvo y de la paja, luego se humedecía con agua para separar los granos de trigo de su cáscara y prepararlo para su rotura, trituración y tamizar del polvo de harina y obtener un polvo de harina sin pedazos de granos de trigo. Un verdadero proceso industrial por el volumen de trigo procesado en el molino de la Esperanza de Gabriel López de Peralta.

La energía conocida a través de las narraciones de los antiguos obreros para involucrarse, con pasión, en la puesta en marcha de un complejo industrial textil, un proceso cuyo comienzo era recibir algodón y entregar rollos de tela estampada. 

Su energía fue la continuidad del comienzo de consciencia de las propias fuerzas de la población americana compuesta de criollos, mestizos, indígenas y mulatos, por ello contamos el comienzo de un lugar donde nació la identidad de México, el antiguo espacio de la lomita de Huatzindeo, la que ahora es la zona de los edificios llamados Carolina y Reforma 1845.


El comienzo de la cultura del trabajo en Salvatierra, primera ciudad de Guanajuato.




El edificio del antiguo molino virreinal de La Esperanza cuando se convirtió fábrica textil

La historia de lo valores humanos de una población surgida como ciudad novohispana

El propósito es contar la historia de una población empleando un lugar territorial como centro del crecimiento de la ciudad.

Es una ciudad interesante para la historia universal, es la construcción de un ideal, de una utopia, durante los años del surgimiento de la consciencia de sí de los pobladores de la Nueva España.

Hubo una forma de comprender el mundo al estar conscientes de la existencia de varias civilizaciones surgidas en los distintos continentes del mundo. España impulsó la reflexión humanista con sus órdenes religiosas, como los dominicos con fray Bartolomé de las Casas, quien expuso el deber de España de darle dignidad a los naturales de las Indias Occidentales.

La utopia de Tomás Moro trabajada por el venerable Vasco de Quiroga en la región de Michoacán, donde se incluía la parte llamada Guanajuato.

En esta fértil región de la Nueva España surgió el espació para la praxis de la utopia de Tomas Moro y hacer realidad la concepción de los Derechos Humanos de fray Bartolomé de las Casas.  

Veo la ciudad de Salvatierra y platico con diferentes personas para conocer su historia de vida, las cuales son narraciones de éxitos obtenidos durante la vida. 

Salvatierra tiene periodos de intensa pasión en la construcción de sus fuentes de trabajo, agricultura, industria, comercio y servicios, una ciudad calmada, devota y productiva. Con un gran orgullo en sus habitantes por recordar a sus familiares y su legado de valores y obtención de bienes para las siguientes generaciones.

Se siente el rumor del olvido, una fisionomía social con características de encontrar perdidos los paisajes de cuando había una fábrica textil con numerosos trabajadores cuya presencia era puntual por las calles al salir del turno de trabajo, llenos de pelusa de algodón llevando uniforme de gabardina café en el corte de sus camisolas y pantalones. Con sus bolsas del almuerzo caminaban a las tres de la tarde, cubierto con salpicaduras de algodón en el pelo y en el uniforme fabril, iban con calma pasando por las calles de la ciudad, dirigiéndose a la parte opuesta de la ubicación de la fábrica textil llamada La Reforma, aunque una buena cantidad de los integrantes del turno había construido sus casas propias en las primeras calles cercanas a la puerta principal de la fábrica, del lado del Barrio de San Juan, cercanos al convento de las Capuchinas, todo ello sucediendo en los recuerdos de los años sesenta.

El edificio llamado ahora en estos tiempos como Carolina y Reforma 1845, es la memoria histórica en sus muros y trazo edificado del comienzo del molino hidráulico en 1631. 

Podemos detenernos en su puerta y mirar sus ventanas del frente y pasar a ver su extensa edificación vista sobre la calzada de los Niños Héroes, sus numerosas ventanas y el paso de la a sequía dandole una circunvalación para salir hacia la ciudad y alimentar al molino llamado del Mayorazgo en estos tiempos.

Estar frente al edificio es ser contemplados por 395 años de producción industrial en el mismo lugar llamado entonces la lomita de Huatzindeo.

Es estar frente al asombro del pasado, sintiendo todas las poblaciones de los diferentes periodos de las épocas pasadas. Imaginar a los indigenas y africanos llegar a trabajar, con sus carretas y con sus mecapales, ahí en ese lugar de la entrada. 

Las carrozas con trigo para ser molino en harina, llegando de lo profundo de las fértiles tierras del Valle de Huatzindeo, viéndolas acercarse por la calle Real con sus choferes mulatos y sus guardias listos para viajar a los lejano del territorio minero de la la Nueva España. 

Estar ahí reposando la mirada en los muros de las trojes, de las naves, de las bodegas donde se almacenaban trigo y harina, se guarecía la rueda del molino recibiendo una descarga en un torrente proveniente de un acueducto cuya construcción calculó ocho metros de caída del chorro del agua. Una fuerza intensa para mover las ruedas del molino y despachar pronto el trigo traído de las estancia como San Juan de Huatzindeo, Santo Tomás Huatzindeo y de la hacienda de la Zanja, cercana a Jaral.

Ahí en la puerta de entrada al antiguo molino hidráulico de pan, está presente la huella de cada época, tanto en los relatos documentales como en el estilo de construcción de la época original del siglo XVII, de adobe ancho.

395 años de quehacer humano en este espacio territorial llamado como la lomita de Huatzindeo, un espacio reconocible desde comienzo de la exploración franciscana en los años de 1535 con fray Juan de San Miguel, custodio del convento de San Francisco de Acámbaro fundado por Vasco de Quiroga hacia 1530.

Los habitantes de la lomita del valle de Huatzindeo fueron llamados San Andrés de Huatzindeo. Estamos ante un espacio con la presencia de la cultura española dando nombres a los espacios. 

Sentir la presencia de la memoria, es importante para comprender el enorme valor para la cultura mexicana construida desde este espacio de vida humana para la supervivencia de la población por cuatro siglos.

El edificio es el comienzo de una época para la región, llegó la expansión de la tecnología del agua empleada para generar energía para el comienzo de la industria alimentaria, para transformar al trigo en harina.

Una industria de la molienda levantada con mano de obra de españoles, indigenas y mulatos. La diversidad fue la clave de la colaboración, con una estratificación social, donde los trabajadores españoles tenían el dominio, con una participación pacífica y sumisa de indígenas y mulatos. Un largo proceso de occidentalización de la región se comenzó a iniciar desde este espacio de la actual ciudad de Salvatierra, Gto.

Así podemos empezar a valorar el momento de gran sentido histórico, cuando las relaciones de producción industrial dieron una vuelta a la forma de propiedad del modo de producción presente en el edificio llamado Carolina y Reforma 1845.

Mis pensamientos en el lugar

Me asombro al pensar, al reconocer el lugar como n espacio valioso de manera unánime para todas las generaciones humanas y sociedades en el tiempo, quienes estuvieron interesados en aprovechar la pequeña energía controlable por los grupos humanos con el conocimiento de la energía para la tecnología del agua y la transformación del trigo en harina.
Pensar en la memoria del espacio, de su vida registrada en fotografías y películas de cine casero. Por qué recrear a los habitantes del lugar, los trabajadores presentes desde su comienzo, -españoles, indígenas y negros-, será para tomar consciencia de nuestro ser, de nuestras raíces como una ciudad auténtica, original. 
La tecnología es impersonal, la ciencia es sin subjetividad, la construcción es funcional. Aquí está nuestro ser comunitario, pero su presencia es mediante la cultura inmaterial, mediante los pensamientos de quienes vivieron detrás de la enorme puerta de entrada. 
Preguntarles, ¿que dio origen la industria de su época dentro de sus sentimientos y desarrollo social y cultural? Nos interesa guardar la memoria individual.
El espacio fue un lugar donde convivieron dos clases sociales, los peones, los trabajadores y trabajadoras con los patrones, los propietarios, los dueños y dueñas.
Dos formas de ser, de vestir, de aprender, de hablar y de conducirse en el lugar, con espacios propios cada clase, cada grupo social.
El origen de cada grupo determinó su lugar en la escala social, los naturales de las Indias Occidentales tenían su lugar de servidumbre, los negros africanos y los mulatos americanos asumían su lugar de ejercicio de la fuerza muscular en las tareas industriales, con una clase europea y americana de descendencia española que tenía las comodidades y disfrute de la riqueza generada gracias a los títulos de propiedad y al conocimiento tecnológico y la ciencia de la física y la hidráulica, en especial. 
Los espacios territoriales tienen cualidades para convertirse en lugares de energía, lugares donde la inteligencia humana comprende el empleo de los conocimientos de la producción de formas de alimento necesarios para toda la población del continente.
Detrás de la puerta de entrada del actual edificio de la fábrica textil de Salvatierra encontramos la concentración de acciones de práctica del conocimiento, de la verdad de la ciencia hidráulica empleada para la economía de la transformación de un producto natural, el trigo, en un producto acondicionado con la molienda de grandes rodillos en polvo adecuado para la elaboración de pan de harina, base de la alimentación para los trabajadores de las minas y sus familias residentes a miles de kilómetros de la lomita de Huatzindeo.
Es el comienzo de creación de una industria propia con los más adelantados avances del conocimiento de la Nueva España, hecha por criollos, por los hijos de los conquistadores y familias emigradas de España en los albores del siglo anterior, llegados al valle de Huatzindeo donde se desplegaba la realización de la utopía de Tomás Moro con las ordenanzas del gobernante y obispo Vasco de Quiroga.
La orografía de las hectáreas de la lomita de Huatzindeo  donde muy bien quedaba la construcción de un molino hidráulico fue comprada por Gabriel López de Peralta al licenciado Rayas, era parte de la Hacienda de la Esperanza.
Con la intención de impulsar una nueva forma de obtener ganancias más rentables con una actividad de transformación, Gabriel López de Peralta gestionó el permiso del virrey para recibir la concesión de usar agua del río Grande que cruza el valle de Huatzindeo.
En la capital de la Nueva España se reunió con la nueva clase educada de criollos egresados de la Real y Pontificia Universidad de México, egresados de la escuela de Minas quienes tenían conocimiento de geografía, construcción de caminos y ruedas hidráulicas para mover con su fuerza los medios de traslado de vagones con material escarbado de rocas.  
Nuevos jóvenes con ideas de grandeza, con el comienzo del sentido propio de hacer en la propia Nueva España los sistemas productivos de una economía con tecnología moderna de la época.
La juventud criolla del siglo XVII iba a emprender con el liderazgo de Gabriel López de Peralta la construcción de una industria de la molienda de harina empleando sus conocimientos adquiridos en la Real y Pontificia Universidad de México.
Empezaron a llegar criollos con conocimientos de topografía para construir acequias para alimentar las tierras de cultivo con agua y aprovechar una caída de agua de un pronunciado desnivel en la lomita de Huatzindeo para un molino hidráulico en la hacienda de La Esperanza.
Gabril López de Peralta hizo llegar a sus conocidos ingenieros de minas de clase criolla, topógrafos, alarifes con conocimientos de sistemas hidráulicos de molinos. Llegaron con herreros, con carpinteros, con albañiles y comenzaron a construir el molino, sus aspas de energía, el acueducto, la zanja para conducir el agua.
Localizaron dos lugares para poner dos molinos, distantes como a dos kilómetros de distancia, uno llamado el molino de las Ardillas y otro el molino de La Esperanza, que era el de una caída del chorro de agua de mayor altura mayor, de ocho metros.
 Se reunió una grupo de criollos educados, estaban cambiando el paisaje de la lomita de Huatzindeo, uniéndose a la nueva industria ya instalada en la parte baja de la lomita, donde ya había un molino propiedad de una rica familia de mineros de San Luis Potosí, de la familia de Pedro Arizmendi Gogorrón, propietaria de las estancias llamadas San José Gogorrón, La Magdalena Gogorrón y Molino de Gogorrón. Entre ambos grupos españoles nació una rivalidad en los futuros proyectos de crecimiento para modernizar el territorio con las nuevas instituciones del virreinato de la Nueva España.
Y llegaron los criollos ha la lomita de Huatzindeo, un grupo de novohispanos nacidos en las Indias Occidentales, de padres españoles americanos y de abuelos de los capitanes y soldados conquistadores, pero con una espíritu de estudio, de conocimiento de la ciencia para mejorar los territorios donde habían nacido a los cuales querían hacerlos poderosos. Criollos educados en el nuevo humanismo de los frailes dominicos, franciscano, agustinos, jesuitas y carmelitas descalzos. 
Ya habían vivido estas tierras el paso de la creación humanista de hospitales para indios de Vasco de Quiroga, con la fundación de tres de ellos, uno en la población de Urireo, otro en San Miguel Eménguaro y uno más en el paraje llamado de San Buenaventura cerca de Santo Tomás de Huatzindeo, propiedad de Juan de Illades.
En la lomita de Huatzindeo, llamada San Andrés de Huatzindeo, empezó a bullir la presencia de grupos educados de criollos, quienes se unieron a los llegados como residentes desde ya antiguas décadas de antigüedad,  que eran las familias Hernández, Rayas e Illades, terratenientes propietarios de estancias agrícolas como los fueron La Esperanza, Santo Tomás, San Buenaventura y la Concepción, todas cercanas a la lomita de San Andrés Huatzindeo.
Entre estos dos grupos había también los oficios de escribanos reales como Agustín Carranza Salcedo, un erudito conocedor de la legislación de la corona española para el reino español del territorio de las Indias Occidentales. 
Españoles americanos educados en las instituciones educativas creadas por los agustinos, franciscanos y la corona española, las mejores mentes de la Nueva España estaban reuniendose en la lomita de Huatzindeo con motivo de la continuar construyendo la industria hidráulica de la molienda, lo más avanzado de la época.
Habia sentido de grandeza entre ellos, ánimo de construir un lugar rico en producción de harina, de granos, de comercio, de viviendas y de gente con deseos de ser políticamente autónoma para gobernarse, sentían el poder de la obra tecnológica que representaba el lugar donde estaba creciendo la instalación de la economía hidráulica mas avanzada de la Diócesis de Michoacán y, también, de la Nueva España.
El proyecto de construir el molino hidráulico de La Esperanza creado por Gabriel López de Peralta empezó a recibir la llegada de la inteligencia criolla, poblando de españoles a la lomita llamada San Andrés de Huatzindeo, lo cual despertó en el escribano Agustín Carranza Salcedo, la intención de volver a pedir la fundación de una población española, villa o ciudad, por lo que dirigió la petición al virrey en 1632. Con el consabido resultado de ser aceptada la solicitud e inscribir a la población como una congregación llamada San Andrés Chochones.
En la década de 1630 el molino hidráulico de La Esperanza atrajo a vivir en sus cercanías a indígenas y mulatos libres para trabajar como cargadores, como choferes de carretas y como escoltas de protección para las caravanas de traslado de la harina hacia la zona minera del norte de la Nueva España, particularmente a San Luis Potosí.
La zona territorial del edifico fabril, vista desde la puerta de entrada, mirando como es su exterior, puerta a donde llega  la larga calle Hidalgo y tiene de vecina, de quien se pueden ver, los torreones del convento de Capuchinas, teniendo como frente a la explanada Amado Nervo, contando, también, con la presencia del espacio físico de un pequelo jardín, a un lado de los altos muros rojos del convento, llamado jardín de las Ciudades Hermanas Irwindale-Salvatierra.
En esta zona se reunieron las fuerzas sociales y económicas más poderosas de la región del valle de Huatzindeo, poblado de estancias y haciendas agrícolas de trigo, maíz y frijol.
Liderados por Gabriel López de Peralta estaban en el lugar construyendo un molino de poderosa fuerza para mover las ruedas de la molienda con energía hidráulica, liberada por una caída de, chorro de agua desde una altura de ocho metros, la cual llegaba hasta el declive apropiado mediante un acueducto de piedra de tezontle pegada con cal viva; estaban reunidos criollos con conocimientos topográficos, de mecánica para la construcción de molinos de hiero y madera, alarifes para la construcción de bodegas, acueductos y acequias agrícolas. además de escribanos para llevar los trámites de gestión con la corona. Unido a ellos se encontraban familias de indígenas otomis, de mulatos provenientes de la misma hacienda de la Esperanza comprada al licenciado Francisco Raya.
Las ventajas económicas de poseer un valle fértil, con abundantes cosechas de trigo, con suficiente mano de obra de trabajo para trasladar los costales de harina a la rica región minera de San Luis Potosí y Zacatecas, hicieron comprender a Gabriel López de Peralta de la ganancia comercial mayor al vender harina, un precio mayor al compararla con la ganancia de vender el trigo sin transformación primaria en harina.
La zona minera del norte de la Nueva España era rica con la producción de plata y oro, era un lugar a donde llegaban misiones comerciales provenientes de monarquías europeas y árabes para comprar los metales a los mineros españoles.
Desde la altura de la lomita de Huatzindeo donde estaba construyendo el molino hidráulico se apreciaba el valle, su colorido amarillo de los cultivos de trigo y maíz, también se veían los espacios sin cultivar de sus propias tierras, a causa de su empeño en conducir la construcción de la acequia y molino. 
Gabriel López de Peralta ya sentía latir las fuerzas de la población de la Nueva España sin depender de la importación de maquinaria y especies europeas. Sentía el nacimiento de la consciencia de la fuerza de su pueblo del territorio de las Indias Occidentales.
Las conversaciones del grupo de criollos, llegados a Huatzindeo para edificar una economía moderna, con tecnología y ciencia física, unida a un mercado mundial del oro y la plata, no podía contentarse con ser una localidad rural aislada del poder de la Corona española, donde los negocios de compra venta de tierras y oficios notariados eran un problema de lentitud por los obstáculos para registrar en la alcaldía mayor de San Francisco de Celaya.
Al año de la llegada de los alarifes y mecánicos hidráulicos, en 1632,  el escribano real Agustín Carranza Salcedo, asiduo lector de las leyes virreinales, desarrollo su intención de promover la fundación de una villa o ciudad española, por ello viajó a la ciudad de México para entregar su oficio notariado de solicitud de fundar la villa de San Andrés Huatzindeo, con la finalidad de recibir los privilegios de ser nombrado gobernante de la villa  y obsequios de concesiones de molinos y mesones que estaría pidiendo, privilegios ofrecidos en la legislación de las "Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación del territorio de las Indias Occidentales", decretadas por Felipe II, el 13 de julio de 1573, en el bosque de Segovia, para quien llevara a cabo descubrimientos y fundaciones de villas y ciudades españolas.
El intento de Carranza Salcedo quedó como siendo la primera solicitud que tenía una respuesta emitida por la Corona española. La petición de Carranza fue una solicitud de fundación de una villa de españoles aprovechando la llegada de mas de diez españoles llegados como constructores de la herida del rio Grande para excavar el canal de Gabriel López de Peralta y armar las ruedas del molino de harina. Su solicitud se sumó a la solicitud pedida por Martín Hernández, el viejo, en 1610, de quien su hijo años después estaría muy agobiado por grandes deudas con la congregación de las monjas capuchinas de la Ciudad de México, pero la solicitud de Martín Hernandez, el viejo,  no tuvo respuesta de la Corona española; sin embargo la solicitud de Agustín de Carranza Salcedo tuvo la respuesta de serle otorgada a la población de la lomita de Huatzindeo el reconocimiento de la Corona como la Congregación de San Andrés Chochones.

 
 






 



  


  


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