viernes, 18 de febrero de 2011

El puente de los carmelitas en Salvatierra, ahora llamado "Batanes"



HISTORIA SALVATERRENSE: AÑADIDURAS Y RECONSIDERACIONES

El puente de los carmelitas

Por J. Jesús García y García

Don José Rogelio Álvarez, quien tiene como su mérito mayor el haber dirigido la Enciclopedia de México, fue el compilador de los relatos comprendidos en el voluminoso tomo de Leyendas mexicanas(1050 páginas) que sacó a la luz la Editorial Everest, de Madrid, España, en 1998. Allí quedó incluida la Leyenda del puente de los carmelitas, que fue escrita por el michoacano cuitzense don José Corona Núñez.

El compilador afirma que “la leyenda es una proyección de la realidad a través del cristal de la fantasía, una narración en la que coexisten la verdad y la ficción. Son materia de las leyendas los hechos, las acciones y las cosas que logran excitar la imaginación o que suscitan la agitación del ánimo. La leyenda surge como una relación coetánea o referente al asunto de que se trata, pero en el curso de su transmisión oral, mediante la cual se propaga, se le van introduciendo cambios y agregados que, lejos de desvirtuar su esencia, la enriquecen, pues lo substancial de ella es su linaje colectivo, su condición de relato forjado a lo largo de varias generaciones, abierto a toda aportación espontánea. Este flujo de versiones parece cesar cuando el escritor la fija en letra”. El mencionado Corona Núñez tiene también su definición de leyenda y la expresa en forma tan breve como una chispa, ahorrándose montones de palabras: “Las leyendas son la sonrisa de la historia”.
Más de una vez la historia y la leyenda se han entrelazado hasta confundirse. Pero la historia moderna guarda ya muy bien su distancia respecto de la leyenda, y, aunque preste a ésta algunos elementos para su composición, pinta su raya para que nohaya algún parecido entre ambas. Mas la leyenda, como producto cultural, es siempre un buen motivo para el análisis histórico del talante, la idiosincrasia y el medio ambiente reinantes enuna comunidad.
José Corona Núñez (1906 –2002), intelectual multidisciplinario, destacó sobre todo como antropólogo. Colaboró en la publicación Antena. Revista popular guanajuatense, que apareció en Salvatierra, dirigida por el profesor José Baeza Campos. Del número 3 de Antena, correspondiente al mes de septiembre de 1940, he copiado yo el Puente de los carmelitas para ofrecerlo a los lectores de Arcadia salvaterrense, porque lo considero insuficientemente conocido:
--Cuentan que el Virrey don García Sarmiento de Soto Mayor, Conde de Salvatierra, se dejó el alma perdida en el Valle de Huatzindeo; en un viaje que realizó a las tierras del Bajío se sintió prendado de aquel paraje. Y tan cautivado quedó su señoría que puso toda su influencia de Virrey de la Nueva España para lograr que se levantara en aquel sitio una ciudad que llevara el nombre del título de su condado.
Así nació Salvatierra, pequeña ciudad condal que se baña en caudaloso río y se ciñe el cuerpo con la verde túnica de sus perfumadas huertas. Ciudad niña, ingenua, transparente. Es como una gota de rocío resbalada del majestuoso Culiacán que en medio del valle se quedó titilando, bañada de luz. Hermosa perla que el conde engastó en la esmeralda del Huatzindeo. Mas, si Salvatierra es la reina del valle, no lo era del río cuyas turbulentas aguas la amagaban por los flancos y en tiempo de lluvias con estruendo la sitiaban incomunicándola por el poniente con los ricos graneros de la hacienda de San Nicolás de los Agustinos rompiendo la frecuentada vía por donde, a través de Valladolid, le llegaban las ruidosas recuas portadoras de los frutos de la Tierra Caliente. Y en medio de su coraje envolvía con sus sábanas de cristal a los infelices que trataban de vadearlo.

El río se había convertido en bestia devoradora de hombres.
Todo esto meditaba el hermano Diego de Cristo en su celda, mientras la paz del tiempo sonaba sus lentas
campanadas en lo alto de la torre del Carmen de donde bajaban con pisadas suaves, de esas que ni despiertan ni dejan huellas. En aquel silencio sólo se oía el rasguear leve de la pluma sobre el pergamino. Fray Diego de Cristo dibujaba. Tan embargado estaba en su trabajo que no sentía ni el rayo del sol que por la ventana ojival penetraba hasta posarse en su cabeza, ni el ajetreo que formaban las urracas en los fresnos de la huerta, ni los toques de la campana que lo llamaban al coro a cantar los salmos de “vísperas”. El sol se ponía majestuosamente entre arreboles y nítidas gasas y sus moribundas luces enrojecían el áspero sayal del carmelita. Ante la amenaza de quedar a obscuras en aquella su celda convertida en taller de artista, Fray Diego de Cristo tomó el otecillo de la marmaja y espolvoreó la fresca tinta. Una vez seco el pergamino, lo contempló largamente. En él aparecía el diseño de un puente con tal acopio de detalles que parecía que a través de sus “bocas” se escapaba la bulliciosa linfa del bermejo río. Salió de la celda y maquinalmente se encaminó al coro guiado por las voces sonoras de los hermanos carmelitas que con el breviario entre las manos salmodiaban los cantos de David. En la mitad del coro se arrodilló humilde esperando que el Padre Prior le levantara el castigo merecido por su tardanza y, cuando esto aconteció, su bien timbrada voz mezclóse al coro mientras sus ojos se fijaban en las hojas de seda del breviario donde, en lugar de los salmos, se le aparecía con persistencia tentadora el boceto de su puente.

Y cuenta la leyenda que el alma de aquel fraile carmelita se volvió disipada y el demonio del orgullo hizo presa de su corazón.
Hecho el proyecto, comenzó la construcción del puente, pero ningún maestro de obra, ningún alarife español, satisfacía al religioso. Nadie sabía interpretar su proyecto. Una tarde, a orillas del río, entre la turba de albañiles, se presentó un hombre alto y rubio diciendo al religioso que él se hacía cargo de la obra con la condición de que, además de la paga, lo hospedaran en el convento; en cambio, él prometía terminar el puente a satisfacción de los padres carmelitas y en el menor tiempo posible. Fray Francisco de la Madre de Dios, encargado de manejar los peones y la gente que voluntariamente se ofrecía para la faena, se oponía a que aquel extraño se hiciera cargo de la obra, desconfiando de su porte y condición y de su mirada altanera; mas Fray Diego de Cristo, que nada veía cegado por la pasión que sentía por su obra maestra, cerró el trato una vez que el Padre Prior, a sus ruegos, consintió en admitir en el convento al desconocido. Y sigue contando la leyenda que de manera admirable, en un solo mes, adelantaron tanto los trabajos que todo mundo se hacía lengua del extraño alarife. Éste se manejaba dentro del convento de modo tal que incitaba a los religiosos a la indisciplina con su ejemplo altanero. Fray Diego de Cristo ya no asistía al coro ni en la mañana a maitines, ni en la tarde a vísperas. Los silicios estaban en descanso; los ayunos, en suspenso. Hablaba a grandes voces por todo el convento y su blanco escapulario volaba sobre el sayal a impulso de sus pasos desmesurados. Los hermanos legos comenzaron a reír y platicar en el refectorio y la cocina; por todo el convento se quebrantó el santo hábito del silencio, se relajó la disciplina y poco a poco el demonio de la soberbia hizo presa del alma de todos los monjes.

El padre Prior se puso en oración ante la imagen de la Madre de Dios. Desconsolado gemía en la desierta capilla mientras en el silencio de la noche reposaban todas las cosas. Sus quejas se alargaban lánguidamente y se retorcían como las flamas de los grandes cirios crepitantes que desparramaban su mortecina luz por los altares. Ya la estrella de la mañana iba desapareciendo entre la bruma del amanecer cuando el padre Prior secó sus lágrimas y se encaminó a la celda donde dormía el extraño alarife. Abrió la puerta y, dirigiéndose al lecho donde éste reposaba, lo conminó, en nombre de la Madre de Dios, a que abandonara el convento. Un grito desgarrador agitó las cortinas de la cama, temblaron las puertas y las ventanas de todo el edificio y en medio de la oscuridad se deshizo la figura del alarife. El Prior, espantado, salió corriendo de la celda y al ruido de sus voces se levantó la comunidad entera que se precipitó por las puertas a buscar al desconocido, en el momento en que el río se hinchaba terrible y las bermejas aguas comenzaron a golpear fuertemente el magnífico puente que el día anterior se había terminado. Fray Diego de Cristo y Fray Francisco de la Madre de Dios se deshacían en lágrimas al ver que su obra tan deseada iba a perderse bajo el impulso irresistible de las aguas, en los momentos en que el puente parecía ceder ante el empuje de la corriente agitada por el espíritu maligno. Sonaron en las torres las campanadas del alba y los religiosos, arrodillándose a la orilla, comenzaron a entonar el Angelus. Ante esas voces se aquietaron las aguas y el demonio, entre un retumbar de rayos, huyó envuelto en las negras nubes que, espesas, formaban remolino sobre el puente, y sus alaridos se fueron alejando por las faldas del majestuoso Culiacán. La obra se había salvado. El puente, con sus catorce arcos y sus ciento ochenta y cinco metros de longitud (datos tomados del artículo titulado “Salvatierra” que apareció en esta revista firmado por el señor Bruno Escandón con el seudónimo de N. S. Cañedo), estaba ahí construido de manera extraña en poco menos de ochenta días.
Hace años todavía las gentes le llamaban “El Puente del Diablo” y cuando lo cruzaban, al santiguarse rezaban una Avemaría. Sus monumentales arcos han resistido el paso de tres siglos y las grandes avenidas del Lerma no han sido capaces de aniquilarlo. A la entrada su pasamanos [sic] deberíanse levantar las efigies de aquellos carmelitas arquitectos que, olvidando por momentos sus severas reglas y místicas costumbres, construyeron esa obra, enorme oración de piedra, que a coro con las sonoras lenguas del río y las alabanzas de los viandantes, se levanta bajo el hermoso cielo que cubre la fértil vega de Huatzindeo.
Morelia, Mich., a 30 de agosto de 1940.