jueves, 31 de julio de 2008

Biografía del poeta José Luz Ojeda.


OJEDA LÓPEZ, José Luz. (1899-1989).
Sacerdote, maestro, poeta, predicador y biblista.

Por Jesús García y García.

Nació el 27 de diciembre de 1899, dentro de la circunscripción municipal salvaterrense, concretamente, en la entonces hacienda de San Nicolás de los Agustinos, fue hijo de don José Luz Ojeda Patiño y de doña Genoveva López. A fines de 1901, la familia vino a vivir en la cabecera del municipio, en una casona que adquirió el Papá, en el portal de la Luz.
Pocos pasos separaban, al pequeño José Luz, del hoy santuario diocesano de Nuestra Madre Santísima Luz, en el que fue acólito, para dar cauce a su temprana vocación religiosa. En sus Memorias, relata cómo fue su formación escolar básica, primero en la escuela de Moniquita y Amparito, después, bajo la dirección del maestro don Pedro Sosa y, finalmente, bajo la guía del padre don Vicente Meza. Una recomendación, de este último, dio la oportunidad a José Luz de ingresar en el Seminario de Morelia. Únicamente, durante los primeros meses de 1914, pudo disfrutar de las aulas tridentinas, porque, entonces, con el triunfo del carrancismo sobre el usurpador Victoriano Huerta, comenzó una de las etapas, más violentas, de la persecución religiosa en México. Los carrancistas clausuraron el Seminario, y se incautaron del edificio, y sus bienes, y José Luz tuvo que volver a Salvatierra, donde ayudó al funcionamiento de la tienda de abarrotes, propiedad de su familia.
Fue uno de los fundadores de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, (ACJM), en Salvatierra, y, entre actividades catequísticas y obras sociales, se inició en la oratoria, y se convirtió en el director fundador del periodiquito: Lux. En esa época, se consolidó su afición a la lectura, tuvo sus primeros devaneos de muchacho romántico, y escribió su primer tomo de versos.
Desde aquella primera estancia, de José Luz en Morelia, las diversas facciones en el poder habían continuado persiguiendo a la religión. A partir de octubre de 1917, las cosas empeoraron. Los mexicanos anticatólicos, se alinearon con el bolchevismo triunfante en Rusia, que anunciaba la libertad del hombre pero, en la práctica, suprimía fundamentales derechos humanos, y todo lo que es democracia y, además, “mataba” a Dios. El comunismo moreliano, acabaría por provocar sangrientos sucesos en mayo de 1921.
A principios de ese 1921, volvió al Seminario para reiniciar su carrera religiosa. En cuatro años despachó, lo que se llama, el Seminario Menor, (asignaturas de latinidad y filosofía). Al mismo tiempo, Ojeda estudió el francés, y empezó a poetizar en serio. En medio de inacabables zozobras, hizo los estudios correspondientes al Seminario Mayor, (teología, derecho canónico, liturgia y otras materias). Entonces, se inició como profesor impartiendo una academia de castellano.
Debido al endurecimiento de las leyes, en contra de la Iglesia, por parte del régimen callista, el 31 de julio de 1926 fue suspendido el culto religioso, en todos los templos del país. Poco después, se inició el movimiento armado, que llaman “La Cristiada”. En circunstancias de subrepción, José Luz recibe, el 18 de diciembre de ese mismo año de 1926, las órdenes menores del exorcistado y el acolitado.
Por la forma en que se ve obligado a trabajar el seminario, (a escondidas), su cabeza visible es, en esa época, Ojeda, pero sin ser vicerrector. El 28 de febrero de 1928, es detenido por agentes del gobierno, quienes le dicen, al soltarlo: “El seminario ya no se abrirá más. Les dice a sus alumnos, que eso de las cosas de los curas, ya se acabó en México, y que se vayan a sus casas”.
En el mismo año, el 2 de junio, le es administrada la orden del diaconado y, el 22 de diciembre, queda ordenado sacerdote. El día 3 de enero de 1929, en una casa de Salvatierra, celebra su primera misa y, de esa forma, festeja el día onomástico de su Madre. A finales de junio, se entera de que, finalmente, se arregló el conflicto religioso. Se estrena como predicador el 11 de julio de 1929, en ocasión de la solemne reapertura de cultos en Salvatierra.
Solicitado por el obispo de Querétaro, monseñor Banegas y Galván, el presbítero José Luz Ojeda, fue de 1931 a 1933, a fungir como prefecto espiritual del seminario queretano que, también, funcionaba clandestinamente.
Requerido por su arquidiócesis de origen, allá volvió, y se enteró de que querían poner sobre sus hombros, la dirección espiritual del seminario menor. Apeló ante el vicerrector, y logró que se revirtiera aquella decisión, aunque no inmediatamente. Mientras tanto, vino lo que Ojeda llama la diáspora, que fue el más largo, y difícil, desplazamiento del seminario de Morelia, primero por tierras del Bajío y, después, por la sierra michoacana. Duró desde 1934 hasta 1943.
El 9 de febrero de 1944, se cumplieron tres centenarios de la fundación de Salvatierra. Se convocó a un concurso de poesía, alusiva al acto, y el primer lugar lo ganó el padre José Luz Ojeda. La composición lleva por título: “Canto secular a Salvatierra”. El premio consistió en una medalla de oro, donada por el Senado de la República, un diploma de honor, expedido por los organizadores, y cien pesos en efectivo, obsequio de la empresa Clemente Jacques y Compañía. La decisión en su favor, fue dictada por el poeta doctor Enrique González Martínez, y el doctor en filosofía y letras por la universidad de Lovaina, Jesús Guisa y Azevedo.
Mientras tanto, seguían sus labores de maestro en el seminario, (enseñaba, al final, historia de México y francés). Sin perjuicio de aquellas, lo adscribieron a algunas actividades administrativas, en la curia arquidiocesana.
El 1 de enero de 1951, emprendió, formalmente, sus actividades misioneras, a las cuales siempre se había sentido tan atraído. Hizo, de Celaya, su centro de operaciones, del cual salió a innumerables partes a misionar, incluyendo, alejadas localidades del norte de la república. De este modo, se fue volviendo celayense por adopción. En la ciudad cajetera se encontró con viejos amigos, y tejió nuevas relaciones.
El obispo Alfonso Toriz Cobián, le otorgó la dignidad de canónigo honorario de la catedral de Querétaro, tomó posesión de su asiento en el coro, el 19 de septiembre de 1963.
Inició, en enero de 1967, un venturoso contacto con, el también sacerdote, don Luis Alonso Schökel, padre jesuíta, del Pontificio Instituto Bíblico. Esta relación culminó con el viaje de trabajo, que don José Luz Ojeda hizo a Roma, amparado por una especie de beca, en 1969. Integrado, en el equipo que comandaba Schökel, tuvo participación sobresaliente en la traducción de: El libro de Job, y el Cantar de los cantares.
La noticia, de la erección de la diócesis de Celaya, se recibió en dicha ciudad el 8 de febrero de 1973. Al formarse la curia correspondiente, el padre Ojeda fue nombrado canónigo.
La muerte lo sorprendió en su casa de Celaya, el 29 de mayo de 1989, cinco días después, de celebrarse el cincuentenario de la coronación pontificia, de su eterno amparo y guía, la Virgen de
la Luz de Salvatierra.
Poemas de Federico Escobedo dedicado al poeta José Luz Ojeda.
Poeta y muy poeta; alma canora. ,
botón gentil de púdica azucena. ,
rayo de luz, que plácida y serena
opaca a la tiniebla aterradora. ,
joyel de hechura regia, que atesora
oro de fina ley; arpa en que suena
sólo de Dios la voz; y que, por buena. ,
el mismo Dios la pule y esplendora.
Lerma le dio las que en su cauce avaro
oculta fuerzas de indomable brío. ,
junto con linfas de semblante claro. ,
es, por fin, una gloria del Bajío. ,
Diamante puro; y por lo mismo, raro. ,
al que fuerza y candor dan atavío.
Carmen, Ojeda, tuum, more fluentis aquae!...

Versos al libro de poemas "Claridad".
En lo alto, ayer, de marfilina torre
Fuiste de viva “claridad” un faro. ,
que del puerto conduce hasta el amparo
al mísero bajel, que el mar recorre.
Hoy, con el fin de que la luz se ahorre
que da, sin tasa, tu laúd preclaro.
o bien, de Apolo por capricho raro,
ya eres, en vez de luz, “agua que corre”.
Mas, si en lugar de faro reluciente. ,
mejor gustas de ser “agua corriente”
por cima el área de árido terreno. ,
nada te importe el cambio, hermano mío. ,
con tal de que, trocada en prócer río. ,
lleve doradas guijas en su seno.

miércoles, 23 de julio de 2008

Los primeros días de la gestación de la idea de la Independencia Americana

La Rusticatio Mexicana es una obra muy importante en la formación de las ideas de nacionalidad e independencia, por ello proponer su difusión es compatible y enriquecedor del programa de los festejos del Bicentenario de la Independencia de México. Aquí presentamos los argumentos que fundamentan la propuesta del Centro Histórico de Salvatierra, Gto.
Lucrecia Méndez de Penedo

“Estructura y Significado en
La Rusticatio Mexicana”

Revista CULTURA DE GUATEMALA

Año III – vol III . septiembre/diciembre
1982
UNIVERSIDAD RAFAEL LANDÍVAR

AMERICANISMO LANDIVARIANO:
INDEPENDENCIA E IDENTIDAD NACIONAL (pp. 162-181)
La visión americanista de Landívar se manifiesta a través de la cosmovisión que refleja la Rustlcatio. Mexica­na, es decir a través de la percepción y actitud que nuestro poeta asume frente a su patria y su momento his­tórico Landívar logra lo que sólo es propio de los grandes artistas: convertirse en conciencia y voz de los suyos, y al mismo tiempo, trascender una posición -sea cívica- que esté limitada a un nacionalismo pobre y estrecho.
De tal manera que el americanismo de Landívar. es decir el conocimiento y valorización de lo propio, se con­vierte en uno de los rasgos más esenciales y originales de la obra landivariana. Este "humanismo de lo mestizo” co­mo lo llama José Mata Gavidia se manifiesta en algunos trozos significativos del poema:
En instantes felices, Landívar abandona asun­tos clásicos y americanamente escribe el pri­mer poema de la americanldad: escribe su vida, porque aquí discurrió su infancia y mocedad y maduró su ánimo. Es un poeta de América, pionero de una poesía propia 30. El subrayado es nuestro.
A nuestro juicio, Landívar plasma su americanismo a través de una visión independentista del mundo, que tendrá como resultado inevitable la búsqueda de una identidad nacional.

El campo es el espacio de la humanización, América lo posee

Rafael Landívar es hijo de la Ilustración. Si bien su infancia y parte de su adolescencia transcurrieron en el bienestar de la solariega casa paterna en la tranquila ciudad de Antigua, no es menos cierto que desde muy niño se benefició de los estudios clásicos y de los modestos anticipos renovadores de la filosofía del siglo XVIII. Este último aspecto será enriquecido con la experiencia mexi­cana del padre jesuita y luego finalmente por su contacto directo con las diferentes vertientes que se agitaban en el panorama filosófico europeo de la época. Nuestro autor tiende a una visión del mundo de carácter cientificista, propia de su momento, pero sin embargo o de alguna ma­nera, su profesión religiosa frenaba lo que en otros pensa­dores fue convirtiéndose en un antidogmatismo radical.
Para los hombres del dieciocho los valores naturales y fundamentales de la vida individual y social se centra­ban en el individualismo crítico, la libertad e igualdad de todos los hombres, la universalidad de las leyes, la tole­rancia y el derecho a la propiedad privada. En el aspecto científico, la naturaleza se convierte en un ente des­cifrable por el hombre, quien trata de eliminar con su ra­zón todo lo que hasta entonces se había considerado pro­digioso o incognoscible. Las leyes naturales constantes e inmutables son confirmadas científicamente a través de la experimentación, pero, al igual que la economía vigente entonces, se realiza una división tajante entre el conocer y el valorizar, actitudes propias de la conciencia humana. Por cierto, la conciencia individual como origen del pensa­miento y acción asienta sus raíces en el racionalismo y el empirismo.
Numerosas páginas del texto landivariano censuran la codicia de bienes materiales. Asimismo el poeta pro­fiere ásperas palabras contra el afán de lucro desmedido. Landívar rehusa lo que actualmente conocemos como eco­nomía de mercado que se sustenta a través del juego de la libre oferta y demanda, y que considera el éxito de la empresa con fin básico, dejando de lado lo que es propiamente una escala ética de valores humanos. Es una ac­tividad despersonalizada y hasta un cierto punto moral­mente neutra, pues se ignoran las convicciones morales o religiosas de las dos partes que establecen un contrato, las cuales supuestamente se encuentran en un plano exac­to de igualdad y libertad para beneficiarse mutuamente a través de la transacción comercial.
El poeta Landívar consideraba como irreversible la contaminación moral que las urbes inyectaban en sus ac­tividades comerciales, las cuales preponderaban sobre las artesanales, agrícolas o burocráticas. De allí su actitud valorativa exaltadora de lo rural y agrícola, en donde un abastecimiento sobrio provee las necesidades primor­diales físicas y espirituales del hombre. Nuestro autor se muestra contrario a una sociedad que tendia a marginar los valores ético-cristianos de generosidad y amor por los de un autoenrriquecimiento desmedido.
Landívar se acerca a la concepción económica de la escuela fisiócrata que consideraba a la tierra como el núcleo generador de la riqueza y a los agricultores como sus productores para las demás clases sociales: los in­dustriales y comerciantes, considerados en su totalidad como" estériles". Los fisiócratas se oponían a los seguido­res de la teoría mercantilista, quienes hacían depender la riqueza de la sociedad del comercio. Ellos, los fisiócratas, argumentaban la existencia de un orden natural y pro­pugnaban por el "laissez faire" es decir, eran contrarios a la intervención estatal, por lo que en esta doctrina en­contrará una de sus bases de apoyo los seguidores de la doctrina liberal que se concretiza en el siglo XIX.
Anotábamos anteriormente que para Rafael Landí­var la cuestión de la propiedad se basa en la propiedad de bienes de uso y no de cambio, los que se adquieren a tra­vés del trabajo individual. Adopta una visión de tipo mo­ral entre pobreza y riqueza, más que un enfoque estricta­mente y científicamente económico. (Lo cual, está demás repetir, no tenía la obligación de hacer a través de un poe­ma).

Agricultores más felices que mineros sobreexplotados, no hay igualdad en América

Por ello afirmaríamos que en Landívar se advierten ya algunos albores de liberalismo económico, tan ligados a la estructura política de las democracias posteriores a la revolución industrial, las cuales él oponía a la dependen­cia de la monarquía española para permitir a nuestros países un trato igualitario en lo económico con otros países del viejo continente, según lo que deducimos de la lectura del texto. Ciertamente la posición de Landívar es moderada, cauta en este aspecto, pues también un libera­lismo puro, desde su punto de vista, hubiera tendido siempre a opacar y restringir el sesgo generoso que ideal­mente todo cristiano practicante debía observar como norma de vida. Una organización y proceso económico que explote al otro, es decir moralmente neutra, será siempre para el escritor guatemalteco una sociedad deshumanizada. Pero también en esto encontramos uno de los límites de su pensamiento económico, pues manifiesta en cierta medida la una visión pasatista y utópica, dirigida al congelamiento de la historia, es decir, imposible de recuperar. A diferencia de Rousseau quien si bien, al principio de sus escritos -esencialmente en su Discurso sobre "el origen de la desigualdad de los hombres" (1775) ­todavía aseveraba que la virtud del hombre ha sido opaca­da por el avance de la civilización, más adelante rectifica estos conceptos:
"Cuando madura el pensamiento de Jean ­Jacques llega a la conclusión de que la virtud del hombre del estado de naturaleza es una es­pecie de bondad negativa, basada en la igno­rancia del bien y del mal; el paso al estado civil mediante el pacto social da lugar a una bondad y justicia positivas, en las que intervienen la conciencia de sentirse obligado a respetar la li­bertad y bienes de los demás y el que sean res­petados los propios" 31.
No obstante, Landívar estaba consciente de que la posibilidad efectiva de un contrato social resultaba impo­sible dentro de la sociedad colonial americana debido a que no existía en principio una situación de igualdad entre las partes, por lo que la corona española saldría siempre favorecida y esto iba en desmedro del grupo al cual el escritor guatemalteco pertenecía: los criollos.
Nuestro autor a pesar de que aprecia las relaciones de trabajo como fruto del azar, de la "tornadiza fortuna", muestra rechazo por lo "material":
Ame el vulgo las recónditas riquezas del suelo y sus entrañas opulentas. (L. IX, p. 206) El subrayado es nuestro
Para nuestro autor existe una división entre ese "vulgo" inculto amante de los bienes materiales y una es­pecie de “aristocracia" rural e intelectual que dirige sus ambiciones hacia valores de carácter espiritual, en otras palabras, a los valores morales de sencillez y sobriedad que constantemente opone al comercio mercan­tilista.
Mas ¿a qué trabajo no obligará la insensata co­dicia? (L. VII, p. 174) El subrayado es nuestro.
La codicia es un anti-valor para nuestro poeta. Esta induce a los trabajadores de las minas a arriesgar hasta la vida misma. No se le escapa a Landívar que tal actividad conlleva muchísimos riesgos, pero los mineros sobrepo­nen esa "insensata codicia" a cualquier peligro. Y confor­man así ese vulgo codicioso y desdeñable que comete inclusive robos -aunque tangencialmente el autor pare­ciera justificarlos- debido a las penosas condiciones en que desarrollan su labor:
Bajo esa ropa, sin embargo, oculta las piedre­cillas el cavador; otro en heridas que se inflige cruelmente, y otro las disimula entre los bron­cos cabellos. Pero el malicioso portero examina con ojo atento y esculca el cendal, las heridas y los cabellos. Los hurtos que descubre los guar­da para el amo; lo que se le escapa, el ladrón lo mantiene oculto por derecho, sin que en adelan­te sea licito al amo apremiarlo con un castigo o reclamarle el robo. (L. VII, p. 186) El subraya­do es nuestro.
Notamos cómo el poeta señala la situación de explo­tación que, a su juicio, conlleva necesariamente cualquier actividad no agrícola y en este caso dependiente de manos extranjeras (hispanas). Se duele, por ejemplo, de la situación laboral de los mineros:
Aquella ímproba labor pone con frecuencia en peligro la vida de los muchachos, matando a los
infelices con muerte prematura. Pues el polvo, encerrándose en las fosas nasales invade pro­fundamente el cerebro y se desliza al fondo del pecho y consume la vida en la flor de los tres lustros. Por ello, es necesario contratarlos por crecido salario, para que se atrevan a afrontar riesgo tan grave de su vida. (L. VIII, p. 190)
Frente a esta situación de explotación y codicia si­multánea, el padre jesuita opta por privilegiar al trabajo agrícola autárquico o a lo sumo acompañado por un tipo de industrialización artesanal y también autosuficiente que evite el lucro desmedido. La riqueza que impele a ate­sorar "fugitivas monedas" es vista así:
Sobre todo el oro arrebata el corazón de los mortales, porque enriquece al señor más aprisa y ahorra trabajo. (L. VIII, p. 200-202)
La admiración manifestada constantemente hacia los trabajadores rurales que no ambicionan más que la autosuficiencia frente al desagrado que provocan al poeta los mineros y vendedores de aguardiente, por ejemplo, no impida que Landívar se percate -y lo menciona- que el verdadero dueño de la situación económica se encuentra del otro lado del mar y que los que frecuentemente explotan a los habitantes americanos -como el caso del guardián o capataz de la mina, en el trozo ya citado- no vienen a ser más que intermediarios de los peninsulares.

La idea de solidaridad económica esta en la Rusticatio Mexicana como una utopia

Para nuestro autor, el interés comunitario debe pre­valecer sobre el enriquecimiento individual, sinónimo de egoísmo. No obstante, estaría por investigarse si esta ac­titud anticolonialista "naturalista" en lo económico no estuvo en parte condicionada por el hecho de él pertenecer a una familia criolla acomodada. Es útil recordar que uno de los factores que impulsaron el surgimiento del movi­miento independentista en nuestro país se debió precisa­mente a que los criollos se sentían desplazados de la acti­vidad económica por el monopolio ejercido de parte de la corona española. Además, insistimos, la Rusticatio Mexi­cana se presenta como una especie de catálogo atractivo para los inversionistas extranjeros a través de los cuales suponemos que se aliviaría la situación de explotación y el comercio pasaría a manos americanas, aunque no ciertamente al "populacho" sino a las adiestradas y paternalistas del criollo, quedando el indio en una situación de sumisión atenuada, como en efecto sucedió al declararse la independencia patria.
En suma para Landívar la naturaleza se prostituye cuando el hombre la explota por codicia realizando así la profanación de su entorno y de sí mismo. El autor guate­malteco opta por una explicación moral, no histórica para la desigualdad económica. De ahí su tendencia al utopismo moralizante.
Durante el Siglo de las Luces el hombre adquiere un dominio cada vez mayor sobre la naturaleza y también una mayor certeza sobre las posibilidades de la razón para explicar el mundo y por ende guiar su conducta. Sin embargo este conocimiento paradójicamente produce una neutralidad axiológica en el campo de la ética. Los hombres del XVIII condujeron un cuestionamiento y una lucha contra la tiranía y el despotismo, pero también contra la religión en el sentido de verdad revelada e indiscutible. .
Dentro de este cuestionamiento aparecen varias op­ciones. Entre ellas, nos parece que Landívar se acerca a los iluministas moderados y Rousseau, quienes:
(… ) "supusieron un innato sentido de solidaridad y de amor recíproco entre los hombres, que ha­cen nacer de cada uno de los individuos, los cuales persiguen exclusivamente su propia feli­cidad, la sociedad y la vida moral, o que al me­nos podría hacerla nacer, si se verificaran cier­tas condiciones (... ) Los radicales y Rousseau han puesto en relieve el contraste entre interés individual e interés general y fundan la escala de valores sobre la razón y la naturaleza; Holbach y los enciclopedistas, por su lado, tienden en cambio a considerar el interés individual en armonía con el bienestar general" 32. El subrayado y la traducción son nuestras.
El llamado "teísmo" de cuño roussoniano, que da gran importancia al mensaje de los Evangelios, se enlaza con la idea dominante de la época mecanicista del Dios "arquitecto" o "relojero" perfecto y creador de una má­quina perfecta: el universo. Dicha idea caza muy bien dentro de la mentalidad cientificista de la época y respon­de a la necesidad teoritética de las nuevas doctrinas filo­sóficas logrando así aglutinar las corrientes racionalistas con la fe.
Este Creador es un constructor de un diseño ya pre-establecido y de tal manera se da una explicación sa­tisfactoria a una visión naturalista del hombre, quien ide­almente debe encontrar en la naturaleza todo lo necesario para su subsistencia: física y moral, así como dentro de él mismo, de manera innata se encuentran en germen todos los valores morales. Es una posición que podríamos cata­logar de apriorística, sujeta, en el caso de los filósofos cristianos, solamente al libre albedrío.

El Renacimiento como dilema entre la fe y la razón en Europa

Hasta antes del siglo XVIII básicamente la religión cristiana se encontraba solidamente asentada en una fe esencial, escasamente racional. La burguesía del dieciocho ya que consideraba su posición social y econó­mica como exclusivamente determinada por su nacimien­to, como premio o castigo divino. Lo que precisamente ca­racteriza a este grupo social, cada vez más homogéneo y preponderante, es el ascenso en la escala social y económi­ca a través de su ingenio y trabajo individuales frente al inmovilismo social del pasado. Las acciones que pueden conducirlo al éxito no tienen ninguna relación con el bien y el mal y por lo tanto estará ausente -sobre todo en el aspecto económico- en este conglomerado el sentido de pecado.
Esta nueva actitud conduce a un proceso de laiciza­ción que se proyecta en todos los niveles de la existencia de la época, donde la profesión de fe se convierte en un asunto privado y ya no colectivo y cotidiano como en el Medioevo. La vida en el Siglo de las Luces adquiere cada vez más un carácter profano y desacralizado. Un retome de lo religioso, pero como freno de convulsiones sociales, no prosperará sino hasta bien entrado el siglo XIX. La ciencia de alguna manera va entrando en un conflicto más agudo con la fe y se abren una serie de opciones para enfocar el dilema. (Los jansenistas, de rígida tradición agusti­niana no tardan en enfrentarse a los jesuitas, quienes opo­nen al dios tirano de los primeros, una divinidad miseri­cordiosa).
Otro punto de fricción entre la doctrina tradicional y la emergente economía fue el del préstamo a interés, prohibido como medio de explotación cuando se tratara de un prójimo en estado de necesidad, adquiere un valor antisocial durante el siglo XVIII, pues la actividad econó­mica lo vuelve un mecanismo necesario para su funciona­miento eficaz. Aun más, el comerciante de la época está convencido de que realiza una actividad meritoria y ven­tajosa para la comunidad.
La religión va siendo paulatinamente separada del poder estatal y se intenta que no se relacione con la ac­tividad económica. También se trata de darle algún sopor­te racional, como el deísmo de Voltaire o el teísmo de Rousseau. Hubo posiciones extremas como la de Diderot también se manifestó solapada o abiertamente un acendrado anticlericalismo que culminaría por convertir­se más tarde en uno de los puntos fundamentales de los regímenes liberales.
En suma, si algo caracteriza al siglo XVIII como conflicto intelectual es el enfrentamiento agresivo entre razón y fe. Algunos hombres de la Ilustración logran con­ciliar el dilema, mientras que otros caen en posiciones ag­nósticas o francamente ateas.

La ciencia de la Cruz: fe, pasión y triunfo, es la esrtuctura dela Rusticatio Mexicana

En las páginas de la Rusticatio Mexicana asoma una religión cristiana de gran pureza y sencillez, que no necesita inclusive el templo, la liturgia, el rito, el oficiante para ofrecer su adoración a Dios. Con ello no aludimos al panteísmo. El sacerdote poeta obviamente jamás cues­tiona el dogma y la revelación. El suyo es un catolicismo influido de alguna manera por el racionalismo del siglo XVIII -el Dios Arquitecto- pero que no carcome las ba­ses de su profunda fe religiosa. Tampoco profesa Landí­var una fe fatalista porque valora la acción humana. To­memos como ejemplo la arenga del sacerdote a los asusta­dos habitantes del Jorullo. La fe en Dios salva porque in­duce no a la pasiva aceptación de la tragedia -como hubiera sido durante la Edad Media- sino a la utilización de recursos espirituales y materiales para afrontarla. De es­ta manera observamos cómo aun dentro del aspecto reli­gioso, la razón cumple una función útil:
A todos ellos, despavoridos, les dirige la pa­labra el sacerdote: ¿De qué sirve entregarse pu­sllánimamente al dolor tan prolongado, expo­niendo en tanto la vida al extremo peligro? Acelerad la huida; vale más abandonar los cam­pos. ¡Oh! huyamos -dice-, escapemos de la muerte; lo permite el cielo, aconseja la fuga; hu­yamos amigos, Debéis, por estas razones, evi­tar la muerte amenazadora. Dijo, y adelantán­dose a todos, devora el camino por los atajos del abierto valle, desflorando apenas la tierra con el pie fugaz. (L. II, pp. 80-82)
Resulta muy indicativo dentro de la arquitectura de la obra observar cómo ésta se organiza bajo el signo de la cruz: al inicio, el poeta describe una milagrosa cruz de mármol que se encuentra debajo de una fuente que da así prestigio al manantial mexicano:
Agrégase otro prodigio extraordinario como ninguno, insigne, inusitado, memorable. Una gran cruz, cortada de níveo y macizo mármol, pulida por mano de artífice con exigente cincel, yérguese clavada en el profundo suelo del profundo manantial; y tan obstinadamente arraiga­da que ni fuerza, ni arte pueden arrancarla. (: .. ) glorifique la fama sólo al manantial mexicano al cual dio nobleza y nombre el signo de Cristo: (L. I, p. 56)
Y diseñando un trazo circular, el poema termina ba­jo el mismo signo prodigioso cristiano: "la cruz, prenda de amor divino":
La cruz. verdeguea cubierta de florido césped, sin morir nunca, reseca por el frío invernal y ni siquiera amarillarse con las rígidas escarchas. ( ... ) ella sola mantiene sin desmayar el verdor de su mullida hierba ( ... ) El religioso vecindario del célebre pueblo durante largo tiempo conmovido por estos sucesos, con dinero colectado de to­das partes ciñó la cruz de un muro, separándola del profano campo, y asimismo la honra con ofrendas y sahumerios numerosos. (" Apéndice", pp. 372-374)
La religión ofreció sin duda un alivio para el dolor del hombre creyente, cual era Landivar. Algunos de los fragmentos de su tierna devoción mariana son excelentes ejemplos de ello.

Leyes, gobierno, educación y valores la patria deseada en la Rusticatio Mexicana

por Lucrecia de Penedo, Universidad Rafael Landívar. Ciudad de Guatemala, Guatemala.

En lo relativo a la concepción de la organización de la sociedad, es útil recordar que no existió un criterio uná­nime en los hombres de la Ilustración. Mientras que algu­nos radicales propugnaban por la abolición de la pro­piedad privada (Morelly, Mably, Meslier); otros sostenían una libertad limitada a través de un contrato, como en el caso de Rousseau, quien anhelaba una democracia de pe­queños burgueses libres e iguales, ni muy ricos, ni muy pobres; y, finalmente, otros como Voltaire, Hollbach, Hel­vecio y algunos enciclopedista se mostraban favorables a que la substancial limitación de la igualdad económica no dañaba la libertad individual ilimitada. Ciertamente resultan evidentes algunos puntos de contacto entre Rousseau y los radicales: ambos rehúsan el "materialismo"; anhelan un orden social basado en la ra­zón; critican la evolución histórica que ha producido la de­sigualdad y tratan de reducir con sus teorías la desigual­dad económica. No obstante, en líneas generales, el pensa­miento ilustrado presenta como ideal un sociocentrismo, es decir aquel que refleje a la naciente y consolidada so­ciedad burguesa. Pero pensadores como Rousseau no de­jan de observar los aspectos negativos y conflictivos que tal sociedad llevaría en su seno, es decir que confronta, por un lado, la vida pacífica del hombre en su estado "na­tural" (ej. la primitiva sociedad de pastores) frente a la so­ciedad moderna cargada de competitividad. Por supuesto que Rousseau está consciente de que esta "evolución" negativa de la historia es irreversible y que, a su juicio, ha constituido más un regreso que un progreso. Por lo tanto, propone un ideal social basado en la libertad, la igualdad y la tolerancia, realizado idealmente a través de una fuer­za moral suscitada por el ejemplo y el impulso de un buen gobierno y un buen pedagogo. (Algunos le han criticado a Rousseau el no haber explicado de dónde surgiría tal per­sonaje).
Resulta importante señalar que para Rousseau este buen ciudadano necesariamente deberá someterse a un contrato social, que no es producto de una ley natural, si­no producto de una convención social, la cual supuesta­mente ilustra la voluntad general de una sociedad de ten­dencia democrática: Asimismo, es indudable mérito de es­te pensador y escritor el haber descubierto la dicotomía del hombre burgués en su deslinde del interés egoísta y el interés general; en otras palabras entre la persona priva­da y el ciudadano abstracto. Sin embargo, la posición roussoniana presenta un aspecto de estatismo porque opone a un orden natural -base en parte del "buen salva­je”, tan de moda en la época- y el orden "corrupto" en proporción gradual al alejamiento de la naturaleza.
Rafael Landívar asume una posición relativamente similar a la de Rousseau en el sentido de buscar una solución culturalista y ética al problema sociopolítico. Para nuestro poeta, a diferencia de Rousseau, sin embargo, pa­rece ser que el estado natural del hombre fuera una cons­tante donde la historia realiza o debería realizar relativa­mente pocos cambios y en última instancia, estos cam­bios deberían estar en manos americanas. Seria pues erró­neo calificar su posición de “revolucionaria" en el sentido que algunos dan hoy al término, es decir como un cambio radical de las estructuras. Mas bien diríamos que el poeta Jesuita se muestra favorable a un reformismo democráti­co y anti-anárquico. Es por ello que tampoco podría haber participado de la aprobación de un despotismo Ilustrado voltaíreiano, pues precisamente en su obra no­sotros creemos encontrar albores de pensamiento inde­pendentista de cualquier monarquía -es decir antitotalí­tarismo- por ilustrada o progresista que ésta pudiera ser. Nos parece que su posición se acerca a la de un moderado en la cuestión económica, es decir donde exista pro­piedad privada que por su propia limitación no estorbe el interés general o colectivo. Esto ya ha sido señalado va­rias veces por los críticos, que como Mata Gavidia, dis­ciernen una utopía socieconómica y política en el Libro que se refiere a los castores. Para dar solidez a sus argu­mentos, Landívar se apoya no sólo en su actitud racional, sino también en argumentos doctrinarios cristianos.

El ideal de una ciudad rural, un sueño humanista americano del siglo XVIII

por Lucrecia de Penedo, Universidad Rafael Landívar. Ciudad de Guatemala, Guatemala.
Asimismo, la dicotomía roussoniana entre interés individual e interés general va a ser enfrentada por nuestro autor como un conflicto más de tipo ético a través de una confrontación que ya hemos definido como la opo­sición entre vicio y virtud. La primera, proyectada sobre lo urbano-mercantil-industrial y la segunda sobre lo rural-agrícola-autárquico. En ese estado ideal no debe privar, según se desprende de la atenta lectura del texto landiva­riano, ni un poder dictatorial -que podría estar represen­tado por la monarquía extranjera-, pero tampoco por una anarquía de libertinaje y relajamiento de la moral.
Así lo ve Mata Gavidia en la utopía de los castores:
"República humana, idealmente humanizada donde lo colectivo ayuda a lo individual y lo in­dividual es secreto de comunidad. Ahi se habla de educación materna, de colaboración laboral, todo en el seno del más simbólico naturalismo" ( … )33 El subrayado es nuestro.
Y también señala el estudioso guatemalteco cómo sólo el hombre resulta enemigo de esta utopía, lo que vendría a confirmar la aseveración de que Landívar temía que el hombre "civilizado" contaminara de su egoísmo a esta sociedad idealmente generosa.
Hasta aquí hemos delineado la visión del mundo lan­divariano dentro del contexto de las diversas opciones que ofrecía el mundo de la Ilustración. Como se habrá po­dido observar, Rafael Landívar no asume mecánica ni pa­sivamente con afán ortodoxo ninguna de ellas, sino que asimila críticamente algunos elementos de las mismas. Toma lo que se podría adoptar con justicia a la situación de dependencia de su tierra americana para expresar un anhelo libertador, siempre y cuando se tuvieran como una constante insoslayable los valores morales del hombre cristiano creyente, como lo fue el sacerdote jesuita. Inten­ta, pues, también en este aspecto, una síntesis bastante afortunada.
Entramos a tratar brevemente lo relativo a la posi­ción independentista de nuestro autor. Ya hemos señala­do varias veces que Landívar asume una posición domina­da por la ética frente al problema humano. Por lo tanto, básicamente las soluciones que él ofrece para el problema del hombre americano serán de índole cultural y ética; su­per -estructurales, en otras palabras.
La coyuntura histórica nos muestra cómo a finales del siglo XVIII España va perdiendo preponderancia y hegemonía mundial, por un lado, y por otro, los habitan­tes criollos de nuestro continente desean participar de lle­no en el comercio y ampliar los mercados monopolizados por los españoles, Si a esto se suma la explotación que cualquier situación de dependencia genera y la introducción de las ideas de la Ilustración, comprenderemos el surgimiento de los movimientos independentistas hispano­americanos. Todo lo anterior se manifiesta veladamente en las páginas de la Rusticatio Mexicana.
Ciertamente la temática abiertamente independentista hará una aparición posterior en nuestras letras, pre­cisamente cuando la independencia ya se ha logrado, pero si podemos afirmar que en el poema landivariano ya en­contramos algunos de los gérmenes independentistas que elaborará de manera más sistemática la literatura román­tica hispanoamericana. En un cierto modo, pues, podría hablarse de actitudes prerrománticas en Landívar y este es otro interesante asunto que todavía está por investi­garse, pues no tenemos noticia de algún estudio que lo ha­ya contemplado a fondo.

Una comunidad espiritual propia y necesitada de libertad, expresa la Rusticatio Mexicana

En efecto, la imagen de América que el poeta nos ofrece no puede sino fomentar sentimientos de libertad sea para el lector de su época -a quienes incita al cam­bio- como para el actual no es un folklorismo o cos­tumbrismo pintoresco y hueco el que Landívar propone, sino la amorosa y seria búsqueda de lo propio, es decir, de la nacionalidad guatemalteca. Efectivamente, el naciona­lismo landivariano no es nunca sólo un hecho literario, si­no también y sobre todo una vivencia profunda y dolorosa y asimismo profesión de fe. Si bien lo americano constitu­ye la materia temática del poema, el asunto es visto, sen­tido y expresado con la autenticidad que sólo la vivencia directa proporciona al escritor. Quizás fuera necesario que Landívar sufriera el destierro para que lo autóctono brotara con toda magnificencia en su literatura. La pers­pectiva lejana hacía cobrar relieves dolorosos y soberbios a la tierra dejada atrás y siempre buscada.
Nuestro autor estaba consciente de que el nuestro era un continente mestizo culturalmente. En él conver­gían tres mundos: el clásico derivado de la cultura greco­latina y de la cultura europea vigente hasta el siglo XVIII. El español, enraizado en el anterior, pero conocido por los mestizos en su aspecto colonialista, es decir de im­posición. Y por último, el americano, con su expresión más auténtica: el indio. En nuestro autor esta coyuntura cultural se manifiesta de la siguiente manera: lo clásico a través de la cultura adquirida y la estancia en el extranje­ro; lo español a través de la vivencia colonial en todos sus niveles; y lo americano por sus orígenes vitales y su con­tacto con los aborígenes sea en Guatemala como en Méxi­co. En su poema aparecen los orígenes más profundos de nuestro mestizaje en el nivel lingüístico, pues se manifies­ta tanto la lengua latina -lengua madre del español-, co­mo vocablos provenientes de lenguas indígenas que Lan­dívar introduce en su obra, latinizándolas. Creemos que este es uno de los ejemplos más irrefutables e interesan­tes de mestizaje que la obra ofrece. Landívar, pues, como hombre y como escritor participa de esos tres niveles ge­nerativos del texto. Y allí también encontramos un esbo­zo de síntesis.
Sin embargo, el propio Landívar al mismo tiempo que manifiesta tendencias independentistas a través de una visión culturalista y mediante un objeto artístico­-cultural -el poema- no puede desprenderse de utilizar instrumentos y recursos de estilo típicos de una cultura dependiente. (Con esto no especulamos que debería haberla escrito en lengua quiché, por ejemplo, en vez de la­tín. Ya explicamos las razones que nos inducen a comprender la razón de no haber utilizado el español, len­gua más cercana al mestizo americano). El poeta guate­malteco vive un momento de una cultura dependiente, pe­ro que ya ha empezado su fase de independización, y él participa culturalmente de esa fase.
De allí, en nuestra opinión, que la originalidad de la obra landivariana reside precisamente en su esbozo de síntesis y no consideramos la aparición imperfectamente amalgamada de elementos contrastantes como un defecto de hibrides, sino como el inicio de una nueva y propia lite­ratura, anunciadora de síntesis posteriores en el campo li­terario y nacionalista.
A lo largo del poema, Landívar nos va diseñando un prototipo ideal de naturaleza y de hombre. Esto podríamos encontrarlo en cualquier utopía o literatura utópica. Sin embargo, lo que a nuestro juicio nos parece valioso es que nuestro poeta traza una utopía americana con algunas posibilidades de ser realizada o las cuales a lo sumo, continúan potencialmente abiertas. La intención de Landívar sobrepasa los límites meramente estéticos li­terarios y adquiere connotaciones éticas extratextuales.

Llamamiento al empoderamientos de los criollo en la Rusticatio Mexicana

El hombre prototípico landivariano es el mestizo (criollo) americano idealmente poseedor de atributos de astucia, laboriosidad, religiosidad, mesura, generoso, va­liente y amante de la libertad. Vemos cómo predominan los valores morales en alternancia con lo racional. Si lee­mos con detenimiento, nuestro autor alude a que todas es­tas cualidades deseables ya se encontraban prácticamente presentes en el indio, a quien siempre describe con pa­ternal admiración. Con la ayuda de este hombre sobrio de costumbres e industrioso el continente se aseguraría un futuro propio y prometedor.
La lectura del poema de Landívar nos señala cómo la perspectiva del autor trata de asirse a lo racional a lo ve­rosímil en el sentido de presentar casi siempre las notas positivas y negativas de un mismo hecho. Intenta ofrecer una óptica justa y no unilateral, es decir apasionada. En realidad, en mayor o menor medida la pasión se encuentra siempre subyacente en cualquier objeto artístico y la lite­ratura no es ninguna excepción. Por eso, algunos pasajes de la Rusticatio Mexicana quiebran el equilibrio tan pre­conizado sea por la estética neoclásica, que por Landívar como "cantor de asuntos reales"; sería pues impensable que la obra de arte se despojara de un elemento tan funda­mental a ella. A veces nuestro poeta trata de frenar la emoción a través de la apreciación más racional, pero cuando en poco frecuentes momentos da rienda suelta al amor patrio o rechaza lo hispano, el lenguaje poético des­borda las severas normas dieciochescas y casi anuncia por lo hiperbólico y apasionado el surgir de las tendencias ro­mánticas. Es sobre todo un lírico cuando transmite la tristeza lacerante del exilado y el encendido amor por su tierra. También el poeta jesuita, como su ciudad destruida, se encuentra "subvertido desde sus raíces".
No estaba entre nuestros propósitos elaborar un análisis comparativo entre la obra de Landívar y otras de temática similar dentro de la literatura hispanoamerica­na, lo cual en parte ya ha sido tema de estudio para algu­nos críticos. Pero sí creemos que es notable su presencia dentro de lo que constituía todavía una literatura de colo­niaje. Para nosotros la Rusticatio Mexicana vale tanto por su originalidad estética como cívica. Los motivos extra textuales no pueden ser más vigentes y los poéticos, desafortunadamente no tan accesibles a la mayoría, no dejan de ser innovadores al abrir un derrotero propio para nuestras letras, que en el fondo son letras americanas re­feridas a problemas americanos.
Landívar posee la calidad de poeta universal porque se nutre de las esencias más suyas y así rebasa lo circuns­tancial. A mitad del camino de un incipiente mestizaje, nuestro poeta marca un paso importante y definitivo en el conocimiento y amor a la patria desde las dos perspecti­vas que signan al ser humano integral: la racional y la afectiva. De allí que por ser tan auténticamente guate­malteco sea tan profundamente americano y por ende uni­versal y actualísimo.
Entre la serie real y la serie literaria landivariana en­contramos una íntima y fascinante relación; no mecánica, sino soberbiamente elaborada estéticamente. El poeta busca resolver su conflicto ético, ideológico y particular­mente estético mediante la elaboración de la obra de arte. Adquiere voluntariamente un compromiso con la patria:
"Pronto mis alabanzas elevarán hasta las estrellas tu luminoso triunfo, parto de súbita muerte. Recibe, mientras, el rauco plectro, con­suelo en la desgracia, y sé tú misma mi galar­dón. ("A la ciudad de Guatemala", p. 44)
Y lo logra ofrendándole su obra cimera. La honda voz poética de Rafael Landívar adquiere un verdadero to­no triunfalista porque rehúsa ser escéptica, sino que se yergue optimista en la fe y la acción de los hombres ameri­canos que se oponen, en su momento, a la arrogancia y prepotencia europeas. Su recio y discreto dolor hacen brotar sentimientos de solidaridad fraterna a la sombra ejemplar de las palabras landivarianas de la Rusticatio Mexicana, que conservan vigente su mensaje para la consolidación de una Guatemala y una América más nuestras.

martes, 22 de julio de 2008

Salvatierra, la Atenas del Bajío, por Jesús Guisa y Azevedo

EL PADRE ESCOBEDO, HOMBRE DE ESTA NUESTRA TIERRA.

Por el doctor Jesús Guisa y Azevedo, representante oficial de la Academia Mexicana, en el homenaje que la Corresponsalía del Seminario de Cultura Mexicana de Salvatierra, efectúo el 7 de febrero de 1974, con motivo del primer centenario del natalicio del señor canónigo don Federico Escobedo y Tinoco.


Federico Escobedo Tinoco

    Muchas veces y con atención de gran advertencia habrá el salvaterrense que considerar el caso éste, de ser el ilustre padre don Federico Escobedo de aquí, de nuestra ciudad. El feliz concierto de una vida, la suya, en todas sus manifestaciones, en todos esos movimientos salidos de su entraña y de su raíz de hombre, un algo y, para ser exactos y precisos, de un mucho, tiene de ese ambiente nuestro, del «gigantesco Culiacán«, como él le llama, de nuestros contornos, del verde de nuestras praderas, de los frutales promisorios plantados por la mano amiga de los carmelitas, del siempre florecido valle, del impetuoso Lerma y, para decirlo todo de una vez, de la dádiva, de la prodigalidad continuamente renovada, con que nos obsequia nuestra tierra. De niño resonó en sus oídos el retumbante y multiplicado eco de ese domesticado, civilizado, río nuestro, que rugiente se quiebra en El Salto, como para darnos aviso de su presencia fecundante, de su frescura comunicativa, de sus asiduos golpes, de gravedad insistente, generadora de fuerza motriz y de una prefiguración de esa luz con que, por designio de lo Alto, tenemos todos nosotros en la vocación de identificarnos, gracias a los efluvios, refulgentes de amor, cuyo foco, no solo inextinguible, sino que cada vez más brillante tenemos en la Madre de Dios, Patrona de Salvatierra.

    El padre Escobedo es un ejemplo, producto acabado, por otra parte, de una armonía entre el individuo y su medio. 

    Habría de ser, fiel a esa armonía, que él trabajó, asido, con el consciente alborozo de un niño grande, a las bellezas naturales de esa escogida comarca, como un poeta, un gran poeta. Esparcidor de luz, dador de bellezas, presuroso de acercarnos a la verdad, nos introduce a los clásicos de la antigüedad. Es Grecia y es Roma, las enseñanzas de sus grandes escritores, la penetrante agudeza de sus artistas, los sabios coloquios de sus oradores políticos, los juegos de sus atletas y, sobre todo, las válidas reflexiones acerca de la miseria y, de la grandeza del hombre, que todos ellos pusieron de manifiesto, lo que nos dió a conocer el gran humanista, como lo fue, el padre Escobedo. Recogió en su memoria los dichos y los hechos de griegos y romanos; hizo depósito de sus hazañas y de sus torpezas; guardó y conservó sus aciertos literarios y, docto en la lengua de unos y de otros, le dió lustre a la nuestra, y fue hombre de consumada elegancia en el decir.

    Y Salvatierra, su suelo, el marco de la ciudad, sus horizontes, su cielo, su agua, ávida de ir a los campos, el verdor, de variados matices, primaveral todo el año, y la suave blancura de una luz que vemos con los ojos de la fe, fueron el asiento, el escenario, el estímulo de una vida, la del padre Escobedo. Y él, regalo, delicia, orgullo nuestro, nos convida e insta, nos incita y estimula, nos inclina y convoca a seguir su ejemplo, a repetir, y, aún mejorar, sus experiencias. Si el fue humanista cumplido y dió luz a la inteligencia, cualquiera de nosotros y los mismos niños que nacen hoy, un siglo después de su nacimiento de él, pueden, y deben imitarlo. Él respondió al empuje del medio, éste, de concertadas grandezas naturales, de solicitudes premiosas y, aún tiempo, amistosas para manifestar en nuestra actividad una armonía humana, traslado de la armonía que nos rodea.

    Se complacía en dar a conocer la belleza de expresión, y de contenido, de sus queridos autores griegos y romanos. De Simónides, cantor de las proezas de Leónidas, nos traducía este pasaje; «De los que perecieron en las Termópilas, ilustre es su suerte y glorioso su destino. Para ellos, no ha de haber tumbas, sino altares; ni lágrimas, sino himnos; ni lamentaciones, sino elogios. Esto será un monumento que la herrumbre y el tiempo destructor de todo no abatirán jamás«.

    Al hablarnos de Heródoto, el padre de la historia, nos decía que, aunque sin la solidez científica y el patetismo de sus continuadores, tenia una naturalidad inimitable y una gracia de estilo por ningún escritor alcanzada.

    La madurez, la precisión, la nobleza, la fuerza de convicción y la elegancia, tenemos, hoy como siempre, que buscarlas en Grecia, todavía con más amplitud, y, por tanto, con mayor gozo que en Roma. En una y otra parte encontramos el heroísmo razonado, por esto mismo más admirable, en la piedad sincera, la generosidad y la disciplina. 
    
    La armonía, la paz, el bienestar, la modestia, la áurea mediócritas, la mediocridad dorada, de que hablaría Horacio, fueron un descubrimiento de estos hombres, señaladamente de Sócrates, de Aristóteles que nos lleva a la Causa Primera, al Primer Motor, que nosotros llamamos Dios. Maestro de santo Tomas, y perfeccionado por éste, sigue siendo el padre intelectual de Occidente.

    En política los griegos y los romanos nos enseñaron a tratar en público, y mediante una discusión libre, todos los asuntos de interés común. «No, atenienses, traducía el padre Escobedo a Demóstenes, la injusticia, la perfidia, la mentira, nunca han fundado nada sólido. Un gobierno de esa índole puede durar unos instantes, tener brillo falso y aplausos de paniaguados y hacer promesas; pero pronto el vicio salta a la vista y todo se desbarata. Una casa no vale sino por sus cimientos, un navío por su quilla. Las acciones humanas tienen necesidad de alimentarse de la verdad y de la justicia. Y esto es lo que le falta a la policía de Pilpo«.

    La antigüedad clásica nos deja un legado que consiste en el cultivo de la razón, en el esplendor de la belleza, en la fuerza acompañada de la gracia, esto en los juegos atléticos, y en el derecho, esto en las relaciones cívicas y en las de nación a nación. El ideal Humano es la medida y la armonía: De aquí la consecuencia obligada del horror al caos, y la adhesión al orden.

    Gran humanista, hay que repetirlo, fue el padre Escobedo; pero, cristiano, sacerdote, poeta, y, primero que todo esto, salvaterrense del río Lerma, del cerro del Culiacán, de las guayabas olorosas, de los cacahuates sápidos, de las manzanas de cristal, de las hortalizas jugosas, y, ante todas las cosas, de la Virgen de la Luz, fue cumplidamente, grácilmente, poéticamente, un firme expositor de la magnificencia divina, de la excelencia grande en sus dones, manifiestos en la Naturaleza, --recordemos la Rusticatio Mexicana de Landívar, vertida por él al castellano--, y activos reflejo del amor divino, en el corazón de cada uno de nosotros.

    Al orden natural, al apego a la razón, a la penetración en la hondura del hombre, a esa exaltación de la inteligencia y al descubrimiento de la belleza, cosas todas herencias de Grecia y Roma, el padre Escobedo, llevado y movido por su clara conciencia de cristiano cabal y de hombre de Iglesia, agregó su luz de salvaterrense, hijo de la Virgen, y su luz de armonía con Dios.

Basurto: sacerdote, poeta, maestro, humanista y orador


BASURTO Y AGUILAR José Ignacio (1755-1810)

Párroco de Salvatierra. Maestro y literato.
Por J. Jesús García y García

De extracción humilde, nació en Salvatierra el 5 de abril de 1755. Sus padres fueron don José Ignacio Basurto y doña María de la Luz Aguilar. Fue bautizado en el templo parroquial, que a la sazón lo era el de San Francisco, por el párroco fray Miguel Velásquez.
Hizo sus primeros estudios en la propia localidad con varias maestras particulares y después, bajo la protección del señor licenciado y juez eclesiástico don José Javier de Rivera, pasó a Morelia (entonces Valladolid) a proseguir su formación en el Real y Primitivo Colegio de San Nicolás Obispo. Inmediatamente se distinguió por su clara inteligencia, llegando prontamente a maestro de esa misma institución (asignaturas de Moral, Latín y Teología). En 1773, cuando apenas contaba 18 años de edad, tocóle certificar, en su condición de bachiller adscrito al cuerpo docente del Colegio, que el de igual clase Miguel Hidalgo y Costilla había impartido un conjunto seriado de lecciones que versaron sobre el llamado Maestro de las Sentencias (Pedro Lombardo, teólogo italiano del siglo XII). En 1780 Basurto fue ordenado presbítero, pero siguió ejerciendo el magisterio durante algún tiempo, ya que en una lista de Concursantes para beneficios vacantes, publicada por el Colegio en 1785, nuestro bachiller figura como persona calificada para obtener algún beneficio por el mérito de ser “substituto de todas las clases”. Aquí su nombre vuelve a ligarse con el de don Miguel Hidalgo y Costilla, pues éste también aparece en la lista de marras por ser “catedrático de Latinidad y de Filosofía y de Prima y substituto de la Teología”.
El padre Basurto se desempeñó como vicario cooperador en varias parroquias del entonces obispado de Michoacán y creó fama como extraordinario orador sagrado, al par que fino literato. Como en varios escritos se le da tratamiento de humanista, se colige que era notable su dominio del latín y acaso del griego.
Se le recuerda como teniente de cura en Chamacuero (hoy Comonfort, Gto.), y advino como titular al curato de su natal Salvatierra en noviembre de 1805; esta localidad sería su último destino. Aquí puso especial afán en la terminación de nuestro hermoso templo parroquial, y logró la bendición solemne e inauguración del mismo.
En 1802 Basurto publicó la obra literaria de su creación intitulada Fábulas morales
para la provechosa recreación de los niños que cursan las escuelas de primeras letras, con un dictamen de fray Ramón Casaus y un parecer del padre Ramón Fernández del Rincón, impresa en la ciudad de México en un establecimiento “de la calle de Santo Domingo y esquina de Tacuba”. Los críticos que de estas fábulas se ocuparon hace muchos años coincidieron en señalar que son “sencillas y fáciles, sin caer en la puerilidad excesiva a que pudiera haberle llevado el escribir para niños; antes bien, sus asuntos son casi siempre originales, aunque a veces absurdos, y en ocasiones poseen sabor local; la versificación es fluida y generalmente correcta”. Hoy esta obra de Basurto ha sido reevaluada y reeditada. Vaya a continuación un corto pasaje seleccionado de las Fábulas morales:
Cuando una abeja joven recogía / la pura miel de la fragante rosa, / le robó la atención la mariposa / que flor de aquellos prados parecía. / Atónita la deja su belleza; / observa aquella plata de sus alas, / y, suspirando por sus ricas galas, / a su panal se vuelve con tristeza. / Entra llorando al último aposento, / que es puntualmente el que a su madre aloja, / y, entre varios suspiros que allí arroja, / le significa así su sentimiento: / -He visto, madre, entre las frescas flores / la feliz mariposa; su vestido / está de fina plata guarnecido / que brilla entre vivísimos colores. / Yo pretendo un adorno semejante; / mis excelentes prendas nadie ignora, / y juzgo ser por ellas acreedora / a vestir un ropaje más brillante. / Esto dijo la joven; mas la vieja, / llena de sensatez y de cordura, / con rostro grave y maternal blandura / así responde a la quejosa abeja: / -No sólo este gusano, cuyo vuelo / a brillar por el aire lo levanta, / con lo vistoso de su ornato encanta, / sino aun el que se arrastra por el suelo. / ¿No has visto de estos mil que, dedicados / a caminar, rodando la basura, / presentan a la vista la hermosura / del múrice y carmín con oro dados? / ¿Y por qué piensas tú se ha concedido / a animales tan viles la belleza? / ¿No será por gritar que la nobleza / no pende de los brillos del vestido?
Con gran dolor de la feligresía salvaterrense, su párroco don José Ignacio Basurto y Aguilar falleció a los 55 años de edad, el 28 de enero de 1810, menos de ocho meses antes de que su antiguo colega Miguel Hidalgo emprendiera la lucha por la independencia nacional. A las solemnes honras fúnebres asistieron el H. Cabildo de la ciudad, el clero regular y secular, las cofradías y gremios locales y el pueblo en general. Los restos mortales de tan ilustre coterráneo quedaron sepultados en el presbiterio del magnífico templo que a él le tocó terminar tras 59 años de construcción.

lunes, 14 de julio de 2008

Homenaje a Federico Escobedo.


Introducción.
Con la finalidad de explicar la formación de la nacionalidad mexicana, vista como un proceso de toma de conciencia individual, de quien es parte de un ser social capaz de darse un país propio, con leyes y gobierno independiente, la Delegación del Centro Histórico realiza la presente exposición, centrada en la contribución que hizo, en el siglo pasado, el salvaterrense Federico Escobedo Tinoco, con la excelente tarea de divulgación de la obra cumbre de la literatura del siglo XVIII, que permitió definir la creación de la identidad americana: “La Rusticatio Mexicana”.
La “Rusticatio Mejicana”, es un largo poema escrito en hexámetros latinos, publicado en 1782 en la ciudad de Bolonia, Italia, por el guatemalteco Rafael Landívar, que era un sacerdote de la orden religiosa de la Compañía de Jesús, quienes fueron expulsados del Imperio Español en 1767. Presentamos, en imagen digital, fragmentos de los versos que componen la obra, además de mostrar un ejemplar original de la edición de 1782 y los manuscritos autógrafos de la traducción del salvaterrrense Federico Escobedo, Tamiro Miceneo entre los arcades romanos, que tiene en custodia la biblioteca “José María Lafragua”, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. La celebración del Bicentenario de la Independencia de México es el marco propicio para difundir los valores cívicos de libertad, participación, igualdad, justicia y origen nacional, comprendiéndolos como un proceso permanente en la historia, así lo confirma la tarea de traducción realizada íntegramente en versos castellanos por nuestro ilustre paisano.

Rafael Landívar.

Estamos descubriendo en este 2008 a Rafael Landívar como un nacionalista que afirmó la igualdad de los americanos con la capacidad cultural de los europeos. La belleza de los campos mexicanos, su industria, ganado, minerales, rebaños, aves, volcanes, pastores y su patrimonio de buscar utópicas sociedades solidarias, no mezquinas, no guerreras, no egoístas ni ambiciosas por el oro, descritas en la grey de los castores mexicanos relatado en la obra “Rusticatio Mexicana”, que es traducida como “Un paseo por los campos de México” por Octaviano Valdés, y como “Geórgicas Mexicanas” por Federico Escobedo, recordando al poeta latino Virgilio.
El valor de la obra de Landívar en este comienzo de los festejos por el Bicentenario de la Independencia de México, reside en su contenido poético, histórico, filosófico y cívico con el que nos damos cuenta de cómo se formó nuestra sensibilidad artística para emocionarnos con nuestra mexicanidad. La obra enaltece los valores como único medio para una sociedad feliz, basada en la templanza, el trabajo constante, la prudencia, el compañerismo y la organización social equitativa. En otras palabras, Landívar propone erradicar de las tierras americanas la ambición del oro, la inclinación por la guerra a los pueblos y la existencia de gobiernos déspotas, y en su lugar fomentar la vida pacífica y poética, a semejanza de la ideal Arcadia de los griegos.
En muchos pasajes de la obra, la traducida por el guanajuatense Escobedo, vemos más una descripción de estos campos del Bajío y de las minas de la Valenciana, que de otras regiones de México y Guatemala. La ciudad de Santiago de los Caballeros, la antigua ciudad de Guatemala, es una descripción que, en algunos versos, se corresponde, como una gota de agua, con una descripción de la muy noble y leal ciudad de San Andrés de Salvatierra. Como que Landívar nació ahí en 1731 y Escobedo en Salvatierra en 1874.
El mausoleo de Rafael Landívar en la Antigua Guatemala, es un monumento a la unidad de México y Centro América, es la expresión de un alma continental, de una identidad americana cuyas capacidades espirituales son las mismas de todos los pueblos del mundo. Landívar murió en Bolonia en 1793 y dejó escrito, con nostalgia de no ver a su amada Guatemala, su pensamiento sobre el camino para la libertad de los hombres americanos: la ciencia nueva basada en la investigación de la naturaleza, la invención de nuevos artilugios para el trabajo agrícola y un conocimiento extenso de la propia geografía natural y humana.
De la lectura de los fragmentos que se muestran en la presente exposición podemos concluir que Landívar sigue vigente en su principal propuesta: son los valores la clave para fundar una sociedad con desarrollo humano y sustentable.

Federico Escobedo.

Los lectores de Federico Escobedo descubren las grandes influencias de Landívar en sus poemas de madurez. Hay una misma manera de ver al pueblo y a los campos mexicanos, a los paseos por la Sierra Negra del estado de Puebla, a la semejanza de los jardines de la ciudad de Puebla con los jardines de la ciudad de Salvatierra, a la comparación del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl con el Culiacán y de los ríos Xolóatl y Tecolutla de Teziutlán con el rió Lerma del valle de Huatzindeo.
Escobedo le dedico cerca de 20 años a la traducción de la “Rusticatio Mejicana”, la última versión de 1934, se la donó a la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
Leer a Federico Escobedo es una acción de latinoamericanos bien nacidos, quienes no pueden menos que corresponder de esa manera a sus esfuerzos por aportar valores a la cultura humanista, y cuyo legado hoy enaltece no sólo a Salvatierra y a Puebla, sino al género humano.
El gran valor de la gesta de Independencia de México requiere no sólo de actos cívicos escolares, sino de alimentar permanentemente el espíritu de libertad, de fe en nosotros mismos y de visión de futuro, actualizando el anhelo de quienes concibieron la fundación de la identidad nacional mexicana, como lo hicieron sor Juana Inés de la Cruz y Rafael Landívar, por citar a los dos más apreciado por Escobedo, de entre muchos más.
México esta en el alma de todos los mexicanos, independientemente de sus posiciones en las luchas políticas. El licenciado Tirso Rafael Córdoba fue un funcionario del Imperio de Maximiliano, que siendo viudo se ordenó de sacerdote, llegó a Salvatierra como párroco y fundó una escuela de instrucción superior para la educación primaria en 1885. Este funcionario del Segundo Imperio influyó en nuestro nacionalista Escobedo para despertarle la vocación literaria y encauzarlo a viajar para estudiar desde temprana edad, en las mejores escuelas humanistas de Latinoamérica, residentes en la ciudad de Puebla de los Ángeles.
Curiosamente, cuando muere Federico Escobedo en 1949, era presidente municipal de Salvatierra uno de sus compañeros de clase, también discípulo del académico de la lengua Tirso Rafael, el doctor Ramón Ruiz Argomedo, quien colabora en la realización de los homenajes póstumos realizados al arcade romano Tamiro Miceneo, por sus compañeros de la Academia Mexicana de la Lengua, entre quienes figuraba José Vasconcelos. Su colaboración residió, en aquel entonces, en promover la venta del libro “Aromas de Leyenda” de Escobedo, para costear con ello la construcción de un busto que tuvo una toga de tribuno romano para inmortalizar a nuestro paisano. El poema “Flor que llora”, es el epígrafe que está pintado en mosaicos de cerámica de Talavera en el monumento poblano y, de ese poema, Federico Escobedo redactó una copia en los días posteriores a la coronación pontificia de Nuestra Madre Santísima de la Luz; lo dejó en su casa natal de Salvatierra, para recordarnos el espíritu de amor por una patria que es bella "Como una flor que llora colgada en el abismo".

sábado, 12 de julio de 2008

jueves, 10 de julio de 2008

Ana María de López Tena, biografía por Lucero López Castillo

Ana María de López Tena, una portentosa poeta



Alfonso Junco y Ana María
Guillermo Ortiz Vega, Ana María y el doctor Jesús Guisa y Azevedo
Poema autógrafo dedicado a Bruno García, quien esta colocado entre Jesús Reyes y el señor Noriega.


Biografía de Ana María de López Tena

por Lucero López Castillo

     
    Ana María de López Tena nació en la ciudad de Salvatierra Gto. El 20 de Enero de 1919 y murió el día 7 de Enero de 1979.

    Es el poeta, hombre o mujer un ser de elección y Ana María Castillo, sin que quepa duda en contrario nació poeta y cultivo con esmero, paciencia y sobre todo con una admirable humildad, su vocación de cantar, de concentrarse con su musa aprovechando el medio ambiente de su ciudad natal, diría de ella el Doctor en Filosofía, Editorialista y Miembro de Número de la Real Academia de la Lengua, Sr. Dr. Jesús Guisa y Azevedo.

    Aun cuando Ana María desde niña comenzara a escribir, fue hasta el año de 1957 que envió a Don Alfonso Junco, conocido escritor y Miembro de Número de la Real Academia de la Lengua, dos de sus poesías.
Don Alfonso Junco al descubrir el valor de su poesía, se interesó por conocer mas sobre su obra y desde ese momento se convirtió en su Maestro y su amigo, sugiriéndole se diera a conocer con el apellido de su esposo.

    Ana María de López Tena colaboró de 1957 hasta su muerte en “ABSIDE” la revista cultural más importante de México.

    Fue en 1961 cuando publicó su primer libro: “AGUA DORMIDA ", Alfonso Junco en su prólogo dice así:
“Alma sincera, personal, valiente, reflexiva, enamorada de la hermosura, vuélcase en versos expresivos, cuyos logros primeros se abren hacía un futuro de limitados horizontes. El espíritu sopla donde quiere: y en la opaca monotonía de un rincón provinciano, sin apoyos ni estímulos, va cuajando esta vocación poética que hoy surge con voz intensa y prometedora”.

    En 1963 publicó su segundo libro y lo tituló: “ BAJO LAS ALAS ". En el prólogo Alberto Valenzuela Rodarte S.J. reconocido escritor dice: “ No debo ser desmesurado y comenzaré por decir que los poemas de Ana María de López Tena son de los mejores que se escriben en México”.

    En 1969 El Seminario de Cultura Mexicana –Presidido en aquel tiempo por el Lic. Salvador Azuela- le publicó su tercer libro: “ La Canción del Árbol ". El embajador y licenciado Jesús Reyes Ruiz miembro titular del Seminario de Cultura Mexicana y reconocido escritor inicia su prologo con estas palabras:

    “Es cosa de ir a Salvatierra para conocer en cuerpo y alma a Ana María de López Tena, vale la pena hacerlo, porque la mujer es tan valiosa como lo que escribe y porque Salvatierra no es simplemente alguna de las muchas ciudades que hermosean el Estado de Guanajuato, sino una y sola, ejemplo clásico de provincia acendrada, a la cual la línea a borbotones de un río se empeña a subyugar con músicas.”

    Ana María fundó en su querida Salvatierra Guanajuato la Corresponsalía del Seminario de Cultura Mexicana y durante cinco años presidio la Corresponsalía, llevando diferentes conferencistas.

    Entre ellos al maestro Jorge Gonzáles Camarena, maestro Luis Ortiz Monasterio. Al doctor don Francisco Monterde, presidente en aquel entonces de la Real Academia de la Lengua Mexicana. Al embajador Jesús Reyes Ruiz, doctor Jesús Guisa y Azevedo y don Alfonso Junco, entre otros.

    Una de las grandes satisfacciones de Ana María fue cuando a petición del Lic. Salvador Azuela, presidente del Seminario de Cultura Mexicana, ante un distinguido auditorio de mas de 100 personas, en el Salón de Actos del Seminario presentó, en la Ciudad de México, un recital con su poesía.

    Haber sido incluida en la Antología poética del Instituto Nacional de Bellas Artes y en la Enciclopedia de México.

    Haber asistido a innumerables conferencias, seminarios y recitales, muchos de ellos con su participación, haber mantenido correspondencia conservando la amistad, aunada a innumerables elogios a su obra de hombres de letras y de las bellas artes como el doctor Jesús Guisa y Azevedo, haber mantenido amistad con personalidades amantes de la cultura, como Jesús Reyes Ruiz, Bruno García y José Luís Noriega, maestro Jorge González Camarena. Amistad como la que le brindó Salvador Novo gran poeta y Cronista de la Ciudad de México, quien con esa agudeza y agilidad mental que poseía, le escribió al reverso de su fotografía: “Oiga mi fotografía la charla dulce y amena de mi amiga Ana María de López Tena, con ella saludos van (que escribir cartas me aterra) cordiales de Coyoacán a Salvatierra.”

    Novo siempre le brindó su amistad. Fue para Ana María gran satisfacción, las innumerables constancias de respeto y admiración que recibió de todos los aquí mencionados. Fue para Ana María el reconocimiento indudable al valor de su obra.

    Ana María se encontraba “Mas allá del Silencio” cuando miembros del Seminario de Cultura Mexicana, presidido por el Lic. Salvador Azuela, le rindieron un homenaje en la ciudad de México, a dos años de su muerte, a la memoria de Ana María de López Tena.
Fue publicado por el propio Seminario de Cultura Mexicana el libro “Mas allá del silencio”, obra póstuma y recopilación a lo mejor de su poesía.

    En Salvatierra Guanajuato, su Ciudad natal, se le rindió Homenaje In Memoriam . Su vida y su obra fue incluida en la serie televisada “Hombres de Guanajuato”

    El doctor en Filosofía, ilustre Salvaterrense dice así: “Tierra de poesía es Salvatierra, el padre Escobedo, gran humanista, es una gloria de las tierras Mexicanas, a las que les dio lustre y Ana María Castillo de López Tena, con su sencillez, su humildad, su agudeza y su música queda, que se amplifica con resonancias de contento en el alma de sus lectores, nos eleva”.

    Es grande, portentosa la proeza de esa mujer que sin andamios, sin vanidad ni timidez, como lo dice Eduardo Enrique Ríos, ha logrado encender con su propio fuego haces de luz en la boca.

Diario de Ana María y la dedicatoria autógrafa de Salvador Novo