miércoles, 20 de julio de 2011

Rafael Castanedo planeta solitario que emanaba luz sin cesar








por Christopher Domínguez Michael



El pasado 14 de abril de 2000 murió Rafael Castanedo, uno de los hombres más queridos del medio cultural de México. Querencia discreta, lejana de los rituales públicos, la concitada por Rafael lo unió a esa tradición de maestros privados cuya presencia renueva la madurez de una cultura. Nacido en Salvatierra, Guanajuato, Castanedo estudió cine en París y fue el mejor editor cinematográfico de su generación, así como un musicalizador formidable. Por su propia naturaleza, la edición coloca a su artífice tras bastidores, en un sitio asumidamente menor, arte aplicada que requiere de la mano fría del matemático y de la voluptuosidad del soñador.

Rafael Castanedo editó películas de Paul Leduc, como John Reed. México insurgente, Etnocidio y Frida; El castillo de la pureza, El Santo Oficio, Principio y fin y Profundo carmesí de Arturo Ripstein, y con Felipe Cazals hizo El apando y Las poquianchis. Faltaría a la verdad si dijera que Castanedo vivió satisfecho con su reconocida maestría en la edición. Quiso dirigir y al menos en dos ocasiones estuvo a punto de hacerlo. En una de ellas, proyectó filmar la vida de Antonieta Rivas Mercado, mujer a la que redescubrió en los años setenta y a quien nunca dejó de honrar, cada año, con una veladora en Notre Dame. El filme, que protagonizaría Diana Bracho, fue ofrecido por la cleptocracia cinematográfica al director español Carlos Saura, quien hizo un bodrio del que ya nadie se acuerda. Afortunadamente, el canal 22 pidió a Castanedo el diseño y la creación cotidiana de su imagen, y más tarde, en ese medio realizó las series Mi primera película (1995), para festejar el centenario del nacimiento del cine, y Compositores del Siglo 20, ésta última inconclusa por su fallecimiento, así como El naúfrago de la Calle Providencia (2000), homenaje de Castanedo y Ripstein a su amigo y maestro Luis Buñuel, a quien filmaron en privado en su última década.

Miembro de esa aristocracia intelectual que floreció en el México de los años sesenta, Castanedo fue al mismo tiempo maestro y alumno de sus amigos, pues practicó la humildad sin la falsa modestia. Desde mi adolescencia y durante un cuarto de siglo, vi sentarse a la mesa de Rafael lo mismo a Premios Nobel que a los técnicos que trabajaban cotidianamente con él, a la gente de cine, a bailarines, pintores, escritores, compositores e intérpretes. Decía el doctor Johnson que caballero es aquel quien sabe ser rey en su propia mesa. El 31 de enero de 1997, por ejemplo, Castanedo tiró la casa por la ventana para celebrar una schubertiada íntima y delicada en el bicentenario del nacimiento de Schubert.

Generoso hasta el extravío, era raro que Rafael dejara ir a sus invitados sin un obsequio, fuese un libro, un disco o una postal. Pero lo que verdaderamente regalaba Castanedo era el deseo de complacerlo con coreografías, partituras, actuaciones, pinturas, escenografías, libros o cuadros cinematográficos que estuviesen a la altura de su sensibilidad exacerbada y de su curiosidad intelectual. Tras la defensa de sus ortodoxias -el piano entre Mozart y Satie- se desplazaba hacia el mambo o hacia Arvo Part. El melómano leía a Thomas y Klaus Mann, a André Gide, a Valéry; se entusiasmaba ante la pintura como quien ilumina a su gusto el universo. Así, creó una red de afectos no sólo entrañable, sino fértil y estimulante. Su fertilidad fue sembrar sus magníficas devociones entre sus variados afectos.

Castanedo fue un verdadero romántico. Tan pronto apagaba la luz de su sótano y empezaba a jugar con el sonido y la imagen, uno asistía a una ceremonia iniciática donde Rafael Castanedo oficiaba de sacerdote ante Hopper, Hermenegildo Bustos, Paz, Rachmaninoff, Lilia Prado, Mondrian, Schnitke, una animación checa o Pérez Prado. Había sacerdocio en su consagración al arte como absoluto; pero su conciencia del oficio le impedía concesión alguna a la charlatanería o a la improvisación. Además, su sentido del humor y su sentimentalismo despojaban a esas sesiones de toda solemnidad. Cada tarde frente al parque México, Rafael era el niño que descubre el cine y la música, y en esa celebración, rie o llora.

Es difícil no hablar de uno mismo cuando se recuerda a un hombre generoso. Hoy comí con el mejor amigo de Rafael y me dijo que conocerlo fue para él una epifanía. Comparto esa sensación. Me detengo y miro mi casa: casi no hay objetos que no tengan una relación directa o indirecta con Rafael Castanedo, el schubertiano de rigurosa observancia, al que debo, nada menos, que mi servidumbre voluntaria ante la música. Lamento, como Paulina Lavista, que Rafael Castanedo haya muerto en la plenitud de sus poderes artísticos. Pero me consuela recordar que Rafael, planeta solitario que emanaba luz sin cesar, haya muerto al amanecer, en su hora electiva.



Saludos de Paulo Castanedo Aceves

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