miércoles, 23 de marzo de 2011

El Libro de Job en la traducción de José Luz Ojeda, una selección de Jesús García y García

Páginas selectas de sus trabajos bíblicos:

De El libro de Job, México, Ediciones “ETESA”, 1965.

El trabajo de Ojeda en El libro de Job combina un erudito análisis del texto con una versión suya del mismo libro, en verso blanco. En 1971 haría otra traducción de Job, junto con el padre Luis Alonso Schökel.

Al transcribir esta sinopsis casi hemos prescindido de las notas al pie de página. Cuando no pareció conveniente suprimir del todo las notas, las redujimos, las encerramos en paréntesis comunes y las subimos al texto.

Comenzamos con el sumario de la obra, aunque esto altere el orden de la edición a que nos remitimos, a fin de que el lector pueda ver desde el principio la estructura que dio el autor a este trabajo tan galano:

Prólogo

I. Lugar que ocupa el libro de Job en la Santa Escritura

II. El personaje

III. Fondo y forma del libro de Job

IV. Puntos de controversia y canonicidad

V. Autor y fecha probables

VI. Análisis del libro

VII. Enseñanzas de este libro

Índice de autores citados

PRÓLOGO

Siempre he admirado el libro de Job, por el pensamiento, que baja a los más hondos abismos y asciende a las más altas cimas; por las imágenes, que son como relámpagos; por el diálogo, que, a pesar de las repeticiones —muy propias del genio oriental— va haciendo su camino, sembrando sorpresas; por el tono, al que Renán compara a “un timbre encantador, que se parece al de un metal sonoro”, y, ante todas cosas, por la libertad con que la Sabiduría de Israel se vuelve sobre sí misma, con pasmosa profundidad. Lo admiro tanto, que me parece, después del Evangelio de San Lucas, uno de los libros más perfectos de la Escritura.

Sin embargo —¿lo creeréis?— por mí mismo, nunca soñé con escribir estas páginas. Va así la historia de esta audacia. Habiéndome dicho un protestante culto —al parecer, evangelista— que en el Catolicismo los sacerdotes no conocíamos más que el Nuevo Testamento, y esto por razón de la homilía dominical, le contesté que se equivocaba rotundamente, pues yo conocía más el Antiguo que el Nuevo Testamento. Y como, admirado, quisiera saber la razón, díjele que en aquél había encontrado siempre las claves para la inteligencia de éste. Y le cité el caso del “Magnificat”, que se esclarece a la luz del 1º. de Samuel, del Génesis, de los Salmos y de Isaías. Ya embelesados por el mágico tema, recordamos que en Job hay una probable fuente del “Magnificat” (en realidad, son dos: V, 11 y XII, 19), y él empezó a hacer un cálido elogio de este libro. Entonces fue cuando yo tuve uno de esos prontos que no se sabe por qué ni de dónde vienen: le propuse, ni más ni menos, que nos hiciéramos cincuenta preguntas en torno al libro de Job. Se asombró él del número, como yo de mi audacia; se holgó de mi pasión por la Biblia; la cosa quedó allí y los dos quedamos amigos.

Mas, con el correr del tiempo, aquella proposición mía —tan repentina como desbordada— se me fue clavando, como una espina, en el espíritu. Y un buen día amanecí con el firme propósito de llevar al papel, sólo por vía de estudio y únicamente para mí, los cincuenta famosos problemas en torno al libro de Job. Y me di al trabajo con tal ahínco, que mis notas fueron creciendo, creciendo, hasta que cayeron en manos de dos amigos, quienes de tal manera me importunaron para que formara con ellas un libro, que acabaron diciéndome la única cosa que podía convencerme: que el libro podría despertar, en algunos espíritus, el deseo o la avidez de conocer o de frecuentar la Santa Escritura.

Porque —aunque parezca extraña la afirmación— quizá no haya un libro que mejor nos introduzca en la belleza, en la magnificencia y en el misterio de las Escrituras.

El libro de Job es bello con una belleza tan pura, tan límpida, que muchas veces no necesita, para expresarse, ni de la coloración de los epítetos; es magnífico con una magnificencia que hace pensar en la Divina Comedia, y es misterioso, no sólo por su sello enigmático, sino porque en él todo parece arrastrarnos, de una manera avasalladora, hacia el misterio de las acciones de Dios.

“Me cerró los caminos, y no tengo salida,

me llenó de tinieblas los senderos,

me despojó de gloria

y quitó la corona a mi cabeza...

Todas sus tropas juntas han llegado,

han abierto camino y puesto un sitio

en torno de mi tienda.” (XIX, 8-9, 12)

“¿Para qué dar la luz a un desgraciado,

la vida a los que tienen hiel en el corazón;

que aspiran por la muerte, que no llega,

y que escarban, buscándola,

más que por un tesoro...?” (III, 20-21)

“¡Quién me diera volver a aquellos días

en que el Señor velaba sobre mí,

su lámpara brillaba en mi cabeza,

y a su esplendor, marchaba en las tinieblas!” (XXIX, 2-3)

“Te has vuelto cruel conmigo:

con mano vigorosa me persigues,

me llevas por el viento y me sacudes

lo mismo que sacude la tormenta.

Yo bien sé que me llevas a la muerte,

el lugar de la cita de los vivos.” (XXX, 21-23)

“El árbol tiene siempre una esperanza:

cortado, puede renacer un día,

y sus retoños seguirán brotando.

Aun con raíces que han envejecido,

y un tronco que perece sobre el suelo,

apenas siente el agua, reverdece

y echa follaje, como planta joven.

Pero el hombre, si muere, queda inerte.

¿A dónde se va el hombre, cuando muere?

Pueden faltar las aguas de los mares;

los ríos, cegar sus fuentes y secarse;

mas nunca el hombre dejará su lecho:

se gastarán los cielos

antes que él se despierte de su sueño.” (XIV, 7-12)

Ahora, dos palabras acerca de las normas o criterios seguidos en la composición de este libro.

Pocos libros, como Job, tan difíciles de traducir: la prueba es que, para muchos pasajes, de diez Biblias consultadas no hay dos iguales. Si yo me he atrevido a traducirlo en verso, es porque pienso, audazmente, que un Job en prosa en un Job muerto, como dijo de Virgilio el P. Espinoza Pólit. Claro está que lo mejor hubiera sido verterlo en esa suerte de imitación de la forma poética hebrea, que es el verset de Paul Claudel; pero, sin alas para volar tan alto, me quedé rastreando en el verso suelto, con preferencia al rimado, ya que éste, más que ningún otro, justifica el manoseado juego de palabras que dice que “el traductor es un traidor”.

Quise conservar la primitiva división de los capítulos en números, no para que se vea que éstos sobrepasan con dos a las cincuenta preguntas imaginadas un día, sino porque esta división me pareció cómoda y moderna.

Entre dar una referencia y citar textualmente, preferí esto último, aunque se pueda decir que he citado demasiado. A la verdad, pláceme citar, no “para recibir gloria, reconociendo la de otro”, como dice Sertillanges, sino por ser un caso de honradez y por dar a conocer el bien de los demás. Por otra parte, si cuando vamos a decir algo y recordamos que un autor que suma la autoridad al talento lo ha dicho de bella manera, nos agrada usar sus palabras, con cuánta mayor razón en materia tan delicada como la que nos ocupa, en la que el autor de un libro siente cierta necesidad de ampararse a la sombra de los grandes escrituristas, y el lector, la satisfacción de saber que va su camino en tan buena compañía [...].

Para terminar, quiero repetir ―a fin de que no quede el menor resquicio por donde pueda colarse una dudaque este libro no tiene la pretensión de ser una obra acabada: es, pura y sencillamente, un pobre libro de divulgación, que no tiene otro sueño que el de despertar el deseo de frecuentar las divinas Escrituras, en este tiempo que, si no es uno de los más difíciles de la Historia, es también uno de los más fecundos, porque es el tiempo de un magnífico resurgimiento de los estudios bíblicos [...].

José Luz Ojeda

Celaya, a 1º. de enero de 1964.

CAPÍTULO I

Pregunta 1.- Ante todas cosas, conviene precisar a qué serie de libros pertenece, entre los de la Santa Escritura, el libro de Job.

Sabido es que los judíos distinguían tres partes en la Biblia: La Ley, los Profetas y los Hagiógrafos o Escritos. Esta división es citada: primero, en el Antiguo Testamento, en el prólogo griego que no se considera como canónicodel libro del Eclesiástico, donde se leen estas palabras: ...”la lectura de la Ley, de los Profetas y de otros libros de los ancestros...”; y, segundo, en el Nuevo Testamento, en el Evangelio de San Lucas, donde dice Jesucristo: ”todo lo que se ha escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos...”

A la última serie de estos libros, esto es, a los Hagiógrafos, pertenece, en la Biblia hebrea, el libro de Job. “En el interior de esta sección, los Salmos figuran siempre en primer lugar; el segundo pertenecía, ya a los Proverbios, ya a Job, sin duda por una controversia cronológica. En las Biblias hebreas impresas, Job es el tercero de los Hagiógrafos, después de los Salmos y de los Proverbios” (J. Renié).

Desde el siglo XIII y casi insensiblementelos cristianos substituyeron la antigua división judía por otra, triple también, que pretendía tener más cuenta con el contenido de cada libro. Así dividieron los del Antiguo Testamento en Históricos, Sapienciales o Didácticos, y Proféticos. Entre los segundos, esto es, entre los Sapienciales, encontramos al libro de Job en la Biblia Cristiana [...].

CAPÍTULO II

Pregunta 10.- Como todo lo que diremos de este libro admirable presupone al personaje, aquí lo presentamos, por su historia.

Había una vez un fiel servidor del Señor, llamado Job, a quien Dios, después de haber

colmado de riquezas y de felicidad, permitió que probara Satanás, para que diera ejemplo de virtud bajo la prueba. Despojado primero de sus bienes y privado de sus hijos, pronuncia su célebre frase: “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó: ¡bendito sea su nombre!”. Marcado después en el cuerpo con la más repugnante de las enfermedades, contesta a su mujer, que le pedía que maldijera a Dios antes de morir: “Hablas como una necia. Si recibimos la felicidad como un don de Dios, ¿cómo no hemos de aceptar también la desgracia?”.

Al estercolero donde yace acuden tres de sus amigos, Elifaz, Bildad y Sofar, a mostrarle su compasión, pero también a añadir a los males que padece sus venenosas y deprimentes consideraciones.

Mientras están convencidos de la inocencia de Job, tratan de endulzar su dolor, diciéndole, con el Génesis, que la desgracia del justo prueba su virtud, y, con los Salmos, que la pena castiga las faltas cometidas por ignorancia y por debilidad y que la dicha de los malvados dura poco; pero los alaridos que a Job arranca su enfermedad y las violencias en que estalla contra Dios, los hacen convenir, con la tradición, que las terribles desgracias que se abaten contra Job no son sino el castigo de faltas muy graves. “A estas consideraciones teóricas opone Job su experiencia dolorosa y las injusticias de que está lleno el mundo. A ellas vuelve sin cesar, y sin cesar tropieza con el misterio de un Dios justo que aflige al justo. No avanza: se debate en la noche. En su confusión moral, tiene gritos de rebeldía y palabras de sumisión, como hay crisis y treguas en su sufrimiento físico” (Biblia de Jerusalén).

Entonces interviene un quinto personaje, Elihú, quien, al mismo tiempo que reprende a Job y a sus amigos, trata de justificar la conducta de Dios. Pero es interrumpido por Dios mismo, el cual “desde el seno de la tempestad” como dice bellamente el texto, con una alusión a las antiguas teofaníasconfunde a Job, diciéndole, en síntesis, que los misterios de la Providencia no son cosa de curiosidad y que su actitud con respecto a los divinos decretos debe ser la de una absoluta y humilde sumisión.

Job reconoce que ha hablado sin inteligencia de maravillas que lo sobrepasan y de misterios que ignora, y el Señor, después de haber vituperado a los tres amigos de Job, sana a éste y le da hijos e hijas y bienes doblados.

Pregunta 11.- ¿Se puede decir que el personaje de Job no es más que una ficción?

Así lo dice el Talmud babilónico, cuando afirma con su estilo redundante: “Job no existió, ni fue creado, ni pasa de ser una parábola”.

Extraña sobremanera a algunos críticos que, al ser puesto en escena el personaje de Job, en el prólogo del libro, no se dé su genealogía. Esto piensan elloses contrario a toda la tradición de Israel y es una prueba en favor de la tesis de la ficción. Pero se olvidan de que Job no era israelita, pues el autor habla de él como uno de los “hijos del Oriente”.

El argumento negativo que esgrimen algunos defendiendo esta teoría de la ficción otra vez en boga, no sólo en la crítica racionalista, sino aun en la católicaparece que no tiene valor alguno. Sí lo tiene, en cambio, el antiguo argumento positivo, ya que la Escritura nos habla de Job en varios de sus libros. De ahí esta prudente afirmación de Lusseau y Collomb: “No nos parece que pueda ser puesta en duda la existencia de un personaje histórico, llamado Job, si se tiene cuenta con los testimonios de los libros inspirados”.

CAPÍTULO VI

Pregunta 38.- Contenido del prólogo.

Se abre éste con la presentación del héroe del libro: su virtud era manifiesta, muchas sus riquezas; su fama, la de “un personaje entre todos los del Oriente”; sus hijos llenos de la alegría del vivir“acostumbraban celebrar banquetes, cada uno en su día, e invitaban a sus tres hermanas a comer y a beber con ellos”.

Luego se despliega ante nuestros ojos uno de esos lienzos que nos recuerdan los cuadros destinados a la explicación del catecismo, en los que aparecen: Dios, en la parte superior; los ángeles buenos, cerca de su trono, y, en la parte inferior, el Jefe de los ángeles rebeldes.¿No dicen los autores de la Biblia de Salamanca, en el sagrado libro del Génesis, que “el hagiógrafo es como un catequista que da una lección de teología popular a gentes de mentalidad primaria?

Ya dijimos, citando a dos famosos escrituristas, que esta escena “es un procedimiento dramático, destinado a subrayar esta verdad: “Las desgracias padecidas por Job fueron permitidas por Dios”.

En dos ocasiones en que los ángeles “se presentaban delante de Yahvé”, Satanás, esto es, el Adversario, obtuvo permiso de Él para probar a Job: en sus bienes, que fueron arrebatados por los salteadores del desierto o devorados por el fuego del cielo; en sus hijos, que fueron aplastados en la casa del primogénito; en su cuerpo, que fue tocado por una enfermedad dolorosa y repugnante. En la primera de estas ocasiones, Job no sólo se rebeló contra Dios, sino que pronunció aquella frase: “Desnudo salí del seno materno, y desnudo volveré a él”, en la cual como nota la Biblia de Jerusalén“la tierra madre parece ser asimilada al seno maternal”, y aquella otra, más hermosa todavía: “Yahvé me lo dio, Yahvé me lo quitó: ¡bendito sea su nombre!”. En la segunda ocasión, por la respuesta que Job dio a su mujer, parece que no sólo aceptó, sino que bendijo la mano que lo hería.

Sabedores de esta prueba, tres de los amigos de Job Elifaz, Bildad y Sofarse dan cita para visitarlo y consolarlo; pero, al fijar sus ojos en él, estallan en sollozos, y, a la manera oriental, desgarran sus vestiduras, arrojan polvo sobre sus cabezas y se sientan en la tierra, “por espacio de siete días y siete noches”, sin poder hablar. ¡Tánto mordía en lo más hondo el espectáculo de aquel dolor!

Pregunta 46.- La intervención divina.

Job había pedido que se le permitiera alegar su causa delante de Dios, y he aquí que Dios se presenta. Pero no para discutir con Job, sino para dar, “desde el seno de la tempestad” ―como en las más antiguas teofanías ― la solución a este eterno y tremendo problema del dolor del justo, invitando a Job a la más absoluta y humilde sumisión a los decretos divinos [...].

Así, haciendo desfilar ante los ojos de Job, en el primer discurso, las maravillas de la creación, le hará ver su incapacidad para comprender estos misterios, e invitándolo, en el segundo, a tomar en sus manos el gobierno del mundo, acabará confundiéndolo. Por tanto, la conclusión de estos discursos parece ser la siguiente: “El hombre, débil e ignorante, no tiene el derecho de erigirse en censor de una Providencia siempre equitativa, cuyas leyes misteriosas sobrepasan su entendimiento, sino que debe recibir de ella, con humildad y sumisión, tanto la prosperidad como la adversidad” (J. Renié).

Lo mismo por lo que ve al fondo como por lo que mira a la forma, estas palabras son la cumbre luminosa y obscura, al mismo tiempode este libro singular: el pensamiento nos pasea por todas las crestas y por todas las hondonadas, por el cielo y por la tierra, y las palabras, altas y resplandecientes, son las que convienen a la grandeza de la majestad divina.

Primer discurso: la Sabiduría creadora confunde a Job

Dios despliega ante Job el panorama grandioso de la obra creadora, en una sucesión de cuadros celestes y terrestres, diáfanos y misteriosos, pero todos espléndidos, que parece que no tienen otro objeto que oponer la sabiduría y el poder de Dios a la ignorancia y a la debilidad del hombre. En último análisis, este método lo había seguido Elihu, en la segunda parte de su discurso; pero aquí, en los labios divinos, tiene una fuerza impresionante y abrumadora.

¿Quién es éste que intenta,

que pretende empañar mi Providencia

con palabras desnudas de sentido?

Cíñete, pues, como varón, los lomos,

pues voy a preguntarte. Tú me responderás.

¡En dónde estabas cuando

yo fundaba la tierra? Dímelo, si lo sabes.

¿Sabes quién señaló sus dimensiones,

o quién tendió sobre ella su cordel?

¿En qué base descansaban sus cimientos?

Y su piedra angular ¿quién la asentó,

entre el concierto alegre de los astros del alba

y las aclamaciones de los hijos de Dios?

¿Y quién encerró el mar entre dos puertas,

cuando salía, impetuoso, desde el seno materno;

cuando le di las nubes por mantillas

y los densos nublados por pañales;

cuando le puse límites

y puertas y cerrojos,

y le dije: “De aquí no pasarás:

aquí se romperá

la orgullosa soberbia de tus olas?”

¿Has mandado, en tu vida, a la mañana

y has mostrado a la aurora su lugar,

para que vaya y tome los bordes de la tierra

y sacuda de ella a los malvados;

para que la transforme en blanda arcilla

y la tiña de rosa, lo mismo que a un vestido,

y prive de la luz a los malvados

y quebrante los brazos, para el crimen alzados?

¿Acaso has penetrado

a las fuentes del mar,

paseado por el borde del Abismo?

¿Te han mostrado las puertas de la muerte?

¿Has visto a los porteros del país de la Sombra?

¿Mediste alguna vez

la extensión de la tierra?

Respóndeme, si sabes estas cosas.

¿En dónde está el camino que conduce

a la luz, donde viven las tinieblas,

para que las conduzcas a su reino

y les muestres las sendas de su casa?

Si lo sabes, habías nacido ya,

y es muy grande la cuenta de tus días.

¿Has ido al reservero de la nieve,

hasta los almacenes del granizo,

que guardo para el tiempo de la angustia,

para el día de la guerra y del combate?

¿Por qué lado aparece la llama del relámpago

y el viento se desprende hacia la tierra?

¿Quién ha abierto un canal al aguacero

y ha trazado sus rutas al fragor de los truenos,

para que llueva sobre

una tierra sin hombres,

sobre el desierto, donde nadie habita,

o se saturen tierras desoladas

y brote yerba verde de la estepa?

¿Tiene padre la lluvia?

¿Quién engendra las gotas de rocío?

¿De qué seno los cielos han salido?

Y la escarcha del cielo ¿quién la engendra

para que se endurezcan, como piedra, las aguas,

y se solidifique

toda la superficie del Abismo?

¿Puedes atar los lazos de las Pléyades,

desanudar las cuerdas del Orión,

encender a su tiempo los signos de los cielos,

o llevar a la Osa y a sus hijos?

¿Conoces tú las leyes de los cielos

y su influjo en la tierra?

¿Levantas tú la voz hasta la altura,

para que te obedezca la masa de las aguas?

¿Mandas a los relámpagos,

y ellos acuden luego, diciéndote: “Aquí estamos”?

Al ibis ¿quién le dio sabiduría

y al gallo, inteligencia?

¿Y quién cuenta las nubes sabiamente,

quién inclina las urnas de los cielos,

para que se aglutine

como una masa el polvo, y se amalgamen

entre sí los terrones?

¿Tú le cazas la presa a la leona,

para calmar el hambre de sus hijos,

cuando están en la cueva, o al acecho,

agazapados entre la maleza?

¿Quién le prepara al cuervo su alimento,

cuando gritan a Dios sus pequeñuelos

y vagan, alocados, por el hambre?

¿Sabes tú cuando paren las gamuzas?

¿Has asistido al parto de las ciervas,

y contado sus meses de preñez,

y conocido el tiempo de su parto?

Se encorvan, depositan a sus hijos,

y salen de sus males.

Pero ellos se hacen fuertes, crecen en el desierto,

se separan, y no vuelven a ellas.

¿Quién ha dejado al asno salvaje en libertad?

¿Quién desata los lazos del onagro,

a quien le di el desierto por morada,

a quien le di por casa la llanura salada?

Se ríe del estrépito

de la ciudad, no escucha las voces del arriero,

“explora las montañas, pasto suyo”

y anda en busca de toda yerba verde.

¿Querrá servirte el búfalo salvaje

y pasarse la noche en tu pesebre?

¿Podrás atarle al yugo con coyundas

y hacerle arar los surcos tras de ti?

Por ser grande su fuerza, ¿vas a servirte de él

y vas a encomendarle tu labor?

Le fiarías la colecta de tu grano

y el allegar las mieses a tu era?

¿Del avestruz el ala se compara

a la de la cigüeña y del halcón?

Abandona sus huevos a la tierra,

los entrega a la arena,

sin pensar que los pies puedan hollarlos,

o que una bestia los hará pedazos.

Es crüel con sus hijos, cual si no fueran suyos,

lo vano de su esfuerzo

lo tiene sin cuidado:

es que Dios le negó sabiduría,

no le dio inteligencia.

Pero cuando se yergue, batiéndose los flancos,

se ríe del caballo y del jinete.

¿Tú das brío al caballo?

¿Revistes tú su cuello de temblorosa crin?

¿Lo enseñas a saltar como langosta?

Su relincho terrible causa miedo;

piafa en el valle, alegre, y se adelanta

con vigor, al encuentro de las armas;

nada teme; se ríe del pavor,

no se vuelve delante de la espada.

Sobre él vibran la aljaba,

la llama de la lanza y la del dardo.

Hervoroso, impaciente,

no se detiene al son de los clarines;

al sonar la trompeta, dice “¡Vamos!”

De lejos olfatea la batalla,

las voces de los jefes

y el tumulto que forman los guerreros.

¿Por tu causa el halcón levanta el vuelo

y despliega sus alas hacia el sur?

¿Por orden tuya se remonta el águila

y va a colgar su nido a las alturas?

Una roca es, de noche, su morada;

Un pico, su guarida inexpugnable.

Allí acecha la presa,

que sus ojos otean, desde lejos.

Sus polluelos con sangre se alimentan:

que dondequiera que haya

cadáveres al sol ¡allí está ella!

Yahvé le dijo a Job:

“¿Aún querrá con Shadday discutir el censor?

El que critica a Dios ¿va a responder?”

Job respondió a Yahvé:

“Si he hablado a la ligera ¿qué te responderé?

Mi mano he de poner sobre mi boca.

Hablé una vez, y ya no diré nada;

acaso dos, y nada añadiré”.

Segundo discurso de Yahvé:

Dominio de Dios sobre las fuerzas de la naturaleza.

Job no sólo se había dejado arrastrar por la presunción de querer discutir con Dios, sino que, al parecer, se había atrevido a “juzgar su justicia”, ya en el gobierno del mundo, ya en el caso particular de su conducta con respecto a los justos. También en este punto será refutado por Dios, quien, después de invitarlo irónicamente a que se revista de los atributos divinos, pídele que reprima la audacia de los malvados y que gobierne por sí mismo el universo, siquiera sea al “behemot” y al “leviatán”, dos seres extraordinarios de la creación.

Para la inteligencia de este pasaje, dijimos en otro lugar que con el primero de estos nombres se designa al hipopótamo, con el segundo, al cocodrilo, pero que, por los rasgos con que aquí y en otros lugares de la Escritura están descritos, estos seres parecen estar elevados al plano de símbolos: el primero, de la fuerza bruta, que sólo Dios puede dominar; y el segundo, de los poderes hostiles a Dios. Ambas pinturas, que, a primera vista, nos parecen desconcertantes, son obras acabadas en su género, y llevan a Job y con él, al lector hacia el tema de “las maravillas incomprensibles de la naturaleza”.

Cíñete los riñones, como un bravo;

te voy a preguntar; tú me instruirás.

¿Quieres tú, de verdad, romper mis juicios?

¿Me vas a condenar,

con tal de quedar tú justificado?

¿Tienes un brazo tú, como el de Dios,

y atruenas con la tuya, como Dios con su voz?

Vístete, pues, de gloria y majestad,

Cúbrete de esplendor y de grandeza.

Enciende los furores de tu cólera

y, con mirarlo, abate al arrogante;

derriba, con mirarlo, al orgulloso

y aplasta a los malvados.

Encúbrelos a todos con el polvo

y aprisiona sus rostros en la sombra.

Entonces yo también te alabaré

y diré que tu diestra te alcanzó la victoria.

He aquí al behemot,

criado por mí, como lo fuiste tú,

que vive de la hierba, como el buey;

cuya fuerza reside en sus riñones,

su vigor, en los músculos del vientre,

y levanta la cola, como un cedro.

Los nervios de sus músculos están entrelazados

y son todos sus huesos como tubos de bronce,

sus miembros son como metal forjado.

De las obras de Dios, es la primera.

Pero su autor lo amenazó, lo mismo

que se amenaza al filo de una espada:

le prohibió la región de las montañas,

así como a las bestias

que en ellas se recrean.

Se recuesta debajo de los lotos,

en medio de las cañas del pantano;

los lotos le dan sombra

y lo ocultan los sauces del torrente.

Si se desborda un río, no se asombra.

Está sin inmutarse, aunque subiera

un Jordán a la altura de su boca.

¿Se podrá aprisionarlo por los ojos,

o pasar su nariz con una estaca?

¿Pescarás con anzuelo al leviatán

y con cordeles atarás su lengua?

¿Le meterás un garfio en las narices

y un anillo en las fauces?

¿Él será quien te ruegue muchas veces

y te hable con lisonjas?

¿Hará pacto contigo

y estará a tu servicio de por vida?

¿Jugarás tú con él,

lo mismo que se juega con un pájaro?

¿Lo atarás, para gozo de tus hijas?

¿Traficarán con él tus compañeros?

¿Será cortado en trozos

entre los mercaderes?

¿Su piel de dardos acribillarás

y el harpón clavarás en su cabeza?

Siquiera pon la mano sobre él:

te quedará el recuerdo de una lucha,

a la que de seguro

jamás has de volver.

Es ilusoria tu seguridad,

pues su sola presencia hace temblar.

Nadie puede atreverse a despertarlo

ni a resistir su faz.

¿Quién jamás le hizo frente, y quedó a salvo?

¡Nadie bajo los cielos!

¿Qué diré de sus miembros,

de su vigor y fuerza incomparables?

¿Quién abrió por delante su vestido

y llegó a su coraza?

¿Quién abrió las dos puertas de sus fauces,

si reina entre sus dientes el espanto?

Su dorso está formado por hileras de escudos,

que se cierran con un sello de piedra,

tan unidos los unos con los otros

que no hay lugar, entre ellos, para el viento...

A su estornudo brillan

sus fauces con la luz, y son sus ojos

párpados de la aurora;

brota su boca llamas y centellas de fuego;

su nariz, fumarolas,

como un caldero hirviente y encendido;

a su aliento se encienden los carbones,

y saltan llamaradas de sus fauces.

La fuerza está en su cuello poderoso,

y ante él salta el espanto.

Cuando se alza, las olas tienen miedo,

las ondas se retiran...

Duro es su corazón, como de roca,

como piedra de muela.

La espada que le toca no se clava,

ni la lanza, ni el dardo, ni el venablo:

que el hierro es, para él, como una paja,

“y el bronce, cual madera carcomida”.

No le hace huir el dardo del arquero,

las piedras de la honda son para él como nada,

la maza, para él, es una caña;

se ríe del venablo, cuando vibra;

agudos tejos lleva

por debajo, que arrastra,

lo mismo que un rastrillo, sobre el lodo;

hace hervir el Abismo, como hirviente caldera

y deja, tras de sí, brillante senda,

que parece nevada cabellera.

No hay en la tierra nadie que le iguale,

porque fue creado para ser intrépido.

Mira de frente a todo lo que es alto:

es el rey de los hijos del orgullo.

Pregunta 47.- Última respuesta de Job.

De tal manera las divinas palabras descienden hasta lo más hondo del alma de Job, que éste habla ahora sin que el Señor lo obligue a responder, y su respuesta está dictada por la más profunda humildad. En ella, en efecto, después de reconocer que Dios es omnipotente y que realiza todo lo que quiere, confiesa, haciendo suya una expresión divina, que él fue quien ensombreció los altos consejos de Dios con palabras sin sentido, puesto que se atrevió a hablar de maravillas que están por encima de él. Dícele que no lo conocía sino de oídas, pero que ahora le ve, a propósito de lo cual nota sabiamente la Biblia de Jerusalén que “no se trata de una visión propiamente dicha, sino de una percepción nueva de la realidad de Dios. Porque Job que no tenía de Dios sino una idea recibidapenetra el misterio y se inclina ante la Omnipotencia. Sus preguntas acerca de la justicia quedan sin respuesta. Pero ha comprendido que Dios no tiene que dar cuenta a nadie y que su Sabiduría puede atribuir un sentido insospechado a realidades como el sufrimiento y la muerte”. Termina diciendo que se “arrepiente en el polvo y la ceniza”, que era la expresión clásica, entre los hebreos, del dolor y la penitencia.

“Yo sé que tú eres Todopoderoso:

que puedes realizar lo que concibes.

Yo soy el que empañó tu Providencia

con palabras desnudas de sentido;

que hablé, sin comprender, de maravillas

superiores a mí, que no alcanzaba...

Yo no te conocía, sino de oídas;

mas hoy te he visto con mis propios ojos.

Por eso me retracto,

y me duelo en el polvo y la ceniza”.

Pregunta 48.- Epílogo.

El gran diálogo entre Job y sus amigos ha terminado con la intervención de Dios, que ha dicho la última palabra, palabra desconcertante, porque deja a un lado el problema que se debate, e ilustra un tema fascinante acerca de los misterios de Dios; pero, precisamente por eso, palabra definitiva, después de la cual nada hay que añadir. Sí, el diálogo fondo y asunto de este libro espléndido ha terminado ya [...].

Dos partes tiene este epílogo, que señalaremos cuidadosamente, siguiendo la versión de la Biblia de Mons. Juan Estraubinger.

El señor reprende a los amigos de Job.

“Después que Yahvé hubo dicho estas palabras a Job, dijo a Elifaz temanita: “Estoy irritado contra ti y contra tus dos amigos, porque no habéis hablado de mí rectamente, como mi siervo Job. Ahora, pues, tomad siete becerros y siete carneros, e id a mi siervo Job, y ofreced por vosotros un holocausto. Mi siervo Job orará por vosotros, y yo aceptaré su intercesión, de modo que nos os haré mal por no haber hablado de mí rectamente, como mi siervo Job”.

Fueron, pues, Elifaz temanita, Bildad suhita y Sofar naamatita, e hicieron como Yahvé les había mandado. Y Yahvé aceptó los ruegos de Job.

Rehabilitación de Job.

Después Yahvé restableció a Job en su primer estado, mientras éste oraba con sus amigos; y Jahvé dio a Job el doble de todo cuanto había poseído. Lo visitaron también todos sus hermanos y todas sus hermanas, y sus antiguos amigos, y comieron con él en su casa. Se condolieron con él y le consolaron por todos los males que Yahvé le había enviado, dándole cada uno una kesita (moneda antigua, de valor desconocido) y un anillo de oro.

Yahvé bendijo los postreros tiempos de Job más que los primeros, y éste llegó a tener catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas. Tuvo también siete hijos y tres hijas [...] vivió después de esto ciento cuarenta años; y vio a sus hijos y a los hijos de sus hijos hasta la cuarta generación. Y murió anciano y colmado de días.

CAPÍTULO VII.- ENSEÑANZAS DE ESTE LIBRO.

Dicho se está que la enseñanza más importante, la enseñanza capital que se encierra en el libro de Job es la de la actitud del hombre en presencia del sufrimiento. Pero el autor sagrado trata, aunque sea de paso, de otras verdades, que constituyen las enseñanzas secundarias de este libro secundarias, no en sí mismas, sino con relación al tema principal―, que vamos a ver de puntualizar, siguiendo a grandes escrituristas.

Pregunta 49.- Acerca de Dios.

Por ser Dios, con Job y aun antes que ésteel personaje principal de este poema, natural es que el libro esté lleno de Él.

“Aunque en los labios de Job y de sus tres amigos, dice un autor, no aparece el nombre de Yahvé lo que hubiera sido incongruente, en el supuesto de que los protagonistas del drama no son israelitas―, sin embargo, en toda la narración y el diálogo se refleja la idea de un Dios creador y providente, Señor de todo. Por exigencias literarias de arcaísmo aparecen los nombres divinos de la época patriarcal: El, Elohim, Shadday, los cuales designan al ser divino en general, sin concreciones judaicas de índole mosaica. Sin embargo, las doxologías que aparecen en los diálogos tienen perfecta aceptación en los labios de un israelita. Así, se cantan las maravillas de la naturaleza como obra de Dios. Las referencias salmódicas y aun proféticas de algunas frases prueban el fondo israelita. Todo el libro de Job está dominado por la idea del Dios único. Las alusiones a concepciones mitológicas populares no empañan este monoteísmo elevado, característico de la religión israelita. Son recursos literarios que encontramos en no pocos pasajes bíblicos”.

I.- La existencia de Dios no se prueba en ninguna parte, porque la evidencia no se prueba: se impone por sí misma al espíritu.

II.- Por lo que mira a su naturaleza, el autor de este libro enseña:

a) Que Dios escapa a las investigaciones del espíritu humano:

“¿Pretendes conocer

el misterio de Dios?...

Más alto es que los cielos. ¿Qué harás tú?

Más hondo que el sheol. ¿Qué sabrás tú?

Más largo que la tierra

y más hondo que el mar”.

b) Que es invisible, aunque nada está oculto a sus ojos:

“Mas, si voy al Oriente no está allí;

si voy al Occidente, no lo encuentro;

si al Septentrión, no lo hallo;

si al Mediodía, no alcanzo a descubrirlo.

Pero ya que Él conoce mis caminos,

que en su crisol me pruebe,

y saldré como el oro”.

c) Que ese Dios es único. Job, como sus amigos, es monoteísta y juzga, por consiguiente, que es negar a Dios adorar al sol y a la luna, como los adoraban los orientales:

“Si a la vista del sol, en su esplendor,

o de la clara luna en su carrera,

se engañó el corazón, secretamente,

hasta enviarles un beso con la mano,

eso fuera también grave delito,

pues hubiera negado al Dios supremo”.

III.- El poeta inspirado insiste, de manera especial, en los atributos de Dios.

a) Dios es el Omnipotente, como se manifiesta en uno de los nombres de Dios, usado en la época patriarcal, y repetido aquí frecuentemente: Shadday o El Shadday. Esta omnipotencia brilla particularmente en el mundo, al que Él ha creado:

“Los reptiles del suelo podrán darte lecciones,

te enseñarán los peces de los mares.

Porque ¿cuál, entre ellos, cuál ignora

que la mano de Dios lo ha hecho todo?”

Dios no tiene necesidad de sus criaturas. Aquéllos que le desobedecen son culpables, mas no le causan ningún daño: no se hacen mal sino a sí mismos, como se desprende de las palabras de Elihú a Job:

“Si acumulas delitos ¿qué perjuicio le causas?

¿Qué le das con ser justo,

o qué cosa recibe de tus manos?

¡Sólo daña a los hombres tu maldad,

sólo a ellos les sirve tu justicia!”

b) Su ciencia se extiende a todo:

“Él ve hasta los extremos de la tierra,

Él mira lo que está bajo los cielos”

Penetra todo con su mirada escrutadora, todo, aun el sheol, que era para los hebreos el lugar más secreto y misterioso:

“Ante Él, el sheol está desnudo,

y el abismo, sin velos”.

c) Su sabiduría resplandece principalmente en la creación. Hay un pasaje célebre del libro de Job, en el que algunos autores piensan encontrar como un primer bosquejo de la Hipóstasis divina, descrita en los libros de Salomón, de aquella Sabiduría a la que más tarde San Juan llamará el “Logos”. Así dice Dhorme: “La Sabiduría metafísica, entidad personificada, como en los Proverbios, es la que constituye el objeto de este admirable poema”. En cambio, “el mayor número de críticos no ve en este pasaje sino la personificación poética de un atributo divino”.

“Mas la Sabiduría ¡dónde se encuentra?

¿Dónde se podrá hallar la Inteligencia...?

El hombre no conoce su camino,

no se encuentra en la tierra de los vivos:

el Abismo declara: ‘No está en mí’,

y el Mar: ‘No está conmigo’;

no se da a cambio de ella oro macizo,

no se compra con plata

ni con oro de Ofir,

ni con la cornalina o el zafiro,

no se iguala al cristal o al vaso fino;

no cuentan a su lado los corales,

las perlas y el topacio de Etiopía.

¿Dónde se encuentra la Sabiduría?

¿Dónde se podrá hallar la Inteligencia...?

Se substrae a los ojos de los hombres

y se oculta a los pájaros del cielo.

El Infierno y la Muerte han confesado:

‘Sabemos de ella sólo por su fama’.

Nada más Dios conoce sus caminos

y sabe su morada,

porque ve a los confines de la tierra

y todo lo que está bajo los cielos.

Cuando dio peso al viento,

cuando ordenó las aguas con medida,

cuando impuso sus leyes a la lluvia

y una ruta al relámpago y al trueno,

la vio entonces y la calificó,

la escudriñó hasta el fondo, y dijo al hombre:

‘El temor del Señor

es la Sabiduría;

apartarse del mal, la inteligencia’”.

d) Su justicia y santidad se manifiestan en todo el curso del libro. Dios dice Dhormeaparece sobre todo como el juez y el guardián de lo que es recto y equitativo”:

“¿Escogería argumentos contra Él?...

Es mi juez, a quien tengo de rogar”.

“Dios se rodea de majestad terrible,

a Shadday no podemos alcanzarle.

Supremo por la fuerza y la equidad,

es maestro en justicia, a nadie oprime”.

Él tiene en sus manos la balanza en la que son pesadas las acciones de los hombres. Así dice Job:

“Péseme Dios sobre balanza justa,

y verá mi inocencia”.

No hay árbitro que esté sobre Él:

“Porque el Señor no es hombre

como yo: discutir es imposible

y entrar juntos en juicio. No puede hallarse un árbitro

entre nosotros, que su mano ponga

sobre los dos, y aparte sus rigores,

para que no me espanten sus terrores”.

Precisamente porque debe juzgar, es necesario que sea justo:

“¿Puede el Señor burlarse del derecho

y desviar la justicia?

“Es Elihú quien mejor deduce esta conclusión” (Dhorme), cuando dice a Job:

“Aquel que odia el derecho

sabría gobernar?

¿Condenarías al justo poderoso?

Quien dice al rey: ‘¡Infame!’

y a los nobles: ‘¡Malvados!’

no sabe del favor para los príncipes

y no distingue al rico sobre el pobre,

porque todos son obras de sus manos”.

Pero Dios aparece en este libro, principalmente, como creador y conservador de todas las cosas.

Pregunta 51.- Acerca del hombre.

Nunca se había expresado, con más vigor que en el libro de Job, la fragilidad del hombre, su ignorancia ante los enigmas de la naturaleza y su impotencia ante Dios y ante la muerte.

“Nacido de mujer, el hombre vive

muy corto tiempo, y lleno de miserias.

Lo mismo que una flor, se abre y se seca,

y pasa como sombra que no vuelve”.

“Y puesto que sus días están contados,

y conoces sus meses,

y le fijaste un término que no traspasará,

aparta de él tu vista,

hasta que, jornalero, termine su jornada”.

I – Moral

En este libro “se recrimina el robo, el adulterio, el asesinato, la opresión de los pobres; se proscribe la astrolatría. Todo esto refleja la predicación profética y la teología de los Salmos. La sociedad es así dividida en dos mitades: la de los que siguen la ley divina y la de los que se olvidan de Dios, entregándose a sus concupiscencias”.

Esta moral tiene por base y fundamento “el temor de Dios”. Como “hombre temeroso de Dios” se presenta a Job en el pórtico de este poema; el temor de Dios inspira sus palabras, y es él quien lo sostiene y lo hace permanecer fiel en la prueba, hasta que suena la hora de intervención del Señor.

A la verdad ¿qué moral más alta, dentro del Antiguo Testamento, que la que esplende en la apología que Job hace de sí mismo? Allí está, desde la represión interior —en la que habrá de insistir más tarde el Evangelio—:

“He concertado pacto con mis ojos

de no ver una virgen”;

“Si mis pies se desviaron de tus sendas,

y tras ellos se fue mi corazón...”

Hasta el amor al prójimo, pero el amor verdadero, que no es sólo compasión, sino que se convierte en obras de caridad, y que es también evangélico, por anticipación:

“Si miré al miserable sin vestido,

sin que sus carnes me hayan bendecido”

“¿Acaso me he alegrado

del mal de mi enemigo? ¿Me he gozado

cuando llamó a su puerta la desgracia?”

“Jamás a la intemperie

pernoctó el extranjero:

mi puerta estaba abierta al caminante”.

Pero esta moral resplandece no sólo en Job sino también, en muchos casos, en sus pretendidos amigos, quienes lo acusan constantemente en nombre del temor de Dios.

II.- Los fines últimos [...]

a) La muerte, fin de la vida.

Según el libro de Job, la vida presente ha sido dada al hombre por Dios:

“Hiciéronme y formáronme tus manos

¿y vas a aniquilarme?

Recuerda que me hiciste como a arcilla,

para que al polvo vayas a arrojarme”;

está llena de miserias y dura poco:

“Mis días se fueron rápidos,

más que una lanzadera,

sin dejar una sombra de esperanza”;

la muerte viene a ponerle un término: al menos delante de ella, todos los hombres son iguales:

“Allí cesa el tumulto de los malos,

reposan los cansados,

los cautivos al fin están tranquilos,

pues no escuchan la voz del capataz,

y pequeños y grandes se confunden

y el esclavo recobra libertad”.

b) El lugar de la permanencia de las almas después de la muerte.

Los antiguos hebreos daban a este lugar un nombre tan misterioso como la realidad a la que designaba: le llamaban “sheol”, “término que es traducido por “hades” (griego) o “infiernos” (plural). Sin embargo, rastreando en la Escritura fueron del libro de Job, podríamos decir, con el Deuteronomio, que el sheol estaba en “las profundidades de la tierra”; con el Génesis —a propósito del viejo Jacob— que a él “descendían los muertos”; con Samuel y los Salmos, que allí estaban mezclados los buenos y los malos, y, con Isaías, que allí no se alababa al Señor ni se confiaba en su fidelidad. Pero en el libro de Job —donde, como es muy natural, la palabra sheol cae muchas veces de la boca del héroe y de la de sus interlocutores—leemos que los que habitan en esta triste morada están rodeados por espesas tinieblas:

“a la región obscura de tinieblas y muerte,

donde es sombra la misma claridad”;

“Mi esperanza es vivir en el sheol,

y en las tinieblas extender mi lecho”;

que están en la más grande ignorancia de lo que pasa en la tierra:

“sus hijos son honrados, él lo ignora;

son despreciados, él no sabe nada”;

que se lamentan de su triste condición:

“sólo siente el martirio de su carne,

tan sólo se lamenta por su alma”;

y que no pueden jamás volver a la tierra:

“Como la nube se deshace y pasa,

quien desciende al sheol ya nunca sube,

no volverá a su casa,

ni lo verá de nuevo su lugar”.

A medida que fuera progresando la Revelación, los judíos creerían —y es inexacto decir que esto fue demasiado tarde— en un Redentor que habría de librar del sheol a las almas de los justos.

c) Este libro supone, por tanto, como indiscutible, la supervivencia del alma [...].

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