sábado, 30 de agosto de 2008

Bicentenario del Santuario: I de III partes del sermón de José Luz Ojeda a la Virgen de la Luz de Salvatierra.

La Virgen Santísima de la Luz.
Su Nombre.
“Narrato nomen tuum fratribus meis; in
medio ecclesiae laudabo te—Anunciaré
tu nombre a mis hermanos: en medio
de la asamblea del pueblo de Dios
cantaré tus alabanzas”
Salmos, XXI, 23.
Sermón de José Luz Ojeda López, Pbro.
Todos los nombres que la Iglesia y la piedad cristiana dan a la Virgen Santísima tienen un singular encanto para nuestro corazón. Por eso los repetimos a menudo en las oraciones que aprendimos desde niños, y muchas veces en la letanía, ese poema que cantamos todos los días en honor de Nuestra Señora, para decirle, con los más bellos nombres de la tierra, nuestra admiración, nuestra alabanza y nuestro gozo. Y es que los nombres de la Madre por excelencia tienen, como el nombre de Jesús, la fragancia de los cielos. “Oleum effusum nomen tuum- dice el Cantar de los Cantares, Tu nombre es como un perfume que se derrama”(I, 2).
Mas, por razón de nuestra indigencia y de nuestra miseria, cuando esos nombres no son únicamente una alabanza –aunque encierren un fondo inagotable de verdad—sino que expresan un título de la Virgen Santísima que nos invita a que pongamos en Ella nuestra confianza, y a que descansemos, sin temores, en su regazo maternal, entonces esos nombres, además de un singular encanto, tienen para nuestros corazones un sabor de consuelo y de esperanza.
Tal es el nombre que hoy venimos a dar a la Virgen María, al saludarla con esta hermosa advocación “Nuestra Señora de la Luz”, o, mejor –como lo ha transformado la devoción de esta ciudad-- “Nuestra Madre Santísima de la Luz”.
Madre de la Luz... ¡Qué dulce nombre! Lo aprendimos, pequeños aún, de los labios de nuestras madres, y lo pronunciamos al instante “como la primera expresión de nuestro primer pensamiento”; lo escuchamos después en todos los labios, porque en esta tierra todos los labios y todas las cosas lo repiten; lo escribirán más tarde en nuestro corazón cada cada una de nuestras alegrías y cada uno de nuestros dolores; fue creciendo en nosotros a medida que crecíamos, y hoy lo llevamos de tal manera en el fondo de nuestra alma, que forma parte de nuestro ser: de nuestro ser social, porque es la suma y el compendio de nuestras tradiciones; de nuestro ser individual, porque es nuestra alegría, nuestra fuerza y la primera razón de nuestra esperanza...
Madre de la Luz... Pero ¿qué significa este nombre tan dulce y a la vez tan misterioso?
Yo quisiera explicarlo, amados hermanos a la luz de la Santa Escritura, en esta solemnidad, para que, conociendo mejor los tesoros que en él se encierran, la améis todavía más, y se lo digáis a la Virgen Santísima con la confianza y con toda la ternura de nuestros corazones.
Virgen Santísima: Si siempre es dulce para un corazón sacerdotal hablar de tu nombre; ¡qué dulzura será para el mío hablar de la gloria de tu nombre de la Luz, en este lugar, y ante esa imagen tuya, desde la cual eres la luz para nuestros ojos y luz para nuestras almas! Dame tu santa gracia, para que pueda anunciar tu nombre a mis hermanos, y alabarte dignamente. “Dignare me, laudare te, Virgo Sacrata”.

*
* *

En el lenguaje de la Santa Escritura, la luz es, por excelencia, la imagen de Dios, quizá porque entre las cosas materiales ninguna nos habla mejor, aunque de manera imperfecta y lejana del ser purísimo por esencia. La luz es imagen de Dios, porque Dios es la luz substancial y el origen y la fuente de toda luz.
Por eso en el Nuevo Testamento –que es la revelación de Dios hecha por el Salvador, la revelación admirable que el apóstol san Juan parece compendiar en estas palabras: “Lo que oímos de Jesucristo eso os anunciamos: que Dios es la luz, y en El no hay tinieblas”(1° San Juan, I,5)—en el Nuevo Testamento, todo lo grande y excelso es luminosos, y resplandece ante los ojos de los hombres en la luz de Dios.
Por tres veces, sin embargo, se emplea en la Nueva Ley, de una manera especialísima, esta imagen espléndida de la luz.

I

En primer lugar, para designar a Jesucristo Nuestro Señor.
Jesucristo es la luz, porque es el Hijo de Dios, y, siendo su hijo unigénito, es el esplendor de su belleza y, por decirlo así, su rostro adorable: es Aquel por quien el Padre declara todo lo que es, expresa todo lo que piensa, da a conocer todo lo que ama; es la manifestación infinita de una perfección que no tiene límites ni riberas, la dilatación eterna de una vida sin principio, es el esplendor substancial de una luz sin sombras, la comunicación viviente de un amor sin medida. Es lo que nos da a entender las Sagradas Escrituras cuando le llaman “imago Dei invisibilis –la imagen de Dios invisible”(Colosenses, I, 15), “speculum sine macula Dei maiestatis –espejo inmaculado de su majestad”(Sabiduría, VII, 26), “splendor gloriae et figura substantiae ojus –el esplendor de su gloria y la figura de su substancia”(Hebreos, I, 3).
Antes de que viniera al mundo, y antes de que existieran todas las cosas, ya era la luz: “En el principio era el verbo... En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”(San Juan, I, 1, 4); apenas aparecido en la Tierra, el anciano Simeón lo saluda como la luz: “lumen ad revelationem gentium --luz para iluminar las tinieblas de los gentiles”(San Lucas II, 32), y cuando, terminada la vida oculta, principia su ministerio apostólico, El se proclama a si mismo como la luz: “Yo soy la luz del mundo”(San Juan, VIII,12).
Si, Jesucristo Nuestro Señor es la luz: en sí mismo, porque es “el candor de luz eterna”(Sabiduría,VIII, 26); en sus palabras, porque iluminan las inteligencias y escrutan hasta lo más profundo de los corazones; en las obras de su vida, porque todas resplandencen, como la luz, a las miradas de Dios y de los hombres; en su muerte, porque con ella nos arrancó del poder de las tinieblas, en sus sacramentos –que son los siete ríos que de su costado abierto descienden hasta nosotros—porque nos dan ese ser dicino que llama la gracia, que nos reviste de “las armas de la luz”(Romanos, XIII, 12) y nos da derecho a la luz inextinguible.
Ahora bien, si Jesucristo es la luz, este dulce nombre “Madre de la Luz” quiere decir, ante todo, Madre de Jesucristo. ¡Alegrémonos! Porque, al darle este nombre a Nuestra Señora, le decimos su título por excelencia, y la razón de su grandeza y de su gloria.
El Evangelio –de ordinario tan sobrio cuando habla de María –dice de Ella, sin embargo, estas palabras: “María de qua natus est Jesus qui vocatur Chistus” –María de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo” (San Mateo, I, 16). Y estas palabras, por expresar lo que expresan, y proceder del foco de donde proceden, no pueden ser nunca superadas. “Ni la Iglesia católica con todos sus homenajes, con todos sus templos, con todos sus altares, con todas sus estatuas, con todo su incienso, con todos sus panegíricos, con todas sus fiestas, con todos sus cánticos, con todas sus flores, con todas su cofradías, con todo su respeto, con toda su confianza, su veneración y amor, ha colocado tan alto a la Virgen Santísima como el Evangelio, con estas palabras tan breves, pero ten henchidas y tan elocuentes: María, de qua natura est Jesus, qui vocatur Christus –María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo”(P. Monsabré, 30° Conf. de Notre Dame).
Pues lo mismo hace el más humilde de los cristianos que, desde el fondo de su pequeñez, saluda a la Santísima Virgen con este nombre dulcísimo
“Madre de la Luz”, porque con él le dice “Madre de Jesucristo”, que “es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”(San Juan, I, 9); con él le dice el mayor de todos los elogios, la más pura de todas las alabanzas y la más honda de todas las plegarias.
(Tomado del apunte manuscrito de los sermones del padre José Luz Ojeda, propiedad de Maria Elena Calderón)

Bicentenario del Santuario: II parte del sermón de José Luz Ojeda a la Virgen de la Luz


II

Pero la Santa Escritura emplea también el nombre de la luz para designar a los apóstoles.
Jesucristo mismo fue quien se los dio, y la luz verdadera conoce perfectamente todo lo que es luz: “Vos estis lux mundi –Vosotros sois la luz del mundo”(San Mateo, V,14).
Fue después del sermón de la montaña. En ese maravilloso discurso de las Bienaventuranzas, el divino Maestro acaba de exponer a su auditorio el nuevo ideal cristiano. Pues era necesario que aquel ideal de perfección fuese dado a conocer a todo el mundo, y ese debía ser la misión altísima de los apóstoles. Ellos, que habían conocido como nadie el mensaje de Cristo, debían difundirlo por todas las naciones; ellos, que habían recibido la verdad, debían ser los mensajeros y los embajadores de la verdad: ¡ellos debían ser la luz del mundo...!.
Si, el apóstol es luz, porque es “ministro de Cristo y dispensador de los misterios de Dios” (1° Corintios, IV, 1): luz de la luz primera y del amor primero, rayo de su foco eterno para iluminar a los hombres.
Pero debe serlo también –y he aquí el alcance y la profundidad de esta imagen de la luz- porque debe irradiar de sí mismo a Jesucristo. Sin duda ha recibido la misión de enseñar: “id y enseñad a todas las naciones” (San Mateo, XXVIII, 19). Mas debe ser también un modelo, de tal manera que muestre en si mismo, por la perfección de su vida, la grandeza moral del ideal cristiano. Era lo que el divino Maestro decía a sus apóstoles: “No se enciende la luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, de manera que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”(San Mateo, V, 15-16).
Hablando de san Juan Bautista, el divino Maestro hace este elogio –soberano por ser suyo-: “Erat lucerna ardens et lucens –Era una antorcha que ardía y brillaba”(San Juan, V, 35). Ser una antorcha que arda y que brille: que arda, por el amor para comunicar a Cristo; que brille, por sus obras, para irradiar a Cristo: he aquí al apóstol, he ahí al sacerdote.
Pues si el sacerdote es luz, “Madre de la luz” quiere decir, por consiguiente, Madre de los sacerdotes.
María lo es, ante todo, porque es la Madre de Aquel a quien fue dicho: “En es sacerdos in aeternum –tú eres sacerdote para siempre”(Hebreos, V,6). Pero lo es también por la parte que tiene en la formación de los ministros de Jesucristo. ¿No nos dice la Escritura que a la Virgen Santísima le fue confiado san Juan “el discípulo a quien Jesús amaba”? ¿No nos la muestra en el Cenáculo, unida a los apóstoles, perseverando con ellos en la oración? ¿No nos enseñan los Santos Padres que la intercesión poderosa de María apresuró la venida del Espíritu Santo, del Espíritu de Amor, que había de completar la formación de los apóstoles, trasformándolos, y enseñándoles “toda verdad”?(San Juan, XVI, 13).
Y ahora, y siempre, María es la Madre de los sacerdotes. Dondequiera que exista una verdadera devoción hacia Ella, florecen y maduran las vocaciones. Ella prende sobre las frentes de los jóvenes la radiante estrella del ideal del sacerdocio; Ella forma a los seminaristas, en el silencio del seminario; con la solicitud de sus cuidados y de su amor; Ella conduce hacia el altar de Aquel que llena de alegría la juventud que se consagra a Él; Ella, en fin, les inspira esas grandes y profundas resoluciones, únicas, que son capaces de convertirlos en sacerdotes según el corazón de Dios...
¿Qué sacerdote no ha sentido alguna vez, en el misterio de los caminos de su vocación, las manos de Aquella que es la Madre de la Luz...?
(Tomado del cuaderno manuscrito autógrafo de José Luz Ojeda López, Pbro. propiedad de Maria Elena Calderón).

Bicentenario del Santuario: III parte sermón de José Luz Ojeda a la Virgen de la Luz

III

Constituida la Iglesia, en la Santa Escritura se encuentra una vez más la imagen de la luz. ¿A quién designa ahora? ¿A quién se aplica el nombre de esa realidad impalpable y, en cierto modo, divina? Aunque parezca admirable y asombroso, el apóstol san Pablo designa con este nombre a los cristianos.
No constituye una de las menores maravillas de nuestra Religión el hecho de que los cristianos seamos comparados a la luz. Sin embargo, ¿podía ser de otra manera? Los cristianos somos la raza nacida de la sangre de Jesucristo Nuestro Señor, y destinada, por lo tanto a llevar su luz en medio del mundo.
En la Epístola de los Efesios donde el gran apóstol, después de oponer, en su conjunto, la excelencia de la vida cristiana, a la depravación de la antigua vida de los recién convertidos, dice a éstos hermosamente “Eratis aliguando tenebrae, nunc autem lux in Domino –En otro tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor”(Efesios, V,8).
Observemos la divina fuerza de esta expresión. “El que obra el mal, odia la luz -´qui male agial, odet lucem”, dice el apóstol san Juan, y, cuando persevera en el mal, de tal manera es transformado por él, que llega a tomar, por decirlo así, la naturaleza de las tinieblas: “eratis aleguando tenebrae”. No así el que huye del pecado: “qui facit ventatem, venit al lucem –el que practica la doctrina de la verdad, camina hacia la luz”(San Juan, III, 20-21), y de tal manera se reviste de ella, que la luz, esto es, la santidad, viene a ser como su naturaleza y su elemento vital.
¿Cómo puede realizarse esta maravilla? El Apóstol lo dice en estas dos palabras: In Domino –Es el Señor”, porque esta transformación admirable es una consecuencia de la unión del cristiano con la luz substancial. El cristiano que camina en la justicia es luz, porque está revestido de Jesucristo Nuestro Señor.
Pues si el cristiano es luz, según lo enseña la Escritura, esta dulce expresión “Madre de la Luz” quiere decir, finalmente, Madre de los cristianos.
¡Madre de los cristianos! ¿No es éste el título, --aparte de aquél otro que es la fuente primera de todas las grandezas de la Santísima Virgen María—no es este el título más querido para su corazón? ¿Y no es, al mismo tiempo, el título más querido para el corazón de los hombres?
En efecto, desde la Encarnación Ella fue nuestra Madre porque, aceptando la maternidad divina, aceptó, al mismo tiempo, engendrarnos a la vida de la gracia. El “fiat” que el dio a Jesús por hijo nos entregó
también a nosotros en su regazo. ¿No fue ese fiat el anuncio y el principio de la salud? ¿No dio a la humanidad la posibilidad de la regeneración? Dándonos a Cristo María nos dio la vida, pero si desde Nazaret fue nuestra Madre, la proclamación de esta maternidad se realizó sino hasta el Calvario, cuando escuchó, casi con el último suspiro del Hijo de Dios, aquellas palabras “Mujer, ha allí a tu hijo”(San Juan). Nazaret y el Calvario. Nazaret: la primavera de su destino, cuando, en al flor de su virginal juventud, concibió al Hijo de sus complacencias. El Calvario: la estación de las mieses doradas, cuando corrió, del pecho traspasado de Cristo, el licor divino de vida. ¡Cómo no ha de amar la Virgen Santísima si título de Madre de los cristianos...!
¡Y cómo no la hemos de amar nosotros! Por él tenemos una esperanza más; pues el ser Ella nuestra Madre es la causa de nuestra esperanza; por él tenemos en el cielo lo que forma el encanto de la vida de aquí abajo, quiero decir: la dulzura de una Madre; por él cada uno de los hombres podemos decir con san Estanislao de Hostka: “¡La Madre de Dios se llama Madre!”.
¡Con razón nos es tan dulce exclamar “Madre Santísima de la Luz”, si con esta expresión fuésemos a decir, con toda el alma: “Madre nuestra; Madre que –en medio de nuestra pequeñez y de nuestra miseria—te has dignado aceptarnos por hijos tuyos; Madre, en cuyo regazo cabemos todos, puesto que allí ha cabido en todo su esplendor, el Verbo de la vida; Madre de nuestras almas, por las que has dado el precio opulento de la sangre de tu Hijo; Madre en cuyo seno los desgraciados tenemos un lugar tanto más ampliamente somos más desgraciados; Madre a quien no alejan nuestras tinieblas y nuestras negruras, porque eres la madre de la Luz...!

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* *

Todos los nombres que la Iglesia y la piedad cristiana dan a la Santísima Virgen María tienen un singular encanto para nuestro corazón. Pero aquéllos que encierran uno de los títulos suyos que nos obligan a confiar en ella sin temores llenan siempre nuestra alma del más dulce de los consuelos y de la mpas inquebrantable de las esperanzas. Es el nombre que hoy venimos a darle: “Madre Santísima de la Luz” en el cual se esconden las más altas y profundas realidades, pues este nombre significa: Madre de Jesucristo, que es la luz increada; Madre de los sacerdotes, que son “la luz del mundo”, Madre de los cristianos, que son “luz en el Señor”.
(Carta del presbítero Juan Jesús Posadas Ocampo a su maestro y sermón tomado de los cuadernos autógrafos del padre José Luz Ojeda López propiedad de Maria Elena Calderón)

miércoles, 27 de agosto de 2008

La vocación humanista de Salvatierra en su fundación.

San Andrés

por Pascual Zárate Avila



    De san Andrés no se tiene ubicado con exactitud el año de su nacimiento, pero se sabe que nació en Betsaida, y que falleció en Roma, Italia, en el año 60 d.c.

    La cruz en X: símbolo de la ciudad por el martirio de san Andrés, patrono desde cuando era una congregación llamada San Andrés de los Chochones. 

    En la parte superior del retablo mayor del Santuario de Nuestra Madre Santísima de la Luz se encuentra la escultura del apóstol san Andrés,  patrono de la ciudad de Salvatierra. La escultura narra la actitud de san Andrés llevando en el hombro derecho la cruz en la que murió en una posición que se figuraba haciendo una X con los dos maderos. 
     
     San Andrés es reconocido como el primer discípulo de Jesús, que junto con san Juan el Evangelista eran seguidores de San Juan el Bautista, y estaban con él cuando exclamó, el día que Jesús fue con él para que lo bautizara antes de ayunar cuarenta días, ¡He aquí al cordero del Señor, que ha venido a perdonar los pecados del mundo! Expresión que entendieron san Andrés y san Juan, por lo que lo siguieron. Jesús sintió su presencia y les preguntó “¿Qué quieren?”, a lo que contestaron, “Señor ¿Dónde vives?”, y él los condujo a su morada.

    San Andrés, también, llevó a su hermano Simón a que conociera a Jesús, quién lo bautizó con el nombre de Pedro, con conoció todo el ciclo de la vida pública de Jesús. Estuvo presente en las bodas de Caná, en la multiplicación de los panes, en la caminata de Jesús sobre el agua, en la última cena, en la crucifixión, en la resurrección y en la manifestación del Espíritu Santo con las lenguas de fuego sobre las cabezas de los discípulos en el primer Pentecostés. Murió martirizado en la cruz el 30 de noviembre del año 60 de la era cristiana.

El sentido cultural del nombre de San Andrés para la Ciudad.

    Con el nombre se San Andrés Chochones se conoce la primera congregación que se asentó en la parte norte del Valle de Guatzindeo, del otro lado del río Grande, frente al Hospitalillo fundado desde mediados del siglo XVI, 1564, por los franciscano en la Hacienda de San Buenaventura, siguiendo las ordenanzas de don Vasco de Quiroga.

    La Congregación de San Andrés Chochones estuvo habitada desde 1580 por unas pocas familias españolas y por indígenas traídos de Oaxaca, llamados Chochones, y fue el lugar elegido para que se concentrara la población que se resistió ser trasladada a Yurira, después de sobrevivir a la gran mortandad de finales del siglo XVI que asoló el valle. Los franciscanos decidieron fundar para las familias de la congregación, un nuevo templo para la doctrina con el nombre de San Andrés Guatzindeo, el cual estuvo terminado hacia 1619.

    Después de la gran mortandad se dio un segundo proceso de repoblamiento de españoles que llegaron a colonizar el Valle de Guantzindeo. Este contingente tenía grandes aspiraciones de construcción, tenía el ideal de fundar una ciudad, la cuál empezaron a tramitar en 1608. Para ellos, las ciudades eran una ordenanza del Rey con la que se facilitaba realizar el control administrativo de las regiones americanas con pocos hombres, pero también las entendían como la máxima conquista de la civilización en la forma de la polís griega y el cabildo romanao y que serían para la educación del hombre nuevo que surgiría de las enseñanzas de la palabra de Cristo en el Nuevo Mundo "Vengan y lo verán". Los colonizadores del Valle de Guatzindeo ya no emplearon el nombre del apóstol Santiago para llamar a sus asentamientos, pues el nombre de Santiago refería a victorias armadas en la lucha contra los indígenas.

    Los españoles del repoblamiento de 1600 quisieron formar una nueva sociedad que estuviera basada en la concepción de los evangelios defendida por la Iglesia Católica, de ahí los nombres de los apóstoles en todo el Valle de Guatzindeo, y la gestión de conseguir el permiso para fundar una ciudad con el nombre de San Andrés de Salvatierra, con la que querían conseguir que le diera honor y honra a la Corona Española.

    Durante su periodo como gobernante, el virrey García Sarmiento de Sotomayor, conde de Salvatierra, puso especial interés en fundar villas y ciudades en la parte central de la Nueva España, siendo la ciudad de Salvatierra, Gto., de entre ellas, la que tiene el máximo desarrollo hasta nuestros días.
(Página tomada del libro "Santuario de Nuestra Madre Santísima de la Luz" escrito por Pascual Zárate Avila)

sábado, 23 de agosto de 2008

Consulta de planos antiguos de la ciudad de Salvatierra.





                                

Salvatierra una ciudad en el Paraíso según el teólogo Agustín Esquivel y Vargas

por Pascual Zárate Avila



Salvatierra: una ciudad museo; en la gráfica de arriba, lo que era un sueño y, al lado derecho, un dibujo a colores de lo que conservamos hoy de aquel comienzo de este sueño del siglo XVII, llamado: la muy noble y leal ciudad de San Andrés de Salvatierra.





























































  El sueño de una ciudad. El doctor en Teología Agustín Francisco Esquivel y Vargas escribe en 1764, lo que significa la fundación de la noble y leal ciudad de San Andrés de Salvatierra, para el entonces virrey García Sarmiento de Sotomayor, conde de Salvatierra, quien inmortalizó su nombre con la creación de una ciudad alzada con toda la ciencia al alcance de su tiempo. Aquí transcribimos las páginas 196-199 de su obra "El Fénix del Amor", con notas escritas entre corchetes para ayudar en la lectura del texto, hechas por Alberto Carrillo Cázares de la Piedad, Michoacán.
A orillas del caudalosos Río Grande [de Lerma] hace [este río] cinta de plata, [y] también diré [que] de oro, por los caudales con que enriquece la Nueva España y muchas partes de estos reinos. Corre por el medio de su continente [de este país] abasteciendo varios lugares, que gozan de sus riberas. Pero con ninguno se muestra más liberal que con la ciudad de Salvatierra, en que, por una y otra ribera, baña y fertiliza un extenso valle de trigo, de que se abastecen en su contorno los mejores y más ricos lugares [y poblaciones]. Goza su situación las más bellas cualidades: cielo alegre, amenidad natural, céfiro [aire] apacible, terreno fecundo, aguas saludables y temperamento [y clima] templado. Todo lo expone el señor Dr. D. Pedro Navia en [el documento de] su Parecer de Salvatierra, que bastaba esta fundación [de dicha ciudad par]a hacer feliz su gobierno. Por lo que [el mismo virrey] dio el nombre de Salvatierra, y se fundó con los privilegios y preeminencia iguales a la ciudad de [Puebla de los] Ángeles, como consta de sus títulos, aunque en la presente [fecha] no tiene el goce de todos estos fueros. Con la antigüedad [le gana] a Celaya y Querétaro, que aunque fueron poblaciones primeras, después se les dio el título de ciudades.
En la cima de esta amena situación se ve despeñar el río en un profundo salto, a cuyo golpe se da en las peñas, rebate a lo alto una espesa munición [y descarga] de agua, que luego se deshace en delgada lluvia o neblina. De esta cima descienden y se reparten, como aquellos cuatro ríos del paraíso, cuatro caudalosas acequias de una y otra banda en beneficio de las labores.
Linda el espeso monte en que fue hallada la santa imagen [del Señor del Socorro] con el salto del río. Que como Adán se escondió en la espesura del paraiso a la voz de Dios, que lo llamó, no es mucho [que] hiciese eco en otro paraiso escondido el segundo Adán, que vino en su socorro [Bajo el árbol de la manzana te levanté: para que de donde salió la muerte, de allí mismo resurgiera la vida (prefacio de la Santa Cruz. Misal Romano)]. Corramos los alcances del paraíso por esta bella amenidad [que nos puede dar idea de aquélla]. Es tanta la del Barrio o sitio de San Juan, en que está aquel santuario, que es usura [y gozo] de los sentidos. Ahí no tiene [ya más] que desear la vista, con tanta variedad de árboles y frutos de todas clidades, plantas [y] abundancia de flores, exentas [a salvo] de los rigores del invierno en una continua primavera, pues hasta el [mes] de septiembre se mantienen [frescas] las rosas. [Allí] el olfato percibe, una cuadra antes de llegar al sitio, el olor de las flores, en especial en la primavera, la flor de los ates o chirimoyas, fruta nacional.
No quiera apurar por menor la expresión [y descripción] particular [de la belleza de esta tierra] temeroso de que no se me vitupere de apasionado o ponderativo, con peligro del crédito de mi historia, en que he seguido el hilo de una verdad sincera y patente. No siento tato el temor de los presentes a quien la vista de ojos puede informar [para los ausentes] desembarazarse [o salir] de una duda. Pero si merece crédito Casaneo, quien refiere con otros [autores] que en la tierra hay diferentes paraísos y lugares insignemente deleitosos, no es ajeno [ni tema alejado] de opinión [juiciosa, el pensar que pudo hallarse] el apraíso en estas partes de nuestra América, [indicando] con la más válida seña del famoso río que la fertiliza con sus aguas. Véanse en Salvatierra todas las cualidades que conspiran [y contribuyen] a formar un lugar el más deleitoso y aoacible:

La primavera era eterna, y en apacibles y tibios años
los aires acariciaban las flores nacidas sin semilla alguna.
Pronto también la tierra sin labranza traía su propia cosecha
ni faltaban en el reverdecido campo las doradas espigas. (Ovidio, Metamorfosis)

De estas noticias careció o se desembarazó el autor del Teatro Americano, que aunque asienta la fertilidad de Salvatierra, la expone tan diminuta como el informe que hace de su población. Se deja ver la ciudad más hermosa y galana el Miércoles Santo, en lo más apacible de la primavera, que hace las mañanas del más dulce entretenimiento. Tal lo es esta mañana, en que a sus albores se levanta la gente, y en tropas hace una vistosa concurrencia lo más noble de ambos estados, eclesiástico y secular, con el pueblo de todas calidades y sexos.
Esta última frase indica que redactó su tema de Salvatierra en su casa de la calle actual de Madero, y nos indica la armonía de la población un Miércoles Santo con el Señor del Socorro (nota del Editor del blog).

domingo, 17 de agosto de 2008

Crónicas salvaterrenses, época colonial.


Calle Francisco I. Madero.
por José Castro Barragán.
Tomado de la revista
"Por Amor al Arte"de Mario Carreño Godínez.
año 3 N° 33, mayo de 2008.

Esta calle que data de la remota época colonial, sus antecedentes nos señalan que proviene de antes de la fundación de la ciudad, y su ubicación es de poniente a oriente y del lado norte de la capilla de aquellos años de la Tercera Orden. Cerrandola por este extremo la antigua calle del Pueblito (Mariano Jiménez). Y frente a la misma la otrora "Huerta del Infiernito", como, también, a la derecha la vieja plaza del Pueblito de la Congregación de los Chochones. Con el paso de los años llegamos a 1750, cuando dicha capilla es remodelada y al mismo tiempo se construía el templo, quedando anexado a este y el resultado es el hermoso templo dedicado a san Antonio.
Caminando hacia el oriente de esta arteria, antes de llegar a la esquina que forman esta calle con el viejo camino a Acámbaro (calle Morelos), la cruza la antigua acequía de Gugurrón y, para cruzar la misma, existe un viejo puente de piedra; el constructor y dueño de este canal fue don Pedro Arismendi de Gugurrón, con el cual conducía agua para hacer mover el viejo sistema hidráulico del molino de harina llamado en esos tiempos "Molino de Gugurrón". Fue su antigua denominación hasta 1644, que su nombre se cambió a "Molino de la Ciudad". También, las aguas de este canal fueron utilizadas en el riego de las tierras labrantías que poseían, al norte de la ciudad, los hermanos Pedro y Antonio Arismendi de Gugurrón.
Bueno, pero volviendo al tema inicial de esta importante arteria, la que en los primeros años en que fue trazada llevó el nombre de calle de la Tercera Orden, después, en su tramo comprendido entre Morelos e Hidalgo, se le conocía como calle de los Esquiveles, y esto obedecía a que en ella tenía establecida su residencia la familia Esquivel y Vargas, de la cual les quiero comentar lo siguiente: el señor doctor canónigo don Agustín Francisco Esquivel y Vargas, quien viera la primera luz en esta ciudad de Salvatierra, en el año del Señor de 1714, y recibiendo el Sacramento del Bautismo, el cual le fue ungido por el sacerdote fray José Méndez, el día 5 de septiembre del año antes citado, en la parroquía franciscana de esta ciudad.
Fueron sus padres don Nicolás Esquivel y Vargas y doña María García. Pasaron los años y al llegar a la edad escolar, sus estudios primarios los realizó en la escuela de la Saráfica Orden Franciscana que para esos años funcionaba aquí, en la ciudad de Salvatierra. Terminados éstos, más tarde pasó para continuar sus estudios en el Colegio de la Purísima Concepción, también de los padres franciscanos, en su sede de Celaya, hasta obtener el grado de bachiller para después, entrar a estudiar al Seminario Tridentino de la Ciudad de México, en cual pasado el tiempo, termina su carrera sacerdotal. Y recibe las órdenes mayores el subdiaconado y el presbiteriado en el año de 1738. También, obtuvo el grado de Doctor en Teología por la Real y Pontificia Universidad de México en 1752, cuando era párroco del Santuario del Señor de la Piedad. Fue nombrado como primer Rector del Seminario Tridentino de Morelia en 1770.
La vida transcurre en el constante desempeño de su apostolado. Le gustaba visitar la casa paterna con regular frecuencia, para saludar y estar con su familia por breves espacios de tiempo, pero en la última visita que ocurre en el mes de octubre, el día 16 del mismo, lo sorprende la muerte aquí en su natal Salvatierra. Era el año de 1771. El padre Esquivel y Vargas deja un recuerdo imperecedero a Salvatierra, como herencia literaria en su libro "El Fénix del Amor", donde hace la narración de una manera diáfana y elocuente, sobre la aparición del Señor del Socorro, cuya imagen se venera en el viejo barrio de San Juan Bautista.

viernes, 15 de agosto de 2008

Virgen de Guadalupe



Poesía


Federico Escobedo


...Llevando de noble indita
todo el color de la caray mucha luz en los ojos
y miel dulce en las palabras
y sonrisas en los labios
y haces de rosas tempranas
en las manos; y en el pecho
fuerte imán que de las almas
se apodera y las cautiva
las arroba y las encanta. ,
tal se mostró ante los ojos de los hijos de la Anahuac
la Virgen de Guadalupe
que es la Virgen de mi patria...

jueves, 14 de agosto de 2008

Crónicas salvaterrenses, siglo XIX y XX.

Crónicas salvaterrense.
por José Castro Barragán
Calle de Madero.
Tomado de la revista
"Por Amor al Arte"
de Mario Carreño Godínez.
año 3 N° 33, mayo de 2008.

    Con el correr del tiempo llegamos a 1838. En este año, es adquirida una casa en la calle de San Francisco, nombre que, también, ostento esta artería a finales del siglo XVIII. 

    La compra de la citada casa fue por acuerdo de la prefectura, la cual era presidida por el prefecto político, en aquellos años, el general don Ramón Vera Quintana. 

    Esto fue con la finalidad de establecer en ella una Alhóndiga de la ciudad, como sucedía en otros lugares, incluso, en la misma capital del Estado. y esto se hacía para garantizar al pueblo el abasto de los productos agrícolas que éste adquiría para su diaria alimentación, tales como maíz, frijol, trigo, cacahuates, chile, etc., los cuales eran vendidos en grandes cantidades o en pequeños "cuarterones".

    El cuarterón o medio cuarterón eran cubos de madera marcados con sello de "fiel" y debían estar supervisados por las autoridades correspondientes y contar con marcas de ploma que comprobaran el correcto estado estructural exacto de la medida. Lo mismo ocurría con la báscula que se contaba para el peso o los materiales para el movimiento de fanegas. "Alhóndiga": palabra que proviene del vocablo árabe Al - fondaq, que significa mercado o almacén de granos y hospedería de viajeros.

    Por lo antes expuesto, esta calle que hoy nos ocupa, también, fue conocida como calle de la Alhóndiga. Más tarde, se le denominó de la Enseñanza, y esto obedecía a que estuvo establecida en el mismo edificio la Escuela Primaria Urbana N° 4 de san Francisco, misma que duró muchos años enseñando las primeras letras a la niñez estudiosa de aquella época.

     Avanzando en el tiempo, llegamos a 1957, cuando por la iniciativa de la maestra María Espino y el señor José Calderón, se logró fusionar las escuelas primarias para niños, la Escuela N° 2 de Capuchinas y la Escuela N° 4 de san Francisco, en un solo edificio, recibiendo la denominación de Escuela Primaria "Emperador Cuahtémoc".

    El día 1 de agosto de 1945, inició sus labores la Escuela Tecnológica Industrial y Comercial N° 18, la cual ocupa tres escuelas de estudios superiores; secundaria, pre-vocacional y comercial.

 
Este centro educacional se puso a funcionar bajo la dirección del doctor Leandro Marmolejo, y la cual fue instalada en la vieja casona conocida, en esos años, como la del "Salón de Patinar", en el portal de la Luz, en la actualidad casa central de las Hijas de Nuestra Madre del Rosario de Fátima". La citada escuela, después de la fusión de las escuelas primarias N° 2 de Capuchinas y N° 4 de san Francisco, fue reubicado en el edificio desocupado por esta última en la calle de Madero. Pasa el tiempo y, nuevamente, la secundaria citada se cambia ahora a un lugar definitivo: el moderno edificio que para tal fin fue construido, en la antigua huerta del ex-convento de San Francisco, el cual es inaugurado el día 13 de febrero de 1971; y en ese mismo año es arreglado y adaptado para sus nuevas funciones y, desde entonces, a la fecha, da cobijo entre sus viejos muros al Jardín de Niños Cuahtémoc.

    Pero ahora, caminemos de poniente a oriente por estas calles, y por la misma acera, y llegamos a la esquina de ésta con la calle Hidalgo, donde se levanta la vieja casona, que en los albores del siglo pasado, perteneciera a don Rafael Nieto, en la cual se localizaba un establecimiento denominado "Los Precios de México", cajón de ropa y artículos varios de importación y del país, lo ultimo en moda en aquella época. (Ahí era la casa del poeta salvaterrense Lisandro Nieto).

    Años más tarde, instalaba en este lugar su domicilio social el "Club Zorros" y, al escribir esto, se me vino a la memoria aquellos años, ya tan lejanos, al recordar a los viejos amigos y compañeros de club, en su mayoría, ya desaparecidos, como lo fueron. don Luis Castillo Pérez, fundador de este organismo; doctor Luis Cándido Rico, don Salvador Solache, don J. Carmen Villafuerte Miranda, don José Moreno Martínez, don Leopoldo "pollo" González Guillén, don J. Luz Jiménez Arreola, don Ricardo Loé, don J. jesús Rosendo, Bruno, Jesús y J. Luz García y García, por nombrar sólo algunos, pero a todos nos unió los ideales del mismo, y compartimos las actividades que desarrolló en su etapa vital, el grupo que conformamos al inolvidable "Club Zorros".

    Continuando con nuestro relato, es esta misma casa se instala la primera clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social en la ciudad, la cual empieza a brindar sus servicios médicos a los derechohabientes el 27 de agosto de 1960, siendo el primer director de este establecimiento de salud, el doctor Miguel Zárate Sánchez.

Crónicas salvaterrense, la calle Madero en el jardín.

Cronicas salvaterrenses.
José Castro Barragán.
Tomado de la revista
"Por Amor al Arte"
de Mario Carreño Godínez.
año 3 N° 33, mayo de 2008.

En la acera de enfrente, esta la casa que es de la famila Aguirre Murillo, donde se ubicó la Notaría Pública N° 1, esta es una construcción considerada como de las primeras casas coloniales de la ciudad que, también, fue propiedad de un miembro de la familia del teólogo virreinal Agustín Francisco Esquivel y Vargas. 









Su ubicación define el espíritu de la muy noble y leal ciudad de San Andrés de Salvatierra, dado que tiene una ubicación estratégica, está en la parte más elevada de la traza del Centro Histórico, desde ahí se puede ver el inició de la calle Hidalgo en el norte, y su terminación en el sur, donde se percibe claramente la gran puerta de la fábrica textil "La Reforma"; y hacia el oriente, se ve el inicio de la entrada a la ciudad, desde donde se percataban, en la época virreinal, de cuando y cuánta gente llegaba proveniente de Urireo y, hacia el poniente, se vislumbra, ya muy cercana, lo que es el final de la calle, que está en el barrio del Infiernito. Una ciudad que tiene un lugar desde donde ve quien llega y quien se va, gracias al trazo de sus grandes avenidas, hechas para mandar el mensaje de que estaba abierta a toda la comarca. También, en esta casa, esta el colonial Reloj de Sol, el cual es una curva que tiene en 
los







muros por la calle Madero, en donde el Sol alarga su sombra, de oriente a poniente, contándose los ladrillos sombreados para precisar la hora del día. En esta casa funcionaba, en la década de los setenta, una romántica cafetería, de discreto alumbrado para la conversación de los novios en ciernes.
  Y ahora, cruzamos la calle Hidalgo y continuamos por Madero: frente al Jardín Principal se yergue, majestuosa con su construcción de clásico estilo porfiriano, esta casona con grandes ventanas por el lado de la calle Hidalgo, y la calle que esta vez reseñamos y, por esta un enorme y pesado portón de madera, que para esos tiempos era común dotar a estas puertas fabulosas de un aldabón. Los había en diferentes 








tamaños y figuras, entre otras, de unas manos con el puño cerrado y un moño en la manga, una cabeza de león con las fauces abiertas en actitud agresiva de donde pendía el aldabón. Estos estaban hechos de cobre y para llamar había que golpear éste sobre una base del mismo material, cuyo sonido tenía la virtud de ser escuchado hasta el último rincón de la casa. Retomando el tema, esta casa era propiedad de don Pedro Herrera Márquez desde el siglo XVIII, hasta su muerte. Esta acontece a principio del siglo XIX, y la vieja casona solariega pasa a ser propiedad de su hijo don Francisco Herrera. Hoy es propiedad de la familia Nava Herrera y en ella funciona un restaurante, " La Estancia de Toño".











Continuando por el lado oriente de la casa de don Pedro Herrera, que acabamos de describir, y que en la actualidad es propiedad de la familia Ruiz García, en la cuál para los años 50´s del siglo pasado, se ubicaba la Oficina Federal de Hacienda, siendo jefe de la misma el señor Toledano. En esos años, y ocupando diferentes asignaciones, trabajaban para esa dependencia federal los señores José Díaz, Manuel Caballero Flores, Daniel Aguilera, Lorenzo Ventura, Rodolfo Casillas y Ángel casique. En los años sesentas, fue propiedad de la familia López Martínez, y fue la primera sede de la Corresponsalía del Seminario de Cultura Mexicana, que recibió a importantes personajes de la vida cultural de México, por citar tan sólo a uno, como a don Alfonso Junco. Ahí, escribió su mayor producción poética la creadora Ana María de López Tena, su jardín hogareño es uno de los espacios mejor descritos en la prosa de la poeta. También, estuvo el primer estudio fotográfico de don David López Tena. La casa 








que le sigue, fue propiedad de don Jesús Vega Martínez, un rico hacendado tarimorense propietario de la hacienda de Panales, Ballesteros y Santa Ana Maya, Mich. Su esposa, la señora doña Soledad Coss era prima de doña Porfiria Tinoco, madre del poeta y humanista Federico Escobedo Tinoco, y a ellos les prestó, por espacio de tres décadas, la casona de la entonces calle de la Constitución, ahora Hidalgo, donde nació, felizmente, el poeta pastoril llamado, Tamiro Miceneo, entre la imaginaria República de las Letras, que reunia a los árcades romanos de todo el mundo.
En la siguiente casa vivió la familia Flores, que fue propietaria de la hacienda de Las Cruces, una aristocrática familia que poseyó muebles de indudable belleza en el labrado de la ebanistería y en el adorno de las empuñaduras de oro.
   Siguiendo el curso al oriente, y en la esquina que forman la calle Madero con el portal Juárez, (Portal de la Presidencia Municipal), en el local de la esquina estuvo establecida, por muchos años, 











la sastrería "El Corte Inglés" del maestro Agustín Vera, como era llamado por sus clientes y amigos y por toda la gente que lo conocía. Fue uno de los mejores sastres de su tiempo. Ahí, en ese lugar, se encuentra la placa alusiva al nacimiento del que fue cardenal de la Arquidiócesis de Guadalajara, don Juan Jesús Posadas Ocampo, dado que, también, estuvo instalado el sanatorio del doctor Ramón Ruiz Argomedo a principios del siglo XX.
 teólogo a la mitad del siglo pasado, y donde tiene instalado en la actualidad su Notaría Pública N° 5, el licenciado Raúl Sánchez Medina, operó, por mucho tiempo, la oficina de correos. Estaba como jefe de la oficina el señor don José Balcázar López, y sus colaboradores eran don Nicolás Bustos, don Leopoldo "pollo" González Guillén, don Miguel Cibrían Ruelas, don Alberto Mercado, don j. Guadalupe Vieyra (el güero"), don José Blanco Pulido,  don J. Jesús 
González Guillén. 





 Todos y cada uno de ellos, cumplían una función específica dentro de la administración de correos. Todos los días había que llevar y traer, de la estación del ferrocarril, las valijas repletas de correspondencia. Estas eran bolsas de lona, que tenían impresas en ellas, con colores patrios, una franja donde se leía en diagonal "Servicio Postal mexicano", y el encargado responsable del traslado de las valijas, por mucho tiempo fue "el compa" Grajales, quién dedicó gran parte de su vida, él y su viejo taxi, al desempeño de este trabajo. 
 Continuando con nuestro rumbo marcado previamente, según un viejo 







plano de la ciudad, en la esquina de esos lejanos tiempos coloniales, desde antes de que se fundara la ciudad, había una hermosa capilla dedicada al patriarca señor san José, lo que motivó que la empezaran a llamar calle de la Capilla, a esa parte de la ciudad. Muchos años después, sólo la nombraban de san José. Esa capilla desapareció.
 Por la misma acera, más adelante, esta lo que fue el edificio del Cinema Dos Mil, ahora llamado Teatro Ideal, y que fue adquirido por el presidente municipal Rigoberto Paredes Villagómez, en 1989. El teatro salón Ideal original fue construido en 1917 en la explanada del Carmen y derruido en 1963, por el presidente municipal José Jiménez Díaz, dentro del Plan Guanajuato. En ese teatro se dieron los mejores recitales poéticos que puedan recordar los anales de la muy noble y leal ciudad de San Andrés de Salvatierra.

Crónicas salvaterrenses, calle Vicente Guerrero.

Por José Castro Barragán.
tomado de la revista
Por Amor al Arte, de
Mario Carreño Godínez.
Año 2, N° 24, agosto de 2007.
Esta bonita calle que en la actualidad convergen en la Plazuela Hidalgo; lo mismo que la calle Arteaga por el oriente, y al norte da la misma, la calle de Benito Juárez y, por el poniente, la calle de Federico Escobedo.

Durante la colonia, esta calle, curiosamente, su longitud era muy corta y al inicio de la época de la independencia, su extención total era el tramo entre la calle Guillermo Prieto y la de Ignacio Manuel Altamirano.
Es en el año de 1856, cuando el convento de los frailes carmelitas es dividido en cruz, y se abren las calles que al inicio de este texto son citadas. La aplicación de las leyes de reforma, motiva la prolongación de la calle Vicente Guerrero, la cual queda unida a la plaza que en ese tiempo circundaba a la Columna y fuente de los Fundadores, que se ubicaba en el centro del jardín de la Meditación, donde en la actualidad se levanta el Mercado Hidalgo.

Años antes de finalizar el siglo XIX, la calle Guerrero vuelve a expandirse. Pero, ahora, hacia el lado sur cruzando los solares de la cuadrilla del Convento de los Carmelitas Descalzos, partiendo de la calle Ignacio Manuel Altamirano, para quedar unida a la calzada, que por muchos años, fue conocida como "Calzada Alderete", y en la actualidad es Heroico Colegio Militar.

Para 1914, adornaba a esta calle, una hermosa fuente de cantera y estaba ubicada ésta en el cruce de ésta con la calle de Ignacio Manuel Altamirano, la cual era bastante grande y su vertedero terminaba en flor, realizada en fina cantera rosa, de una altura de más de dos metros. Esta bonita pieza aún se encontraba de pie para los años cincuenta del siglo pasado, sobre los basamentos de la otrora "Fuente del Chato", como fue conocida.

Yo recuerdo que en los años maravillosos de la década de los cincuentas, esta calle lucía un enorme camellón en el centro de la misma, y se engalanaba con una larga fila de románticas jacarandas, cuyo valor ornamental radica en sus flores, que con forma de trompeta alcanzan de cinco a seis centímetros de largo, y uno y medio de diámetro, y son de un intenso color azul violáceo, como, también, por su follaje vaporoso y liviano. Este árbol es procedente de América tropical, donde se le conoce como Gualantay.
Ahora les contaré algunos detalles sobre la calle Guillermo Prieto, la cual tiene estrecha relación con la calle que hoy encabeza nuestra historia.

Esta arteria, allá por el año de 1750, llevó el nombre de "Calle de las Carnicerías", por venderse ese producto y sus derivados.

Entre 1850, ya finales del siglo se denominó "Calle de los Martires", posteriormente, se le conoció como "Calle del Puente del Mayorazgo". Mas adelante, y hasta 1910, se llamó "Calle del Arco", y este nombre se debía a que la cruzaba por lo alto formando un arco, el acueducto que desde las instalaciones del molino de trigo de "La Esperanza", llevaba el agua al conjunto conventual de los Carmelitas Descalzos, la cual era utilizada en sus jardines, caballerizas y sus amplias zonas verdes, asi también, para regar su enorme huerta y llenar sus fuentes, la de los Fundadores y la de la Rinconada del Carmen.También, se surtían de entre otras, la fuente que se localizaba casi llegando a la esquina que forman ésta con la calle Hidalgo, que estaba dónde ahora esta la actual fuente de los Fundadores. Sobre un caso que ya han pasado muchos años, al leerlo se antoja gracioso, pero para el protagonista que aquello lo vivió, considero que pensó diferente. Este suceso ocurrió en plena época revolucionaria.

Crónicas salvaterrenses, calle Altamirano.




por José Castro Barragán.
tomado de la revista
Por Amor al Arte. ,
de Mario Carreño Godínez.




    Ahora echemos un vistazo a la calle Igancio Manuel Altamirano, la cual desde 1800 llevó el nombre de "Callejón de Chávez", posteriormente se le denominó "Calle del Álamo" y de 1910 hasta la fecha se llama Ignacio Manuel Altamirano.            
    A principios del siglo pasado, en la cuadra entre la calle Hidalgo y Morelos, se le conocía como "Calle de los Chirimoyos", y esto se debía porque las ramas de dichos árboles cargadas de frutos, se colgaban desde lo alto de los muros que bordean esta huerta y daban hacia la calle.

También, a esta calle se le alínean en su tramo, entre Hidalgo y Guerrero, el edificio el templo y convento de las Capuchinas, conjunto conventual muy importante en la historia de Salvatierra.

    Fue fundado por cédula real concedida por Carlos III, rey de España, el día 11 de octubre del año de 1767; a solicitud del capitán don Santiago Gines de la Parada. Después de su fundación, este convento fue dedicado a la Purisima Concepción de los Pobres. Su primera abadesa por designación fue sor María Serafina Manuela, y como capellán y vicario el sacerdote y licenciado don Pedro Alday.

    Pasaron muchos años y el día 8 de septiembre de 1989, el señor obispo de Morelia, don Estanislao Alcaraz Figueroa, eleva a este templo al rango de parroquia, suceso muy importante para todos los salvaterrenses, y en una forma muy especial, para la familia obrera, ya que en esta parroquia se venera a Nuestra Señora del Rosario, elegidos por ellos como su Reina y Protectora.

    Era el año de 1915, y en la esquina que forma ésta calle con la calle de Hidalgo, existía una finca muy grande, la cual estaba destinada como casa-habitación para el sacerdote que se desempeñaba como capellán de este templo y convento. 

    Pero ante la imperiosa necesidad de la época, de establecer escuelas en la ciudad, y por el decreto del 11 de mayo de 1915, se funda la Escuela Primaria Urbana N°2, siendo gobernador el coronel José Siurob. 

    La escuela dura, como tal 48 años, pues, al llegar el año de 1963, y con la ejecución del Plan Guanajuato, es demolida esa vieja casona, de gratos recuerdos para varias generaciones de salvaterrenses, que en ella recibieron su instrucción primaria.

    Al ser demolido este edificio, el amplio espacio que ocupará, se convierte en ampliación del viejo jardín de Capuchinas, durante sólo 7 años, ya que en 1970, esta ampliación del jardín Capuchinas, es declarada por las autoridades municipales como Plaza de la Hermandad Irwindale-Salvatierra.

    Cuando las leyes de Reforma entran en vigor, la huerta de este convento le es cedida al municipio por el Gobierno Federal, y pasado algún tiempo, parte de esta huerta es utilizada para instalar el rastro municipal, el cual estuvo activo por muchos años, y en el trienio de 1974-76, Roberto García Montoya inauguró el nuevo rastro municipal, dejando estas instalaciones, ya remozadas, para el Jardín de Niños "Rebsamen".

    Y la esquina que forman las calles de Hidalgo y Altamirano, "de los chirimoyos", se alinea a esta, por su lado norte, la Plaza de las Capuchinas; este bonito lugar va aparejada con la fundación y construcción del Convento de las Capuchinas, y que esta lleno de recuerdos e historias orales sobre los arquitectos, quienes vivieron en las casas del jardín Capuchinas durante el periodo constructivo.

Nombramiento de Tamiro Miceneo

Existe en la capital del antiguo Imperio Romano, hoy del Reino de Italia, desde el año de 1690 una academia literaria a la que pertenecen distinguidos escritores, de varias nacionalidades, especialmente poetas, versados en las lenguas antiguas, la cual tomo el nombre de Arcadia, "región montañosa de la anrigua Grecia, en la parte central del Poloponeso, habitada por los arcadios o árcades, pueblo de pastores, y que la ficción de los poetas convirtieron en la mansión de la inocencia y la felicidad". Esto explica que se dé el nombre de pastores árcades a los miembros de tan ilustre academia y que se distinga a cada uno de ellos con el nombre de un pastor griego, real o imaginario, agregándole el adjetivo correspondiente a cualquier lugar, griego también.
Ser árcade romano significa, pues, figurar en la Arcadia de Roma. Y nada extraño es que el P. Federico Escobedo, poeta de inspiración altísima, conocedor profundo de las literaturas latina y helénica, honre a la Arcadia, bajo el título de Tamiro Miceneo, nombre de un pastor de Micenas, antigua ciudad de la Argólide. Si el P. Escobedo es buen ejemplar de la sencillez y dulzura pastoriles, y las notas de su lira son más atrayentes que las de la flauta de Pan, el dios griego de los pastores.
Tamiro Miceneo, ha dado al público muchas obras de sabor exquisito, que han jacho volar la fama de su nombre por Europa y América. Es el heredero legítimo de los grandes clásicos, después de tantas bellezas con que nos ha deleitado su numen, publica hoy sus Aromas de Leyenda, versos que, como suyos, manan verdadera poesía. Relatar sucesos más bien tradicionales o maravillosos que históricos o verdaderos, que es lo que constituye la leyenda, es uno de los géneros literarios al que menos aficiónense los poetas, indudablemente, por las dificultades que entraña. No es cualquier cosa vulgarizar hachos extraordinarios, en versos que lleguen al alma, porque ello requiere la combinación de lo grande y lo sencillo, la difícil facilidad que sólo el genio alcanza.
Enrique Gómez haro
Prólogo al libro "Aromas de Leyenda"
Puebla, Pue. a 23 de septiembre de 1940.

Nombramiento

Al frente, y en el ángulo superior izquierdo se ven las siglas C.V.C y abajo de ellas, la inspcripción: GLIARCADI, y bajo esta, la figura de dos cayados en cruz, en forma de X, y al fondo de esa imagen, la Flauta de Pan de siete carrizos o canutos. Al centro y en la misma dirección, otra flauta de mayor proporción, de ocho carrizos o canutos. En línea recta sigue otra figura de los cayados cruzados, teniendo al fondo la Flauta de Pan y sobre ellos una corona de laureles. A continuación sigue el nombramiento como sigue:
Agustín Bartoni
entre los árcades
Eristeno Nassio
Custodio General de la Arcadia
Ilustrísimo Reverendísimo
Don Federico Escobedo
La Arcadia con el propósito de honrar a los valores que por la excelencia del ingenio unida a las buenas costumbres y a la promoción de los óptimos estudios; notables en la profesión de las letras, de las ciencias y de la erudicción, a propuesta de los gentilísimos y valiosísimos Compastores nuestros: Iflico Alcimedencio y Anamo Colonodio, ha dispuesto declararlo Pastor Árcade e integrarlo en el catálogo de los integrantes de esta antigua República Literaria, os ha dado, según nuestro uso académico el nombre de:
TAMIRO MICENEO
La Arcadia al declararlo unido a su cuerpo confía en que no sólo mantendrá la observancia de sus normas sino que, también, aporte obras para que siempre florezca en la dignidad de las letras y el honor de este Instituto Arcadio.
Dado en el Bosque Parracio el día 22 de mayo de 1907.
A 215 años de la restauración de la Arcadia, a 560 de la Olimpiada, en el III año de nuestra custodia.
El Custodio General
ERISTENIO NASSIO
Registrado en el Vol. IX núm. 668
Sergio Fuentes Gutiérrez
"Tamirensis Carmina"
Puebla Pue. marzo de 2002.