
domingo 22 de noviembre de 2009
Retórica del espacio doméstico de una casona vireirnal construída en e siglo XVIII

sábado 21 de noviembre de 2009
Las casonas virreinales como aparatos ideológicos del régimen colonial

La puerta principal de la casa habitación ganadora del Premio a la Conservación del Patrimonio Cultural Edificado del Estado de Guanajuato 2009, esta domiciliada en la calle Miguel Hidalgo Nº 809, que es la principal arteria para la vialidad dentro de la ciudad y, con su nombre anterior, era conocida como la calle Real. La puerta de la casa esta ubicada frente al corredor interior del jardín principal que, siguiéndolo de frente, dirige los pasos del traunsente por un camino que pasa por el quiosco porfirista y termina frente a la puerta del palacio municipal, por darle el mejor nombre a la antigua alcaldía virreinal, sede del poder de la corona española.
La fachada de estilo porfirista suntuoso nos llama la atención por su elegancia y distinción, induciendonos a pensar en la categoría social de sus inquilinos, que decimos que son una familia muy conocida, eso en la actualidad, pero en el pasado virreinal era la casa del criollo de mayor jararquía social, económica y política.
La puerta de la casona premiada tiene varios signos que nos avisan de quién era el habitante que moraba en ella, por una parte directamente a la vista están las cabezas de dos leones, signo de realeza y partes del escudo heráldico del conquistador Jerónimo López de Peralta, cuya bisnieta Catalina recibiría el titulo nobiliario de Marquesa de Salvatierra en el siglo XVIII. Hay otro signo importante en la parte superior, que son dos conchas marinas abiertas por la mitad, que representaban la religiosidad cristiana de la familia que moraba en la casa, pues las conchas significan tanto la palabra de los evangelios, por aquella parábola de Jesucristo que dice "quién beba de esta agua vivirá para siempre", como al dogma de la resurrección en tanto que las conchas se cierran durante el invierno en el mar, y en primavera se abren ya con una valiosa perla, como si del oscuro ataúd que es la concha para el ostión, naciera el espírtu en forma de perla cuando se abriera de nueva cuenta. También tiene ricamente labrados cuatro sugerentes marcos con adornos en forma de grecas y ramilletes vegetales, para darle gusto y suavidad al visitante.
La puerta en el pasado interpelaba con los signos de la importancia de sus inquilinos, y hoy, todavía, nos hace pensar en ese mensaje. Al abrir la puerta, el interior del edificio de la casa nos impone un saludo majestuoso, en el cancel hay un doble arco labrado con una cuadrícula uniforme y dos gruesas columnas con dos anillos floreados que están esculpidos a la altura de los ojos del visitante, como una forma amistosa de recibirlo. La distancia de la puerta al cancel hay un espacio suficiente para acomodar a ocho personas en animada conversación. No tiene la anchura suficiente para dejar introducir un coche o calandria de la época, ni es propia para el paso de caballos dirigiéndose a los corrales interiores, pues carece de ellos. Tan rico es el arco de recepción en el cancel de entrada al patio y corredores, que su concepción artística no podemos menos que suponer que la robustés del doble arco con sus marcos en las columnas, esta dirigido a ser sólo para recibir personas, de manera que, quienes vivían en ella, esperaban la visita de vecinos de gran importancia en la sociedad novohispana. En ese periodo de la historia de México, los símbolos que tenían permitido portar los criollos era la manera de comunicar el poder y la fuerza de la clase dominante en el virreinato. Estas características paradigmáticas de la ideología de la dominación colonial están perfectamente inscritas en el edificio de la casa habitación ganadora del premio. Aún hoy, la grandilocuencia del cancel nos mueve a guardar un un reverente silencio de admiración cuando la amabilidad de sus propietarios así lo dispone. Esperemos que la familia que actualmente la habita permita la visita de los niños de las escuelas para que reciban una explicación de la historia de México que encontramos representada en su fachada y arquería, además de que es un emblema de salvaterreidad para todos.
El paisaje histórico cultural como espacio de identidad de la ciudad


viernes 20 de noviembre de 2009
Biografía de Jesús Guisa y Azevedo por J. Jesús García y García
La salvaterridad del doctor GuisaPor J. Jesús García y García
La mente, esta mía tan divagadora, me llevó, cuando preparaba las presentes notas, a recordar un gastado cuentecillo que quizá todos ustedes conozcan:
Dos tipos pueblerinos, que tenían fama de retrasados mentales, y acaso no fueran eso sino gente de esmerada reflexión y de cautela en la emisión de juicios (condiciones que se convertirían en virtudes si las adoptaran hoy algunos comunicadores), estaban, digo, los dos sujetos de marras contemplando un gran lago y todo lo que sobre él volaba o se posaba. Tras de un silencio de horas, uno dice: “Oye, Juan, ¿tú crees que podríamos vaciar este lago con la sóla ayuda de una cubeta?”. Viene otro silencio que parece eterno y Juan contesta: “¡Uuuh, pos depende del tamaño de la cubeta!”.
A la inversa de la solución desmesurada que sugiere el cuento, yo me enfrento hoy al problema de usar una cubeta lo más pequeña posible, dada la limitación del tiempo, para extraer con ella algunos argumentos de los muchos que existen para acreditar la salvaterridad de don Jesús Guisa y Azevedo.
Emulando a Pero Grullo, defino la salvaterridad: se trata de un compuesto sin mucha abundancia de elementos, pues sólo tiene dos básicos: el primero, haber nacido en Salvatierra; el segundo, reconocer tal origen en todo tiempo y lugar. Y ya si queremos mejorarlo, añadamos otros dos elementos: 1, amar a Salvatierra; 2, hacer algo importante por ella. En el caso del doctor Guisa los cuatro elementos se manifestaban a cabalidad, como trataré de demostrarlo.

En cuanto a lo primero, es decir, su nacimiento en el terruño nuestro, la partida de bautizo correspondiente nos saca de toda duda y, de paso, destruye algunas falsas versiones: Lucas Antioco de Jesús fue bautizado en la parroquia de Nuestra Señora de la Luz el 18 de octubre de 1899. Había nacido tres días antes, el 15, en la segunda calle de Santo Domingo número 26. Le administró las aguas lustrales el padre Francisco Coronado, cuando el párroco lo era don Eraclio de la Cerda. La madrina del infante fue doña Manuela Acevedo, quizás su parienta.
Un poco más atrás en los antecedentes, debemos consignar que el pie de la dinastía Guisa nos vino de Yuriria en la persona de don Francisco X. Guisa (él nunca desarrollaba más el nombre; la X suponemos que era la inicial de Xavier y con tal significado la tomaremos). Don Francisco Xavier combinaba las tareas de empresario agrícola (poseyó primero la hacienda de Sánchez, en este distrito, y después la de Cacalote, en la jurisdicción de Tarimoro) con las acciones de abogado postulante. La llegada de este señor a Salvatierra debió ocurrir hacia 1869, ya que en 1870 lo encontramos encabezando, con don Antonio Herrera y otros, una llamada Junta Menor, encargada de la defensa de Salvatierra en aquellos días de asonadas y rebeliones que repercutían en la inestabilidad de los ayuntamientos. Después lo vemos fungiendo como Regidor 6o. en 1871 y Regidor 3o. en 1872 y finalmente nos enteramos de que murió en esta su ciudad adoptiva en 1892 y que su cuerpo fue enterrado en el panteón de Santo Domingo.
Don Francisco Xavier tuvo cuando menos tres hijos: José Odón, José Patricio y María Benigna, a los cuales encontraremos aquí constituidos en la sociedad “Guisa Hermanos” que se fundó para explotar los bienes que heredaron de su progenitor, particularmente la hacienda de Cacalote. Don José Patricio fue el padre de nuestro egregio paisano; debe haber nacido en Yuriria, hacia 1857. Tuvo, a su vez, seis hijos, o por lo menos de seis se tiene noticia clara: Francisco, Pedro, Dolores, Jesús, Antonio y José Patricio. El primero lo hubo con su esposa doña Susana Otamendi, quien murió en 1891. Viudo ya, se unió no canónicamente con doña Josefa Acevedo y de ella tuvo los restantes vástagos.
El haber nacido en una condición de bastardía pudo ser de graves consecuencias para Jesús Guisa: no todos los machos mexicanos solían reconocer a los retoños conseguidos subrepticiamente. Y, por otra parte, la sociedad era entonces “muy fijada” en esas cuestiones. Por fortuna el padre lo reconoció legalmente más o menos pronto y así Jesús tuvo acceso a la casa paterna y a esa hacienda de Cacalote, donde lo cautivaría la pródiga campiña abajeña.
Hizo Jesús los primeros estudios en Salvatierra. El padre José Luz Ojeda López (quien también nació en los finales del siglo XIX), en su libro de memorias Tierra, canto y estrellas, relata que fue condiscípulo de Guisa en el colegio de Nuestra Señora de la Luz, que era, propiamente, el colegio parroquial, dirigido por el profesor Pedro Sosa. Los tres varones Ojeda López estaban allí: el ya dicho José Luz, Ricardo y Baltazar. Ellos eran víctimas de las travesuras de Jesús Guisa: “En la casa -se queja Ojeda- nos habían acostumbrado a peinarnos con cierto raro menjurje, hecho a base goma de tragacanto, que nos dejaba el cabello atroz de tieso, engolado y peripuesto. Pues bien, el futuro ‘doctor en ciencias políticas y sociales por la universidad de Lovaina’ se gozaba en tomarnos las cabezas por sorpresa, para darnos tales despeinados que nos ponía como espantapájaros”.
A los once años nuestro homenajeado se fue de Salvatierra, y aunque se reintegró al terruño por un lapso aproximado de un año, finalmente, por allí de los 16, definitivamente dejó de ser guayabero por vecindad. Pero no renegó de su tierra. Ser de aquí lo tuvo a honra, no lo avergonzaba ni pasajera ni permanentemente como a algunos que yo me sé. En Morelia, en España, en Bélgica, en Estados Unidos y en la ciudad de México se complacía en decir dónde se meció su cuna. Una sola pista basta para dar idea de que siempre fue salvaterrense confeso: el pintor Gerardo Murillo, más conocido como el Doctor Atl, en una leyenda en latín puesta al pie del retrato que le hizo a don Jesús en 1952, lo presentó en broma como “arzobispo in partibus de Salvatierra”. Recogía así la amplia fama de salvaterrense -y salvaterrense bronco- que se había hecho el propio retratado. De paso el Doctor Atl nos dejaba mal parados, ya que, según la legislación eclesiástica, un prelado in partibus es aquél que tiene por título episcopal el nombre de algún lugar o territorio ocupado por infieles. Y, oiga usted, pues no... tampoco...
Para que no haya cruce de cables, trataré como si fuera uno solo los dos elementos de la salvaterridad que me falta descubrir en el doctor Guisa, a saber: si amaba a Salvatierra y si hizo algo por ella. De esto último afirmo convencido que una persona que logra prestigio y fama comunica algo de eso a su terruño: las glorias del hijo las disfruta y comparte la madre y eso es en sí un estimable beneficio moral. En cuanto al cariño por su localidad, en el reconocimiento de su oriundez había ya un germen de amor. Pero, además, encontramos otras señales en ambos campos:
Todos ustedes saben que en 1944 celebramos entusiastamente el tercer centenario de la fundación de nuestra ciudad. Un comité local combinó sus esfuerzos con otro que integraron los salvaterrenses radicados en la ciudad de México. La participación de Guisa y Azevedo fue importante. Habían sido convocados unos certámenes conmemorativos: de poesía, de música, de pintura, de dibujo y de fotografía artística. Nuestro filósofo y el célebre poeta Enrique González Martínez integraron el jurado del concurso de poesía. Otorgaron el primer lugar al poema “Guatzindeo”. Al revelarse el nombre del autor, pues ¡qué creen ustedes!, resultó ser -sorpresas de la vida- José Luz Ojeda, uno de aquellos chavales espantapájaros del pelo engomado, ya circunspecto sacerdote con muchas horas de vuelo en la poesía, no menos que en la predicación.
En aquellas fiestas hizo nuestro escritor gala de sus dotes oratorias. Le encomendaron entregar a Salvatierra, el 8 de febrero, una escultura conmemorativa, mandada hacer por la junta capitalina, que se colocó en pedestal frente al pórtico del teatro Ideal. Por la noche de ese mismo día pronunció un discurso en la velada literario musical en que se entregaron los premios a los triunfadores de los diferentes concursos.
En la fecha principal del centenario, el 9, el filósofo lovainense se ocupó en participar en un Congreso Eucarístico efectuado en la parroquia de Nuestra Señora de la Luz, y el día 10 ocurrió lo que para muchos es el evento del siglo en Salvatierra. Y aquí sí está bien empleada la palabra evento, pues completamente fuera de programa, esa tarde, después de un acto religioso en el templo parroquial, la imagen de la Virgen de la Luz fue sacada por el pueblo a pasear por las calles, primera vez en, no sé, creo que 200 años. La población entera salió de las casas y se unió o hizo valla a la procesión. Se produjo la mayor euforia colectiva que el más viejo pueda recordar, superando incluso a la que suscitó la fervorosa coronación de la propia imagen en 1939. ¿Quién no cantó ese día, quién no gritó, quién no derramó lágrimas de emoción? Al pasar la sagrada imagen por donde estaba la “pila del Chato”, se improvisó allí una tribuna para que hablara Guisa, el literato, el pensador, el periodista. Conocíamos por el nombre que dije a una fuente ornamental que había sido construida por el popular tablajero -bueno, vendedor de carne- don Gregorio Aguilar, alias “El Chato”, en la intersección de las calles de Guerrero y Altamirano. El orador se dirigió a la imagen, hondamente emocionado. Todavía me parece escuchar las palabras iniciales de aquel discurso: “Era conveniente. Más: era necesario que este día salieses a la calle. Tu templo, lleno de la piedad y del amor de todos tus hijos, los que vivimos ahora y los de las generaciones pasadas, te era ya estrecho....”.
Muy poco después se dio en Salvatierra el siguiente caso: el diputado federal por nuestro distrito para el trienio 1943-1946, ingeniero José R. Velázquez Nuño, tuvo la ocurrencia de ponerse a fabricar muebles de madera de sabino, muy aromáticos, muy durables -y muy bien cotizados-, y sin escrúpulo alguno se surtió baratamente de la materia prima haciendo una criminal tala de los sabinos que pueblan las riberas del río Lerma a su paso por nuestra tierra. El modesto artesano don José Dolores Herrera Martínez, con ejemplar actitud cívica y a riesgo de su seguridad personal, se enfrentó decididamente al devastador, protestando públicamente por aquella destrucción, en lo cual pudo coordinarse con don Jesús Guisa y Azevedo, quien denunció el hecho en las páginas del diario nacional en que por entonces colaboraba. Desgraciadamente Velázquez Nuño había actuado con mucha celeridad, y antes de que diera frutos la protesta, el pérfido político aquél arrasó un sitio no muy extenso pero bellísimo al que conocíamos con el nombre de “El Paraíso”.
El de 1947 fue año de elecciones para diputados al Congreso Local del Estado de Guanajuato. A Guisa lo convencieron de que podía servir a su terruño como legislador. Lo lanzó como su candidato el partido Fuerza Popular, brazo político de la Unión Nacional Sinarquista. El PRI, por su parte, postuló al doctor Rafael Flores Rico, antiguo condiscípulo de don Jesús, bien recordado hoy por sus labores profesionales, no así por su gestión política.
Guisa y Azevedo pensaba ya entonces y sostendría por escrito años después: “El hombre, para crecer y ser él, para alcanzar plenitud, convertirse cada vez más ampliamente en persona, ser comunicativo y estar siempre en ocasión de recibir el bien de los otros hombres, tiene que practicar la ciudadanía, que vivir en la política, que ser político”. Y en otro momento se apoyaba así: “Lo estático es la muerte y la vida política tiene que ser ascensión, una senda por la que se encamina uno hacia lo alto”. Pero en aquel entonces las sendas del PRI nos llevaban en otra dirección. La política era privilegio exclusivo del invencible partido de los triunfos de carro completo. La oposición era una pura pérdida de tiempo, pues no lograba triunfo alguno, ni siquiera en los más modestos puestos de elección. Y, además, ¿cómo imaginar que fuera a ser diputado el director-editor de una revista, Lectura, que se proclamaba “la única completamente antirrevolucionaria”? En cuanto político militante, nuestro hombre se había aplicado el harakiri.
Independientemente del procedimiento, hubiera ganado el médico. Tenía una vasta cantidad de pacientes, cada uno de los cuales representaba un casi seguro voto a favor. En cambio la fuerza del filósofo estaba únicamente en la militancia sinarquista, pues fue fácil a la aplanadora oficial presentarlo como fuereño y a Flores como salvaterrense de pura cepa.
En 1951 nació el club “Zorros”, organismo provinciano que, entre otras cosas, se proponía el reconocimiento de los salvaterrenses valiosos, vivos o muertos. Pronto los zorros hicieron -hicimos- contacto con el doctor Guisa y Azevedo a quien se le invito a venir para hacerle un sencillo homenaje. Aceptó y aquí tuvimos un grato coloquio. Aquel club sacaría dos publicaciones, en la segunda de las cuales, la revista mensual Cauce, generosamente colaboró don Jesús enviándonos, para que los insertáramos en nuestras páginas, varios temas del libro que entonces tenía en preparación: Estado y ciudadanía, acaso el más bello y motivante de los suyos.

El 31 de octubre de 1956, a invitación expresa, representaciones de los tres organismos sociales que había entonces en Salvatierra (el Club de Leones, el Consejo de Caballeros de Colón y el club “Zorros”) asistimos a la solemne ceremonia de recepción de nuestro egregio paisano en la Academia Mexicana (se sobreentiende que de la lengua). Honor igual lo había tenido antes que él otro salvaterrense: el poeta don Federico Escobedo y Tinoco.
Y allí estuvimos. Gozamos y aplaudimos el discurso de ingreso del nuevo académico y también el de contestación que corrió a cargo del canónigo don Angel María Garibay y K. Gusto grande el que nos dio ver a nuestro paisano codearse con figurones de la talla de un José Vasconcelos, de un Alfonso Reyes, de un Artemio de Valle Arizpe, de un Carlos Pellicer... El presidente de la docta corporación lo era don Alejandro Quijano, quien había conjurado la controversia provocada por don Martín Luis Guzmán, intransigente “liberal” que se oponía al ingreso del “mocho” Guisa.
En la ciudad de México me tocó estar entre los fundadores del Círculo de Salvaterrenses Residentes en México, organismo que, nada más para empezar, se arrancó publicando la revista San Andrés, que aspiraba a ser quincenal y acabó apareciendo cristianamente, es decir, cuando Dios lo permitió. En 15 de los 21 números que aparecieron colaboró el doctor Guisa y Azevedo. Los artículos que nos dio entonces versaban sobre diferentes aspectos de nuestra Salvatierra. Don Jesús deseaba -me lo dijo- imprimirlos en libro ilustrado, y para ello tenía ya la promesa de ayuda de un dibujante. No se le cumplió el deseo.
El Círculo de Salvaterrenses Residentes en México tuvo un momento de auge y se dio el lujo y el gusto de elegir y coronar a una reina, que lo fue la señorita Elia Flores Acevedo. Discurso de por medio, en rumbosa fiesta le colocó la corona el doctor Guisa.
Aquél era el mismo tiempo en que el susodicho presidía -y lo hizo por muchísimo tiempo- la asociación que rendía culto a una réplica de la imagen de Nuestra Señora de la Luz que hay en la parroquia de Regina, en la metrópoli.

En la década de los 70 reorganizamos en Salvatierra la Corresponsalía del Seminario de Cultura Mexicana y quisimos rendir, en esta nuestra ciudad, un homenaje que deseamos fuera nacional, en febrero de 1974, a quien había sido nuestro primer académico de la lengua, el ya mencionado don Federico Escobedo, quien cumplía cien años de haber venido a este mundo. El doctor Jesús Guisa y Azevedo concurrió a dicho homenaje trayendo la representación oficial de la Academia Mexicana y pronunció un discurso que allí queda cual muestra de encendido apego a Salvatierra. Tres años después, la propia Corresponsalía trajo a nuestro agasajado de hoy a participar en una mesa redonda conmemorativa de la fundación de la ciudad. Fue la última vez que tuve contacto con él, pero lo seguí en sus artículos de El Universal. hasta 1982.
De modo puntual nuestro literato venía a Salvatierra anualmente, a veces hasta en dos ocasiones. No sé cuando empezó esta costumbre, pero sí sé que la mantuvo prácticamente hasta su muerte. Los motivos más constantes: postrarse ante la Virgen de la Luz, rezar ante el sepulcro de su padre y darse el placer de sentarse por horas en una banca de nuestra plaza principal para relajarse, observar a nuestra gente y recibir el saludo de algún conocido. Esto último sucedía tan raramente como era necesario para avalar el viejo dicho bereber: “A donde vayas, tu tierra irá contigo, pero cuando vuelvas serás extranjero”.
El doctor en filosofía y letras por la universidad de Lovaina, don Jesús Guisa y Azevedo, inspiradamente escribió en Estado y ciudadanía: “Y México para los mexicanos, y gracias a la obra y al oficio de los buenos escritores, tiene que ser la cosa más bella, la más perfecta y acabada de cuantas existen, la cosa que sale de nuestras manos, que estamos modelando siempre con amor y en la que ponemos ese leal saber y entender de que hablaban los antiguos y que no es sino el patriotismo. Tenemos que amarnos a nosotros mismos en México y en los mexicanos. Será México el espejo en que veamos, cada vez con más precisión, el propio rostro. Y México será, entonces, lo que realmente seamos. Y seremos buenos, y, por buenos, seremos bellos....”.
Patriotismo del grande, pues, pero también regionalismo. Con sobra de razón dijo Garibay: “... la voz de su nativa Salvatierra sigue siendo la pauta en que habla y escribe, aunque haya pasado por las universidades europeas. La tierra del Bajío se ha hecho carne y sangre en don Jesús Guisa y Azevedo”.
El doctor Guisa, quien dejó este mundo el 1 de octubre de 1986, fue -es- un legítimo y cariñoso hijo de Salvatierra.
Presentación de experiencias educadoras en Ciudad Victoria, que es una extención educativa del aula para los niños.
martes 17 de noviembre de 2009
Imágenes de la Premiación del Patrimonio Cultural Edificado del Estado de Guanajuato
Primer lugar estatal en la conservación del patrimonio cultural edificado a la casa natal de Federico Escobedo en Salvatierra.
Instituto de Cultura del Estado de Guanajuato, Juan Carlos Flores Alcocer y la directora del centro del Instituto Nacional de Antropología e Historia Guillermina Gutiérez.





