martes, 25 de noviembre de 2008

Lista de los nombres de los fundadores de Salvatierra


POBLADORES DE LA CIUDAD DE SALVATIERRA, GUANAJUATO, AÑO DE 1644

Armando M Escobar Olmedo
Presidente de la Academia Michoacana de Historia de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística
Capítulo Morelia



    Después de varios intentos por fundar una ciudad en la antigua Congregación de San Andrés de los Chochones, en la Jurisdicción civil de la Villa de Celaya y la eclesiástica del Obispado de Michoacán, a orillas del Río Grande, de Toluca o Madonté en el año de 1643, varios vecinos de los Valles de Huantzindeo (1) y Tarimoro dieron nuevamente su poder al escribano Agustín de Carranza Salcedo, (2) para que aprovechando la donación de unas tierras propiedad de Gabriel López de Peralta (3) se terminaran las gestiones correspondientes ante el virrey García Sarmiento de Sotomayor, Conde de Salvatierra (4) y se materializara el viejo anhelo de los lugareños de fundar, no una villa, sino una ciudad de españoles en una región muy rica en la producción agrícola y ganadera y que había sido asiento de antiguas culturas en un amplio y feraz Valle señoreado por la imponente mole natural del Cerro del Culiacán, cuya figura piramidal debió impresionar a los naturales, de tal manera, que le pusieron el emblemático y sagrado nombre de la partida de la peregrinación de las siete tribus nahuas. Ya en la anterior década de los años treintas, se intentó fundar en dicho lugar, una Villa, con un nombre no menos significativa para los hispanos que el de Villa de Madrid. El proyecto fracasó por la oposición de la Orden de San Agustín que al ser propietarios de cercanas tierras se verían afectados en sus intereses. La cercana Villa de Celaya tampoco estuvo conforme con esa pretensión, máxime que la naciente población sería Ciudad, rango mayor al que ellos tenían y vieron con alarma y menosprecio que cerca de su Villa naciera sin más, una población a la que se verían sujetos por tener mayor categoría. (5)

    Años mas tarde con la llegada del nuevo gobernante se hizo un nuevo intento y con las mismas oposiciones. Sin embargo, ahora los deseos del virrey García Sarmiento de ver perpetuado su nombre y gestión pudieron más que aquellos y dio permiso para que se creara, en la ya citada Congregación, una ciudad con el nombre del lugar donde había nacido don García (Salvatierra, a orillas del Río Miño en Galicia) y del cual llevaba el título de Conde.

    La región que para entonces estaba ya muy poblada, quedaba en medio de un triángulo en cuyos vértices se encontraban: los pueblos de Acámbaro, Yuririapúndaro y la ya citada Villa de Zalaya o Celaya.

    Entre las personas que dieron su poder al promotor de la fundación, el escribano don Agustín de Carranza Salcedo para materializar sus gestiones y obtener el título de fundadores, distinción que llevaba unida a la posesión de mercedes de solares en la ciudad y tierras en su fundo, así como varios privilegios fueron las siguientes (6):

Salvador Hernández
Felipe Jiménez Larios
Pedro Díaz de Arenas
Miguel de Piña Molina
Alonso de Arenas y Raya
Juan de León Antolín
Domingo de Chávez
Luis de los Reyes
Hernando Luis de Sayaavedra
Julián de Arvelais
Jerónimo de Escamilla
Baltasar de Soria
Cap. Sebastián de Andia
Cristóbal de Sotomayor
Alonso de Contreras Orozco
Pedro de Mercado
Pedro Guerra
Alonso de Soto
Pedro Botello
Nicolás Botello
Luis de Zamudio Zirate
Juan Pérez de Figueroa
Rafael Hernández de la Citis
Martín Hoz de Arenas
Francisco Bravo de Aguilar
Diego Martínez
Alonso de Piña Molina
Pedro Guerra
Juan de Tendilla Salcedo
Bartolomé de Carriedo Ordóñez
Diego de Mendoza
García de Mendoza
José de Piña Molina
Cap. Antonio Escobedo
Juan de Arriaga y Diego Morelos. (7)
Aparte dieron le poder para obtener mercedes, solicitar oficios entre otros (8):
Andrés de Arenas
Lic. Juan Guerra
Pablo Guerra
Alonso Gutiérrez
Lorenzo de Fuentes
Bernardino Guerra
Juan de Soja
Hernando de Ulloa Cervantes
Diego Pérez Botello
Diego Morelos
Sebastián Morillo
Domingo Sáenz Escudero
Hernando García
Alonso Ramos
Pablo Gómez
Melchor Frixe
Nicolás de Salazar
Francisco de Cabida
Juan García Bustillo
Ventura Martín
Bartolomé Altamirano
Manuel Ruiz Cardoso
Pedro de Herrera
Diego de Santiago
Jacinto Pulido
Lázaro Jiménez
Miguel de Escamilla
Melchor Pérez de Escamilla
Rafael Hernández de la Cruz
Diego Morillo
Gonzalo Báez
Juan de Sotomayor
Juan Bautista de Orozco
Sebastián Vélez
María de Torres, viuda
Pedro López
Antonio de Espinosa
Ignacio de Acosta
Sebastián Hernández
Juan Báez
Pablo García
Blas González Pichardo
Antonio Blas
Juan de Fuentes
Martín de Arenas
Mateo de Raya
Pablo Gordo Altamirano
Sebastián Altamirano
Juan Martín Hernández, el Mozo
Nicolás de Sayaavedra
Francisco de Gavia
Juan de Larrea
Catalina González, viuda
Cristóbal de Arévalo
Ana de Arévalo
Diego Pérez Botello, el Mozo
Diego Martínez de Rojas
Juan de Morales
Jacinto de Olivares
Juan de Valencia
Antonio González
Francisco Infante
Alonso Rodríguez
Gonzalo Martínez de M
Francisco López
Julepe de Viosa
Gregorio de Cárdenas
Pedro Landín
Francisco de la Casa Nova
Diego Aguado
Alonso de Ontiveros
Lorenzo Gómez
Diego Gómez
Sebastián Martín
Alonso Morales Corona
Domingo de Chávez
Luis de los Reyes
Pedro del Mercado
Juan Gómez de Camargo
Juan Ascencio de Burgos
Jerónimo de Cendejas
Francisco Ferrer
Juan de Arreola
Jerónimo Álvarez C
Alonso Martín
Diego Mata
Miguel Sánchez Palenzuela
Alonso de Palenzuela
Jerónimo Alcalde
Cristóbal de Estrada
Juan Pérez Velasco
Cristóbal Tello R
Luis Chávez
Juan González
Alonso Núñez Cote
Nicolás de Estrada
Juan Díaz de Carvajal
Diego Sánchez de Rojas
Lorenzo de Soria
Cristóbal de Quesada Mendoza
Gral. Gaspar de Quesada Mendoza
Cap. Roque de Vergara
Cap. Antonio Hernández Poveda
Bach. Nicolás de Mucientes
Juan Ochoa Martínez
Miguel de Vega
Juan Izquierdo
Miguel Rico
Gaspar Gutiérrez
Juan Gutiérrez
Diego Rancel
Salvador Rancel
Francisco Rancel
Juan de Tendilla Salcedo
Lic. Nicolás de Larrea B
Luis de Salas y Valdez
Vicente Hernández Camino
Cap. Baltasar Juárez Troncoso
Matías de la Cerda
Nicolás de Peralta
Miguel Núñez Guerrero
Juan de Santiago
o Jerónimo Girón Herrera
Miguel González y Antonio Ocejo.

    Varios de ellos ya eran vecinos de la región, como otros ya fallecidos o que no han sido mencionados. Tal es el caso del capitán Antonio de Arizmendi Gogorrón (o Gugorrón) (9), Hernán Pérez de Bocanegra, Nicolás Tamayo, Antonio de Esquivel y Vargas entre otros.

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

1) Comúnmente es conocido el poblado prehispánico como “Huatzindeo” o “Guatzindeo” pero hemos encontrado en muchos documentos antiguos el nombre escrito como “Huantzindeo” o “Guantizndeo”, de ello en otra ocasión se abundará.

2) Lamentablemente no se ha escrito una biografía sobre uno de los principales fundadores de Salvatierra, el Escribano don Agustín de Carranza Salcedo, nacido en España y que llegó a México a principios del siglo XVII. Esperamos en breve poder integrar alguna breve reseña biográfica de este personaje, que junto con don Gabriel López de Peralta, quien dio las tierras para la creación de la ciudad, y el interés del Virrey Conde de Salvatierra son propiamente los tres personajes claves en la fundación de Salvatierra.

3) Don Gabriel López de Peralta fue hijo del Regidor don Jerónimo López y de doña Ana Carrillo de Peralta, los cuales al poseer importantes propiedades obtuvieron de la Corona el permiso de fundar, no uno sino, tres mayorazgos a fin de que quedaran vinculados sus bienes. Las tierras donadas por don Gabriel ocasionaron pronto, muchos problemas tanto a los fundadores de la naciente ciudad como al mismo López de Peralta.

4) Tampoco hay una aceptable biografía de este gobernante, quien pasó de la Nueva a España al Perú, donde falleció y se encuentran sus restos. Don García Sarmiento de Sotomayor, fue el II Conde de Salvatierra y Comendador de los Santos en la Orden de Santiago, casó con doña Antonia María de Acuña, dama de la reina Isabel y IV Marquesa del Valle de Cerrato. Ya viuda a su regreso a Galicia tuvo fuertes diferencias con la familia de su esposo.

5) Sobre la fundación de Celaya habla en extenso don Rafael Zamarroni Arroyo en su amena obra Narraciones y Leyendas de Celaya y el Bajío. Talleres de la Editora Mexicana de Libros, Periódicos y Revistas, México 1950 en dos volúmenes. Inserta en su primer volumen entre las páginas 113-118 el título de fundación de Salvatierra, pero lamentablemente tiene muchas omisiones y errores paleográficos (antes venga, por intervenga; aclaración por declaración, asentamiento por consentimiento; mejoramiento por mejor asiento, entre otras, sin mencionar los renglones omitidos).

6) La lista ha sido publicada entre otros por Melchor Vera en Guatzindeo, Salvatierra, Tipografía Moderna, México, 1939. Un copia del año de 1644 con varias diferencias se encuentra en el AGN, Ramo de Tierras, Vol. 185.

7) En el expediente de 1644 relativo a la fundación, viene un “Testimonio de los vecinos del pueblo de San Andrés Chochones que han pagado por los solares que poseen” ahí aparecen además de los citados en estas listas, los de: Bernabé Vigil, Catalina Ponce de León, Álvaro de Soto, Agustín Márquez, Juana García, Sebastián Muñoz, María de Nava, Catalina de San Miguel y a Marcos de Medina. AGN. Ramo de Tierras, Vol. 185, h 86.

8) Se omiten los nombres de aquellos que ya se encuentran en la primera lista.
9) Todavía en la ciudad se conserva en su honor un canal denominado “El canal de Gogorrón”

Libro de Bautismos 

Valladolid de Michoacán, 1631


Armando M. Escobar Olmedo
                                        Morelia, Michoacán, México

    Los registros parroquiales tanto de bautismos como de matrimonios y defunciones ofrecen para el investigador un material muy rico en información sobre la microhistoria de las familias en una determinada región. Lamentablemente la consulta de los libros que la contienen no es siempre fácil y accesible por diversos motivos a los interesados en su consulta, es por ello que se ha pensado en facilitar algunos extractos de los registros de bautismos, que se encuentran en el libro segundo de ellos en el Archivo Histórico de la Sacristía del Sagrario Metropolitano de Morelia, con el único objeto de que se conozca una pequeña parte de la enorme riqueza de un importante material poco estudiado.

    La información que a continuación se da a conocer se encuentra en el Libro 2 de Bautismos de la ciudad de Valladolid. Si bien en la carátula dice “Libro 2 del mes de julio del año de 1636” en realidad los registros comienza en el año de 1631 y varias hojas más delante se encuentran algunos de 1623.

    Las primeras hojas se encuentran muy deterioradas y solo son legibles los nombres de los bautizados o la parte final del registro, (10 de ellos). Al menos los 45 bautismos restantes, sí se encuentran completos en las partes esenciales de la información.

    A continuación, damos a conocer los registros del citado año de 1631, esperando pueda ser de utilidad a los investigadores o interesados en el tema y a quienes les sea difícil la consulta de este importante material.

    He incluido los registros de indios, mulatos y negros que son frecuentemente omitidos por los genealogistas o buscadores de antepasados únicamente hispanos.
Año de 1631

    La ciudad de Valladolid de Michoacán, denominada así por el Virrey don Martín Enríquez de Almanza hacia 1575, era para los inicios de la tercera década del siglo XVII de muy corta extensión, unas siete largas calles cuyo eje principal era la Calle Real, de oriente a poniente (1) y de las calles transversales (2) la de la Plaza de la Iglesia al Convento del Carmen.

    Gobernaba la Diócesis de Michoacán el Obispo fray Francisco de Rivera, de la Orden de la Merced quien había puesto mucho empeño en consolidar la casi arruinada y vieja iglesia Catedral “de Prestado” que se encontraba a un lado de la actual Catedral. Entre las iglesias y conventos sobresalientes tenemos al de: San Francisco, San Agustín, El Carmen, Nuestra Señora de las Mercedes (en construcción) y el de las monjas de Santa Catarina de Sena (dominicas).

    La población de la pequeña ciudad fluctuaría entre unos tres mil o tres mil quinientos habitantes, de los que un 30% serían españoles. Rodeaban a la ciudad más de 13 populosos barrios (3). Dos ríos: el Grande y el de Guayangareo bordeaban a una Valladolid con fuertes problemas de crecimiento. Con todo era la flamante capital religiosa del vasto Obispado de Michoacán, no así la de la Provincia que de antaño le correspondía a la Ciudad de Pátzcuaro (4). El Alcalde Mayor lo era don Francisco de Solís Barraza, cuya vivienda se encontraba en las Casas Reales frente a la Plaza Principal.

    Las noticias contenidas en los registros son en su gran mayoría de indios, mulatos y negros, a los que se les agrega su condición y barrio al que pertenecen, pocos son este caso los bautismos de españoles.

    Creo que es de interés conocer los apellidos de los indios naturales, muy tarascos por cierto y a pesar de ser muy repetitivos nos da una idea mas precisa de este destacado núcleo de trabajadoras y trabajadores vallisoletanos, muy poco estudiados como ya hemos anotado antes.

    Los primeros registros que se tienen en el libro empiezan hasta mediados del año ya que el primero que encontramos es del 2 de julio y se trata de una niña de nombre Antonia, no se encuentra, ni el nombre del padre ni la condición de ambos, el de la madre dice solamente María Martínez y no trae el de la madrina que al parecer fue mulata. En el segundo registro únicamente se aprecia el nombre del infante: Antón; el tercero corresponde a una niña de nombre Catalina, el bautizo parece haber sido el 13 de julio; el cuarto es del niño Juan.

    Los registros siguientes solo contienen trozos de la información como el de Joan hijo de Juan de….y Luisa de Torres. Es muy difícil apreciar los cuatro siguientes. La gran mayoría de los bautismos fueron realizados por el padre Francisco Pacho, cura beneficiado de la Santa Iglesia Catedral. La hoja siguiente ya más legible, corresponde a los registros que ha continuación se detallan:

    El 27 de julio fue bautizado Pedro, hijo de Pedro Tzintzuni y de Catalina María, indios, fueron sus padrinos Francisco Tzitzuqui e Isabel (?) Tzipaqua. Lo bautizó el padre F Pacho.

    El 27 de julio fue bautizada, Isabel, (solo se encuentra parte del apellido de la madre:) Ábrego, mestiza, soltera, fueron sus padrinos Miguel Jerónimo Hidalgo y María de Monjaraz. Bautizó el padre Pacho.

    El 27 de julio fue bautizada Esperanza. (No aparece el nombre del padre y el de la madre es) Esperanza, morena, esclava de don…. (García de) Cisneros, fueron sus padrinos… e Isabel de Morón, morenos. La bautizó el padre F Pacho.

    El 28 de julio fue bautizado Nicolás, (está roto donde aparecen los nombres de sus padres) fue su padrino el capitán Manuel López. Lo bautizó el padre F Pacho.

    El 3 de agosto fue bautizada Ygnacia (Ycnacia), hija de María, india del Barrio de Chicáquaro, fue su madrina Magdalena del Barrio de San Diego, mestiza. La bautizó el padre F Pacho.

    El 3 de agosto fueron bautizados Antonio y Lucrecia, negros esclavos de don García de Cisneros. Fueron sus padrinos Juan García y María de la Cruz, morenos. Los bautizó el padre F Pacho.

    El 10 de agosto fueron bautizados Manuel y Baltasar, morenos, esclavos de don García de Cisneros. Fueron sus padrinos: Francisco Lorenzo y Ana María, morenos. Bautizó el padre F Pacho.

    El 17 de agosto se bautizó a Domingo, hijo de Catalina Gómez, mulata libre, soltera, fueron sus padrinos Miguel García y Juana Sotelo. Lo bautizó el padre F Pacho.

    El 18 de agosto se bautizó a Diego y Lorenzo, mestizos, hijos de Francisco Gabriel y de Catalina Tsipaqua, fueron sus padrinos Pedro Ramírez y su mujer María (A)polonia, ambos indios del Barrio de San Pedro. Los bautizó el padre F Pacho.

    El 22 de agosto se bautizó a Pedro, hijo de Pedro y Ana, naturales, del Barrio del Carmen, fueron sus padrinos…e Inés, naturales, de Tarímbaro. Lo bautizó el padre Antonio de Alcalá.

    El 24 de agosto se bautizó a Jerónima, hija de la iglesia, fue si madrina Jusepa de Loaysa. La bautizó el padre F Pacho.

    El 1 de septiembre se bautizó a María hija d…(¿Joan?)de Cendexas y de Ana de Vargas, fueron sus padrinos Francisco de Rueda y su mujer Jerónima de… La bautizó el padre F Pacho.

    El 1 de septiembre, se bautizaron a tres morenos: Francisco, Francisca y Juan, esclavos de don García de Cisneros, fueron sus padrinos Sebastián. García e Isabel de la Cruz, morenos. Los bautizó el padre F Pacho.

    El 7 de septiembre, se bautizó a María, hija de Isabel, morena, esclava de Juan González de Guerrea, fueron sus padrinos, Juan García e Isabel de la Cruz, morenos. La bautizó el padre F Pacho.

    El 7 de septiembre, el padre Francisco Pacho bautizó a Bartolomé, hijo de Juana Velásquez, soltera, fue su padrino don Pedro Moreno.

    El 7 de septiembre, el padre Francisco Pacho bautizó a María, hija de Hernando Sanabria y de Isabel Teresa, mestizos, fue su madrina doña Estefanía de Caravajal.

    El 8 de septiembre, el padre Francisco Pacho bautizó a Agustina, hija de Felipe Xanaqua y de Catalina Tzipaqua, fueron sus padrinos, Juan Bautista y Juana María, todos indios de la Huerta del Alférez. (5)

    El 10 de septiembre, el padre Francisco Pacho bautizó a Ana, hija de Francisco Gabriel y de María Beatriz, fue su madrina Petrona Hernández, todos indios del Barrio de Santa Ana.

    El 11 de septiembre, el padre Francisco Pacho, bautizó a María, hija de don Joseph (González) de Figueroa, Alférez Real y doña Beatriz de Sámano, fueron sus padrinos don Francisco de Solis Barraza, alcalde mayor y su mujer.

    El 15 de septiembre, el padre Francisco Pacho, bautizó a Antonia, hija de Juan y de María Huche, indios del Barrio del Carmen, fueron sus padrinos, Juan García, moreno y Juana, mestiza.

    El 22 de septiembre, el padre Francisco Pacho, bautizó a Magdalena, hija de Pedro y de Agustina, indios naturales, de la Hacienda de don Joseph de Figueroa, su madrina lo fue Luisa, india del Barrio de Santa Ana.

    El 28 de septiembre, el padre Francisco Pacho, bautizó a Nicolás, hijo de Miguel Xuares y de Magdalena, indios de Cuparataro, fueron sus padrinos Jerónimo de Covarrubias, mestizo y Juana Hernández.
El 2 de octubre, el padre Pedro Agundez, bautizó a Theresa, hija de la iglesia, fueron sus padrinos el Capitán don Manuel López Zerpa y doña Andrea de Ugarte, su mujer.

    El 5 de octubre, el padre Francisco Pacho, bautizó a Mariana, hija de don Juan de Quijada y de María Sotelo, fueron sus padrinos don Diego Sorge (6) y su madrina doña Ana de Mendoza.

    El 5 de octubre, el padre Francisco Pacho, bautizó a Diego, hijo de Matías y de Lucía, fueron sus padrinos Andrés Xanaqua y Beatriz Putzuto, todos indios de la labor del Alférez don Joseph de Figueroa.

    El 6 de octubre, el padre Francisco Pacho, bautizó a Miguel hijo de Blas de Rivadeneira y de María Hidalgo, fueron sus padrinos el licenciado Miguel Robello e Isabel de los Olivos.

    En 8 de octubre, el padre Francisco Pacho, bautizó a Jerónimo, hijo de Gregorio Moreno y de Francisca de la Cruz, criados del reverendo Diego de Novella, fueron sus padrinos Francisco e Isabel López.

    En 8 de octubre, el padre Francisco Pacho, bautizó a Mateo, hijo de don Salvador Duarte y de doña Catalina de Vascones, fueron sus padrinos, el Capitán Manuel López Zerpa y su mujer doña Andrea de Ugarte.

    En 15 de octubre, el padre Francisco Pacho, bautizó a Francisco, hijo de Agustín y de Antonia, indios de “La Huerta” de don Joseph de Figueroa, fue su madrina Juana María, mulata.

    En 20 de octubre, el padre Francisco Pacho, bautizó a Ana, hija de Juan Bautista Paua y de María Tzipaqua indios del Barrio de Urdiales, fue su padrino
Juan de Betancor, moreno.

    En 28 de octubre, el padre Antonio de Alcalá, bautizó a Teresa, hija de Francisco Turequi y de Catalina María, del Barrio del Carmen, fueron sus padrinos, Juan Trujillo Gallardo y María Tzipaqua.

    En 2 de noviembre, el padre Francisco Pacho bautizó a Marta, hija de Francisco Lemos y Clara, indios del Alférez Joseph de Figueroa, fueron sus padrinos Juan Rincón y Marta María, mulata.

    En 9 de noviembre, el padre Francisco Pacho bautizó a Andrea, hija de Isabel de los Olivos, mulata libre, soltera, criada de Melchor Gutiérrez. Fueron sus padrinos Melchor de la Cruz y Luisa González, mulatos.
En 16 de noviembre, el padre Francisco Pacho bautizó a Catalina, hija de Andrés y de María, indios, criados de las monjas, fueron sus padrinos, Miguel Tía y su mujer Lucía Nuca, indios.

    En 21 de noviembre, el padre Antonio de Alcalá bautizó a Juana, hija de María, esclava de Gonzalo Díaz de Betancor (7), fue su madrina Magdalena María.

    En 21 de noviembre, el padre fray Martín Delgado bautizó a Diego, hijo de Francisco Gudino y de Ana Núñez Vala, fueron sus padrinos don Andrés de Betancor y doña María de Cárdenas, su mujer, todos vecinos de esta ciudad de Valladolid, “hice este bautismo con licencia de su Ilustrísima”.

    En 23 de noviembre, el padre Francisco Pacho bautizó a Diego, hijo de Juana, morena, esclava del capitán Manuel López de Zerpa, fue su madrina Inés de la Cruz, mulata.

    En 30 de noviembre, el padre Francisco Pacho bautizó a Martín, hijo de María Ortiz, mulata soltera y no se le conoció padre, fueron sus padrinos, Nicolás de Morales y Leonor de Arlanzón, mulatos.

    En 2 de diciembre, el padre Antonio de Alcalá bautizó a Melchora, hija de la iglesia, fue su padrinos Pablo de Arroyo.

    En 7 de diciembre el padre Francisco Pacho bautizó a María Catalina, hija de Juan Cruz y de Catalina su mujer, morenos, mis esclavos. Fue su madrina Esperanza, morena, de Marcos Estévez.

    En 14 de diciembre el padre Francisco Pacho bautizó a Andrés hijo de Beatriz Pérez, mulata, esclava de María de Rivera, fueron sus padrinos Agustín Redondo de Rivera y doña María de Loaisa.

    En 24 de diciembre el padre Francisco Pacho bautizó a Catalina hija de Miguel Cuini y de Ana Tzipaqua, fueron sus padrinos Pedro de la Cruz y su mujer María Tzipaqua, todos del Barrio de Santa Ana.

    En 27 de diciembre el padre Francisco Pacho bautizó a Juan, hijo de la iglesia, fue su padrino el canónigo don Pedro Agúndez de Ledesma.

    En 27 de diciembre el padre Francisco Pacho bautizó a Lucía, hija de Felipa Hurtado, mulata, soltera, esclava de don Juan Sotelo, fue su madrina Manuela de Prado, mulata.

    En 29 de diciembre el padre Francisco Pacho bautizó a Francisco, hijo de Mónica, soltera, criada de Luis de Quiroz, fueron sus padrinos Agustín de Salceda y Sebastiana de Ávila.

    Con el anterior bautizo terminan los registros de bautismos del año de 1631.

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

1) Por solo mencionar un ejemplo, la “Calle Principal de México” o Calle Real era la actual Avenida Francisco I Madero, por el Oriente hasta donde se encuentra el edificio de Correos y por el Poniente hasta la iglesia de La Merced.
2) La parte central de la entonces “Calle de la Plaza de la Iglesia Catedral a la Iglesia del Carmen,” es actual Avenida José María Morelos. Llegaba hasta el Carmen por el norte y hasta la de Aldama por el sur.
3) Los principales Barrios eran: El del Carmen, San Agustín, San Francisco, San Juan, Los Urdiales, San Pedro y La Concepción y Chicáquaro. Más retirados se encontraban, el de Pomatácuaro, Ychaqueo y Chiquimitío, entre otros.
4) Por esa época la Ciudad de Michoacán llamada así manera oficial y con permiso de la Corona y la Santa Sede (Pátzcuaro), usó el extraño nombre de “Carpio de Haro”, no hemos encontrado alguna cédula o acuerdo virreinal para que lo utilizara.
5) El Alférez Real lo era don Joseph de Figueroa y Campo Frío o Joseph González de Figueroa y Campo Frío que también fue Regidor Perpetuo, era dueño de una inmensa fortuna. Su padre lo fue el Alférez don Tomás González de Figueroa y su madre doña Leonor de Villalobos y Gómez. Don Joseph se casó con doña Beatriz de Sámano Ledesma.
6) Don Diego Sorge era el Tesorero de la Santa Cruzada, vivía en la tercera casa de la calle de la Plaza de la Iglesia al Convento del Carmen.
7) Don Gonzalo Díaz de Betancourt, era Familiar del Santo Oficio, vivía en la casa 27 de la Calle Principal, estaba casado con doña María de Cuenca con la cual tenía 7 hijos e hijas, para 1621 contaba con “siete piezas de esclavos, varones y hembras”.
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lunes, 17 de noviembre de 2008

Flor que llora colgada en el abismo

Un cuento con alegorías del pasado en Salvatierra

por Pascual Zárate


    El tiempo de las edades respeta el interior de las almas. Así la muy noble y leal ciudad de San Andrés de Salvatierra, inmóvil en su espíritu fundador deja escuchar los cantos de sus poetas por entre los corredores del verde y luminoso jardín. El sueño virreinal campea aún entre los cuchicheos de las parejas que se hablan sin pena entre besos dulces, al amparo de la fronda de los laureles de la India.

    Caminando despacio una preciosa señora deja al aire su blonda cabellera y su tersa tez se inflama con un viento calmo y dócil, que trasnparenta la blancura de su sonriente boca cuando mira las fachadas porfirianas y remerora los versos de sus moradores, aquellos que se quedaron atrapadas en sus puertas y ventanas. Y ella se sienta con un aire de meditación en la frente, a repetirse mentalmente el poema "Y era, en verdad, hermosa la señora..." el poema aquel que despertó, en su autor, una vieja nostalgia por su madre Porfiria, cuando cumplió los treinta años, y donde explicó cómo él, Federico, supo qué experiencia infantil había descubierto su facultad de abrigar la fe e inciado su vocación sacerdotal y, ahí en versos, poéticamente lo narró titulándolo "Idilio".

    Ahora ella estaba ahí estremeciendose por su propia experiencia, de la vez que llevó a sus hijas a conocer a la Virgen de la Luz de Salvatierra, y sentía que el tiempo había sido el mismo, 1881, y que el camino por la plaza del jardín era el mismo que transitaron Porfiria con su pequeño hijo Federico e, imaginativa y estremecida, los veía pasar a su lado tomados de la mano presurosos.

    Sin embargo, ella estaba esperando la llegada de quien le contaría cómo había empezado todo lo que veía a su alrededor: las altas torres de cantera rosa de la parroquia, las fachadas coloniales y porfirianas de alegres colores, los amplios portales y corredores del jardín y la austera sede del ayuntamiento municipal, pero sobre todo, este deber católico de visitar a la Virgen de la Luz con las niñas a confesarse, y hablarles del amor espiritual de una madre por su hijo.

    Y esperó, candidamente, la narración de una historia que comenzó luego de la caída de Tenochtitlán, y ya cuando los ambiciosos militares al mando de Hernán Cortés se habían repartido las mejores tierras llamadas, entonces, del Reino de la Nueva España.
Era verdad que las fotos de sus dos niñas tomadas a la orilla del río Lerma le gustaban mucho, eran bonitas y agraciadas ambas, que con sus vestidos de olanes verdeolivo y sus pliegues de tela de algodón crema hacían, en la fotografía, un conjunto armonioso de colores con los troncos ocre del viejo sabino derribado y el agua amarilla de la corriente caudalosa de ese día, que había estado soleado desde la mañana. Y sentada en la banca de hierro forjado recordando, mientras esperaba, que no fue difícil encontrar un paisaje a su gusto entre las veredas de los hortales, cerca del puente construido con piedra de tezontle por los frailes carmelitas descalzos. Si, el agua debió ser importante para fundar la ciudad, pensó viendo hacía el comienzo del corredor del jardín, esperando ver llegar a quien le platicaría la crónica de la ciudad.

    Las casas del centro son de una belleza augusta, recordó que le dijeron que eran en todo muy parecidas a las de Castilla la Vieja, como que la ciudad había sido una fundación española. Y se dijo, ¿pero como soy tonta? si los conquistadores querían fundar una ciudad, es imposible que ellos no hayan escojido para vivir las mejores tierras del Reino de la Nueva España.
Era paciente M., a los que pasaban les parecía muy hermosa la señora; era de estatura pequeña, de pelo ensortijado cruzando las cuatro décadas de edad y con un aire de estudiosa por sus bien diseñados lentes. Un señor que se sentó un momento cerca de ella, después dijo que M. siempre olía a un aroma limpísimo, como que hacía su ducha tallando tres veces su tersa piel con un estropajo de magüey y con jabón perfumado. No era propiamente una salvaterrense típica, su infancia trancurrió en la ciudad de México, pero luego de su llegada al final de su niñez a Salvatierra, ya nunca salió por más de una semana de la ciudad.
Su rutina de trabajo era muy agradable para M. Atendía clientes en su despacho y las horas se le iban llenado formularios y platicando con los campesinos que la apreciaban bien, por su gentileza al tratarlos con una sonrisa de aprecio. Sus estudios los realizó en la escuela técnica de la localidad y lo que ahora sabía lo aprendió en sus largos años de trabajo, que no lo había cambiado desde que lo tomó. Su hermana pasaba a saludarla por las mañanas, eran gemelas en todo, menos en el carácter, pues M., era mayor quince minutos pero más seria y deseosa de saber más de sí misma. Como que sus emociones le representaron un enigma desde pequeña, pues siempre batalló para manejar los sentimientos de culpa por un accidente que le tocó presenciar, donde su hermano recibió una dura corriente eléctrica en la azotea de la casa mientras jugaban inocentes.

    Y ahí estaba sentada con un elegante vestido floreado, con fondo negro y colores amarillos en las hojas de girasoles grandes, como los vestidos de las películas de Sofía Loren. Se parecía a "la estatua de la novia del mar esperando la llegada de los pescadores" que está en la Bahía de Campeche, aunque ella estaba a midad del corredor del jardín de espaldas a las torres de la parroquia, pero ya no era una novia. Y si, estaba emocionada, sentía que sabía poco de sí misma y de las cosas que eran suyas: su calle de la oficina, muy arbolada; las numerosas acequias de la ciudad, y del mayorazgo donde ensayaban de bastoneras sus hijas, ya hechas unas señoritas atractivas.

    ¿Qué quería saber del espíritu de la ciudad? ¿Qué le despertaba tanto interés como estar esperando el retraso del cronista habilitado para resolver sus dudas? ¿De qué le serviría saber sus propias tradiciones familiares y de la ciudad?

El hado adverso me parece el mismo.

Cuando el alma de un cronista se extingue

`por Pascual Zárate Avila


    Estaba por terminar su vida en medio de una apasionada celebración que abría sus recuerdos infantiles, de cuando estudiaba la primaria en el convento de San Buenaventura de la Orden de los Hermanos Menores. El cronista Luis Castillo estaba en el sanatorio cuidado por su esposa, su caída complicó todas sus afecciones cardiacas y de locomoción. Había tropezado cerca del archivo municipal, al que había impulsado que se creara de manera independiente en un edificio propio y así lo había relatado en el periodico mensual hacía cinco años.

    Sin embargo, tenía una paciencia y una resignación al dolor como la de san Juan de la Cruz, quien en sus últimos días de vida, pidió que le leyeran un salmo del Cantar de los Cantares: "Por eso las muchachas se enamoran de ti..."; a su semejanza, el cronista L. pidio que le contaran de las ponencias que sobre Federico Escobedo, estaban expresando los académicos de la lengua esa noche de memoria luctuosa en la biblioteca municipal, a donde había pedido que no fallara el presidente municipal, que obsequioso lo había ayudado a llegar al santorio ese día que, también, era el último del Homenaje a Federico Escobedo.

    Recostado en la cama del hospital, lo cómodo del colchón le hizo recordar las noches infantiles en la casa paterna, donde vivió con su abuelo. Ubicada en la calle antiguamente llamada de las Arrecogidas, con sólo recorrer lo largo de una cuadra del callejón, llegaba rápido a la escuela primaria de los franciscanos, donde estudiaba con empeño y extasiado por todas las historias que le contaban de la ciudad. Especialmente su abuelo le narraba el nombre de las calles en el siglo XIX, las obras de los vecinos y, -fue en esos paseos que aprendió a medir la altura de las obras de los hombre y a respetar y reconocer los méritos ajenos,- alabando con especial cariño los que beneficiaban a su querida ciudad de San Andrés de Salvatierra.

    El cronista L. se sentía contento, estaba preparado para bien morir, las primeras acciones culturales en su juventud estaban ligadas a la admiración y sorpresa que le causó escuchar a Federico Escobedo, y días antes, el miércoles 8 de noviembre, había referido su ponencia en el templo del Carmen donde relató sus experiencias con él durante la coronación pontificia de la imagen de pasta de maíz de la Virgen de la Luz, y su lucha porque el nombre de la biblioteca pública llevara el de quien fue llamado Tamiro Miceneo, entre los árcades romanos, para su perpetua memoria y ejemplo de la juventud estudiosa.

    Y le daba mucho gusto estar en el equipo de maduros salvaterrenses y autoridades muncipales, homenajeando al traductor de la "Rusticatio Mexicana" de Rafael Landívar. Dentro de su silencio de enfermo, sintió en su cuerpo un recorrido de emociones positivas al escuchar decir a su esposa que estuviera tranquilo, que recordara lo contento que estuvo cuando muy jóven colocó, junto al puñado de jóvenes del Club Zorros, la placa alusiva al nacimiento de Federico Escobedo en la calle Real N 14.

    Lleno de recuerdos y de sondas en su cuerpo, el cronista L. estaba convencido que no moriría, que pasaba a otra vida, a una completamente espiritual, a la tierra prometida que la ciudad le había enseñado religiosamente.

    Sentía la fortaleza que aprendió de la prédica de los padres carmelitas en el templo de San Ángelo Mártir sobre san Juan de la Cruz, cuando recordó que luego de esta vida Dios lo juzgaría por el bien que hubiera hecho, y sonriente pensó que era un bien su apego a la identidad de la ciudad que lo unió siempre a todos los vecinos y a la Virgen de la Luz.

    Siempre escribió para educarlos y a ellos les gustaba mucho leer sus comunicados que iniciaban con el lema virreinal que anteponía al nombre de la ciudad. Era un privilegiado lema que le autorizaron las autoridades novohispanas al Cabildo en 1734, como reconocimiento de la Corona a los vecinos notables y con titulos nobiliarios, por sus servicios al Rey de España: el enunciado dice "La noble y leal ciudad de San Andrés de Salvatierra".

    Sentía un aire espiritual de confort, días antes caminando con su amigo Jesús García, quien fue secretario del ayuntamiento en varias ocasiones, y que también intervino en el homenaje a Escobedo, ambos, al repasar que su juventud la dedicaron a investigar todo lo concerniente a San Andrés de Salvatierra, habían caido en la cuenta de que su formación humanista la fincaban en las tantas lecturas de todos aquellos libros escritos por los salvaterrenses: de Agustín Francisco Esquivel y Vargas, José Ignacio Basurto, el propio Escobedo, las de Jesús Guisa y Azevedo y los poemas de José Luz Ojeda y Ana María de López Tena.

    Emocionado con el tema del homenaje a Federico Escobedo en sus 50 aniversario, abordó la celebración con una reflexión en una entrevista de prensa y lo justificó diciendo que "Salvatierra tiene libros propios para la educación de la juventud, escritos por sus humanistas", frase con la que los medios de comunicación de la región abrumaron de tanto que la repetían. Y la vida del cronista L. era un fiel reflejo de la forma de vida enseñada por Agustín Francisco Esquivel y Vargas en su obra "El Fénix del Amor", publicada en 1764.

    Sentía un extremecimiento de confort, yacía sedado, pero un poco con imagenes de alucinación, veía a los jóvenes y niños leyendo a los poetas de Salvatierra. Estaba convencido que las obras seguirían leyendose para formar buenas personas de sus paisanos, eso se lograría inculcándoles el amor por su noble y leal ciudad de San Andrés de Salvatierra.

Todo es en la natura simbolismo

        Un filósofo en Salvatierra

Por Pascual Zárate Avila


Retrato dibujado por el doctor Atl

    Era una mañana cálida cuando llegó a Salvatierra de la ciudad de México. La versión socialcristiana del nacionalismo estaba en auge, sus estudios de la teoría nacionalista del filósofo francés Maurras era escuchada con atención por un admirado grupo de cinco veinteañeros salvaterrenses, quienes sentían cómo su mundo aparecía claro y develado en su legado cultural citadino cuando hablaba él, un presuntuoso filósofo formado en la más prestigiosa universidad católica de Europa: Lovaina, Bélgica.

    La década de los cuarentas del siglo XX traía nuevos aires del mundo industrial norteamericano. El filósofo J. les venía a proponer que ahora el nacionalismo ellos lo recuperarían tomando como base el mestizaje cultural, mediante el estudio exaltado de la lengua castellana, los símbolos sagrados de los templos católicos, las tradiciones indígenas paganas-religiosas, la historia civil local, su literatura, su música, su arquitectura, sus poetas, pero también, la flora, fauna, orografía e hidrología de Salvatierra. Había que estudiar e investigar lo local, lo específicamente propio de la ciudad, como una forma de nacionalismo duro, de agruparse para resolver los problemas del bien común y luchar por la libertad y salvación de México. Y todos eran de familias con modestos recursos.

    El filósofo Jesús Guisa y Azevedo meditaba ¿cómo entusiasmarlos para adentrarlos en el movimiento nacionalista cristiano?, esperaba llegar a su casa paterna para pensarlo con serenidad. Una casona solariega que delataba su antiguo origen de clase social alta, hijo de un hacendado asesinado en la revolución, pero ahora era un intelectual de escasos recursos económicos. Pasaba de los cuarenta años, se afeitaba con precisión y vestía trajes oscuros de casimir, con el fin de lograr un mayor efecto visual a su energía de orador y polemista, que ya era legendaria en la ciudad de México.

    La reunión vespertina estuvo concurrida en la nevería de la explanada del Carmen. Y empezó a explicar la propuesta empleando a la propia ciudad como forma pedagógica para la enseñanza de los valores nacionales cristianos.

    Con verdadera emoción estaban alrededor del filósofo J. los que con el correr de los años adoptarían variadas formas de ganarse la vida: uno como fotógrafo, otro de maestro de primaria, aquel de dramaturgo, ese otro de comerciante y, el más apasionado, de cronista en sus años de jubilación.

    Momentos antes el comentario del grupo en amena tertulia, era el recién formado Club de Leones Internacional, integrado con los profesionistas, profesores eméritos, jefes de las oficinas de gobierno, ricos comerciantes y empresarios de las imprentas de la ciudad. Su divisa era servir a los demás. Todos ellos de reconocida solvencia económica y moral.

    "Es una verdad y repetida verdad, -empezó a disertar el filósofo J.- que en esta noble ciudad aprendimos de las órdenes religiosas de los Carmelitas Descalzos, de los Hermanos Menores franciscanos, de los Agustinos y de los Predicadores dominicos, órdenes mendicantes, de pobreza extrema y oración continua. De ellos aprendimos a tener horarios de rezo, de alimentos, de labores manuales, de reflexión, de investigación agrícola, de lectura y de ejercicios de caridad. Una vida ordenada basada en el desprendimiento en el trabajo. Cada fraile realizaba su labor poniendo al servicio de los demás sus dones personales a cambio de vivir en la comunidad religiosa con reglas de obediencia, celibato, oración y pobreza. Y es una verdad dicha repetidas veces, reiterada aquí mismo, que la ciudad levantó sus monumentales edificios conventuales, fertilizó el valle, abrió canales, crió ganados y diversifico cultivos en las huertas, especialmente la guayaba, basada en la pobreza de sus frailecillos. Entonces, la pobreza no es impedimento para servir a los demás de manera cristiana, intelectual, caritativa y económicamente."

    El joven L. que sería cronista en su jubilación, sonrió con inteligencia, pues oir con atención al filósofo J, le acababa de resolver su duda sobre el servicio a los demás. Era cierto que los miembros del Club de Leones servían a la ciudad tomando encuenta su prosperidad económica y capacidad intelectual. Pero entre ellos, que de los cinco, no había uno que no dijera que apenas traía para pagar la limonada que tomaba a sorbos pequeños, plantear que trabajaría para servir a los demás desinteresadamente, se les aparecía como una idea desmedida. Pero no, ahí frente a ellos estaba el conjunto conventual del los Carmelitas Descalzos, una orden religiosa reformada por santa Teresa de Jesús, y que el estudio de la mística poética de san Juan de la Cruz ya tenía frutos en la poesía publicada por Federico Escobedo y José Luz Ojeda.

    Y sin más reticencias habló el futuro cronista J.: " Entiendo bien lo que nos anima a imaginar nuestro docto paisano J. Si vemos los nombres de los grupos religiosos que son artífices de nuestra querida ciudad, vemos que refieren a la humildad: hermanos menores y carmelitas descalzos. Nosotros a imitación de ellos como nuestros maestros que han sido en la escuela primaria, y pobres como ellos en la persona de cada uno, creo que sí podemos hacer un Club de Servicio, pero le llamaremos de una manera humilde. Como todos los fundadores reunidos hoy, ninguno trae un peso completo, que estamos de zorras, sin dinero, propongo que le llamemos "Club Zorros", pero también por la astucia y también por la pobreza."

    El filósofo J. río de buena gana, a carcajada batiente, y con palabras altisonantes felicitó al imberbe joven L. Y concluyó la junta sacando una reflexión, "el humanismo real, el verdadero, está en la ciudad rural, en aquella que tiene la misión de educar al rústico que la visita cuando vende su cosecha en las calles. Y ustedes son señalados y, a sí mismos se consideran obligados a ello, a educar en el trato sociable, pacífico y en las expresiones de palabras alentadoras y fraternas. Educar, domesticar, hacer afable el trato es la misión, el deber, el destino, la naturaleza del Club Zorros".

    El entusiasmo no era menos entre los cinco jóvenes salvaterrenses, ahora sabían acertadamente su misión, y se sentían identificados con su origen citadino y misionero de sus antepasados novohispanos.

Pefecta analogía encuentro en ella con la patria mía.

La vida como poesía y novela en Salvatierra

por Pascual Zárate Avila




    El influjo por el auto estudio era una tradición centenaria en la ciudad de Salvatierra. Leer resultaba fácil por las librerías de los conventos carmelita y franciscano. Los archivos daban cuenta de la crónica de la ciudad desde su fundación. Así que todo esta dispuesto para la tarea de nuestro grupo de nobles e idealistas jóvenes del Club Zorros.

    Indagar todo lo relativo a su tierra, sus veredas ribereñas para saber ¿dónde nace el río Lerma en el Estado de México?. Animar las convivencia familiares para facilitar el trato entre muchachas y pretendientes muy comedidos con los papás. Organizar justas deportivas de carreras pedestres y ciclismo. Publicar revistas que difundan sus investigaciones sobre la historia civil y eclesiástica, y sobre los hombres más destacados en la promoción del desarrollo de Salvatierra.

Caminando en el jardín, el joven Luis Castillo se apresuró a informar que ya tenía en renta la casona de fachada porfiriana ubicada en Madero e Hidalgo. Era una casa señorial, amplia en su trazo doméstico, de portales en su patio central y con un local que abría una puerta de madera exactamente en la esquina de la calle, achatando el ángulo de encuentro entre las dos paredes de ambas calles. La recibiría al día siguiente, de manos de su amigo Lisandro Nieto, un poeta que emigraba a la ciudad de México emocionado con su título de abogado, y dejaba en el olvido el oficio de comerciante, que por décadas su familia ejerció en el cajón de ropa ubicado dónde ahora sería la sede del centro social del Club Zorros.

    Empezaron las reuniones y a trazar los fines del grupo. Indudablemente, de inmediato, el que después sería un dramaturgo egresado de la UNAM: Jesús García, y rancio secretario del ayuntamiento por varias administraciones municipales, se percató que no podían imitar la rutina del Club de Leones, quienes hacían sesión y cena mensual de socios. Así que propuso que la principal tarea del Club Zorros sería el estudio de Salvatierra en todas sus manifestaciones. El que después sería cronista en su jubilación L. dió una ruta más directa de lo que sería el quehacer de los primeros cinco jovenes fundadores: recuperar las obras escritas por los salvaterrenses y promover su lectura.

    Empezaron por visitar los archivos parroquiales, el municipal, el de los conventos y haciendas. El futuro cronista L. supo de la existencia de una obra única en la comarca: "El Fénix del Amor" de Agustín Francisco Esquivel y Vargas, sacerdote del siglo XVIII, un hombre del renacimiento inclinado al estudio y al empleo de la razón como vía del conocimiento del campo mexicano. Una tarde lo trajo consigo de manera alborozada José Castro, quien tomaría el oficio de fotógrafo años después. C. Sabía que causaba sorpresa y ansiedad sobre L. y G., querían saber cuál era el tema del libro, y qué logros eran esos de su paisano virreinal. C. era de menuda estatura, más bien pausado en el hablar y de semblante poco expresivo. Fumando un cigarro les pidió que se sentaran en las sillas de madera de la oficina que daba directamente a donde hacían cruce las calles de Hidalgo y Madero.

    Y de entre su mochila de manta pintada de gris sacó un envoltorio de papel revolución y cuidadosamente lo puso en la mesa y lo desenvolvió lentamente. G. le dijó ¡Mira que hasta parece una torta! L. permaneció callado sólo esperando ver la portada del libro. G. preguntó ¿lo encontraste en la librería de los carmelitas, compañero?.

    Y si, aparecieron las letras góticas de una portada barroca, pues el nombre era muy largo. C. inmediatamente propuso hacer un círculo de lectura para analizar el libro. Para aumentarles su ansiedad C. le adelantó un tema del libro: --Trata de la fundación de Salvatierra y compara al valle de Huatzindeo con el paraiso-- Ambos socios del club Zorros sonrieron con una larga exclamación de gozo intelectual.

México es una flor encantadora pero...¡Ay!

Filosofía y crónica municipal unidas en Salvatierra

por Pascual Zárate Avila




    Para cuando nace el club Zorros, en ese entonces, el jardín es el centro de la vida intelectual de Salvatierra. En las calles de alrededor esta la escuela primaria, el mesón de la Luz, el templo parroquial, la presidencia municipal, la oficina de Correo y la de Hacienda, un sanatorio particular, el despacho de un notario, casas solariegas de las familias antiguas, la estación del tranvía de San José del Carmen, tiendas bien surtidas y una famosa cantina. Así que la oficina del Club Zorros es el círculo cultural que le faltaba al centro de la ciudad de Salvatierra. Ellos representan la expresión más libre del quehacer humano, hombres libres para pensar y crear proyectos de progreso para la centenaria ciudad que sabían suya, que cuidaban como su más preciada propiedad y que, con el tiempo, les dió la ocasión de realizarse integralmente como personas al imprimirle la dirección que ellos decidieron, sobre todo en lo cultural.

    En la reunión con el filósofo Jesús Guisa y Azevedo. les había quedado muy claro el método de estudio del club. Así que se plantearon las acciones de trabajo: conocer cómo habían sido las invenciones de la Virgen de la Luz y del Señor del Socorro, los dos símbolos sagrados más venerados de la ciudad. Investigar el pasado prehispánico y adquirir un museo. Construir un sistema de agua potable, crear la Cruz Roja, mejorar el edificio del hospital civil, fundar una biblioteca pública, inaugurar un centro de enseñanza secundaria y fomentar el aprecio y restauración de los edificios colonias. Explorar la naturaleza y sobre todo el cauce del Río Lerma. Indagar la fundación de los conventos carmelita, franciscano y agustino. Y dar a conocer los méritos del humanista, poeta, traductor, maestro, orador y promotor cultural que fue Federico Escobedo.

    Aún no sabían que tiempo después asistirían al discurso de ingreso del filósofo Jesús Guisa y Azevedo a la Academia Mexicana de la Lengua. Y que desde un balcón escucharían José María Garibay contestar el discurso de ingreso viendo, alborozados, cómo Alfonso Reyes conversaba animadamente en el patio de la recepción con el filósofo J., además de emocionarse cuando José Vasconcelos le dió unas palmadas en la espalda y un afectuoso saludo de felicitación. Habían hecho el viaje a la ciudad de México en un camión y cuando regresaron, a toda la ciudad le platicaron del evento en Bellas Artes, la fama y la estimación por el filósofo J. se extendió sin reservas y fue una la del plumas más respetadas y constantes en las revistas que publicaban San Andrés.

    Así que cuando José Castro, que después sería fotógrafo, daba la relación pormenorizada del origen del Señor del Socorro que está relatado en el libro de Agustín Francisco Esquivel y Vargas, y seseando un poco al leer, los demás integrantes sentían la historia de México en su versión oculta. Uno de los párrafos que Jesús García, quien después sería dramaturgo, comentó fue el del relato de una ciudad cálida, de aire limpio, de tradiciones que adornan con las flores de la primavera y que hacen marchar por las calles en completa armonía, a toda las personas de diferente condición social, edad y estado religioso y civil. Una sociedad igualitaria en el trato social y en la convivencia. El ideal humanista de una ciudad rural, escribiría Rafael Landívar desde su exilio de Bolonia Italia en las décadas finales de 1700. Un ideal social que estaban formando los criollos ilustrados mediante la investigación y el estudio de su suelo patrio, como lo hizo en su trabajo pastoral y de cronista Agustín Francisco Esquivel y Vargas en las parroquias que atendió en el Obispado de Michoacán, y que le inspirara su noble y leal ciudad de San Andrés de Salvatierra, su tierra natal, donde nació en 1714.

    En el libro "El Fénix del Amor" estaba establecido el fundamento que Luis Castillo, quien después sería cronista, propuso continuar: una sociedad unida, en armonía con la naturaleza y sin distingos ni privilegios por la condición social, género o edad, tomando a las autoridades civiles y eclesiásticas con el mismo aprecio; tal sería la misión del Club Zorros y, particularmente, la permanente actitud socializadora, como característica en toda la vida de L.

México es una flor que llora

Un cronista como secretario del Ayuntamiento 

Por Pascual Zárate Avila 




    Un empleo en la presidencia municipal es para J. Jesús García y García, quien después sera jefe de redacción de periódico El Observador, una oportunidad de leer todas las actas del archivo del cabildo, que data de 1644. La historia de la ciudad en sus manos. Así que el puesto de secretario del ayuntamiento es la realización de la misión trazada por el Club Zorros.

    Sobre todo en el edificio municipal, donde los documentos saturan los escritorios de madera de mezquite, anchos y pesados, donde sientan su humanida, en sillas acoginadas, chispeantes funcionarios del servicio militar y secretarias que teclean, de vez en cuando, en vetustas máquinas de escribir Remintong.

    Lo atractivo del primer piso del edificio municipal son los balcones abiertos al jardín, la vista constante de los copos verdes de los laurles de la India, y el escaso ruido del tráfico de pocos vehículos de motor pasando con alguna carreta jalada por animales, que brinca en la empedrada calle Juárez.

    El espíritu franciscano de G. lo impulsa a dedicar una horas de más a la investigación del archivo. Es joven, de estatura un poco mayor que el común de las personas, delgado atlético y de cara afilada en una piel morena clara. Ya cuenta con un título universitario de licenciado en Dramaturgia, que aplica en sus presentaciones en las reuniones del club.

    La inclinación al estudio de G lo adentro en una constante lectura de las “Geórgicas Mexicanas" de Federico Escobedo. Los temas traducidos del latín como poemas en lengua castellana realizada por el vate Escobedo no lo amedrentaban con sus innumerables cultismos entreverados en los versos. Lo leía repasando las palabras, sobre todo por las noches, luego de pasear un rato por los lugares públicos de la ciudad en compañía del presidente municipal.
Empeñado como estaba de entender el sentido de la obra en su mensaje ciéntifico, leía las ritmicas descripciones de los ríos, de los manantiales, de las aves, de los ganados, de los juegos y de la sociedad de los castores. El mensaje no era fácil interpretar, más aún tratandose de una lectura de autodidacta. Sin embargo, sabía que ahí subyacía un método de investigación de la naturaleza. Las noches se le iban cada vez con más entusiasmo.

    La comprensión de la obra a la que llegó la reflejó años después, cuando la Enciclopedia de México publicó la monografía que G. realizó sobre el Municipio de Salvatierra. Recibió mediante una llamada telefónica, una felicitación calurosa de los coordinadores de la enciclopedia en la Ciudad de México, quienes además de notar la buena conceptualización del texto, los sorprendió la altura intelectual de G. para incluir flora, fauna, orografía, hidrología, festividades, demografía, urbanismo, educación, cultura, salud, vivenda y personajes ilustres perfectamente documentados. Muy a la manera de los temas aprendidos en las infatigables horas de lectura de las "Georgicas Mexicanas" de Escobedo.

    Años antes, el grupo publicó en revistas de circulación mensual como "Causes y San Andrés", las investigaciones que nutrirían la monografía de la Enciclopedia de México. La conciencia de estar en la linea de conservacion de las tradiciones de estudio y producción intelectual de los hombres ilustres de Salvatierra, lo manifestaban con homenajes a los hombres destacados, particularmente admiraban a Federico Escobedo, por quien sentían un inocultable orgullo que residia en la inerrarrable emoción que les nacía al escuchar sus poemas con temas de Salvatierra. Si estaban en una reunión del club con visitantes de Celaya o Acámbaro, G., de buena manera, abrumabaa los invitados con elogios de la belleza creada por su amado paisano, un poeta de la Arcadia Romana.

    El legado cultural de la ciudad lo valoraban en todas sus manisfestaciones: símbolos sagrados, tradiciones populares, vestidos, comida típica, música de bandas, literatura, conservación de los monumentos coloniales como el puente de Batanes, el Portal de la Columna, los cuatro conventos y las casonas solariegas. Invitaban al filósofo J. a educar en la conservación del patrimonio edificado a la gente del centro de la ciudad. Tarea realizada en repetidas conferencias que organizaron en la sede del club, y luego las publicaron en las revistas mensuales. La mala fortuna sucedió cuando la emigración de las familias se generalizó, debido al reparto agrario de las haciendas. La llegada a poblar Salvatierra con ejidatarios enriquecidos con su trabajo en Estados Unidos, funcionó en contra de la conservación de las casonas, lo que entristeció a G., que también emigró a Querétaro.

    El humanismo y la visión científica de la sociedad, integrada en armonía con su medio ambiente, la lleva a cabo G., en la producción editorial que dirige en la revista "San Andrés", cada vez que sale de las imprentas. La impronta de Esquivel y Vargas, José Ignacio Basurto, Rafael Landívar, federico Escobedo, José Luz Ojeda pueblan la forma como ve al mundo, como una empresa de armonía, de identidad e igualdad social, tal como aprndió en sus noches de lectura esforzada ante la escritura culterana de sus ilustres paisanos.