La acusación de brujería a la mulata del Barrio de San Juan de Salvatierra, Gto.
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La acusación de brujería a la mulata del Barrio de San Juan de Salvatierra, Gto.
Por Francisco Fernandez Frausto
Apertura especial para el primer programa
Cada año, cuando llega noviembre, los pueblos del Bajío encienden veladoras, colocan flores de cempasúchil y recuerdan a quienes ya partieron.
Pero hace más de doscientos setenta años, en la ciudad de Salvatierra, los muertos también estuvieron presentes en una historia muy diferente.
Una historia de polvos misteriosos, pequeños huesos, remedios, temores y acusaciones.
Salvatierra, Guanajuato. Año de 1755.
Entre sus conventos, haciendas, barrios indígenas y calles coloniales vivía una mujer mulata libre.
Su nombre era Petrona Theresa Novara.
Algunos la conocían como La Sorda.
Había quienes hablaban de sus curaciones. Otros sospechaban de sus prácticas.
Hasta que un día, unos polvos y un hueso atribuido a un muerto llegaron a manos de las autoridades.
Aquello cambiaría su vida.
Lo que escucharán no es simplemente una leyenda.
Es una historia reconstruida a partir de un expediente de la Inquisición, conservado durante siglos.
Y hoy, en esta temporada de Día de Muertos, volveremos a abrirlo.
Bienvenidos a Los Expedientes Secretos del Bajío.
Los polvos y huesos de muerto de Salvatierra.
Seis capítulos para descubrir qué ocurrió con Petrona Theresa, una mujer que enfrentó las acusaciones de su tiempo y cuya historia merece ser escuchada.
Capítulo primero: La ciudad de los vivos y los muertos.
CAPÍTULO PRIMERO
LA CIUDAD DE LOS VIVOS Y LOS MUERTOS
Salvatierra, Guanajuato, 1755
Cada año, cuando llega el mes de noviembre, los pueblos del Bajío se llenan de flores de cempasúchil, veladoras, recuerdos y oraciones.
Es el tiempo en que las familias vuelven a pronunciar los nombres de quienes ya partieron.
Pero los muertos también aparecen en otras historias.
Historias que no nacieron en los altares familiares, sino en antiguos documentos judiciales.
Historias de temores, creencias, remedios y acusaciones.
Hoy abriremos uno de esos expedientes.
Un documento que permaneció durante siglos entre los archivos de la Iglesia.
Y que nos llevará hasta una ciudad donde convivían tres grandes raíces culturales: la indígena, la africana y la española.
Su nombre es Salvatierra.
Imaginemos que podemos retroceder más de doscientos setenta años.
Es el año de 1755.
Nos encontramos en San Andrés de Salvatierra, una ciudad de la Nueva España, asentada en las tierras fértiles del Bajío y vinculada con las aguas del río Lerma.
Por sus caminos transitan comerciantes, arrieros, trabajadores de las haciendas y religiosos.
En sus plazas se escuchan voces que ofrecen maíz, frutas, textiles y otros productos.
Los molinos aprovechan las aguas de la región.
Las huertas forman parte del paisaje.
Y sobre los tejados sobresalen las torres de sus templos.
Salvatierra había recibido el título de ciudad en 1644.
En poco más de un siglo se había convertido en un importante asentamiento agrícola y religioso.
El convento del Carmen, construido durante el siglo XVII, era uno de sus edificios más representativos.
La presencia franciscana formaba parte de la vida espiritual de la población.
En las cercanías existían haciendas, ranchos y pueblos indígenas vinculados con la economía regional.
Y entre los barrios de la ciudad se encontraba uno que tendrá especial importancia en nuestra historia:
El barrio de San Juan.
El barrio de San Juan formaba parte de aquella Salvatierra donde las tradiciones indígenas convivían con la organización colonial.
Sus habitantes compartían las calles, los mercados y las celebraciones religiosas con personas de diferentes procedencias.
Porque Salvatierra no era una ciudad habitada únicamente por españoles.
En ella vivían indígenas, mestizos, negros, mulatos y personas clasificadas en otras categorías sociales de la época.
Algunos eran libres.
Otros permanecían sujetos a distintas formas de dependencia.
Y todavía existía la esclavitud.
En aquella sociedad, la condición de una persona podía determinar sus oportunidades, su trabajo, sus relaciones y hasta la manera en que las autoridades escuchaban sus palabras.
Aquí debemos detenernos.
Cuando hablamos de las tres raíces de nuestros pueblos, no hablamos de una convivencia siempre armoniosa.
La raíz indígena estaba presente en las comunidades originarias, sus lenguas, sus conocimientos del territorio y sus tradiciones.
La raíz española se manifestaba en las instituciones, los conventos, las haciendas, la religión católica y las costumbres llegadas de Europa.
Y la raíz africana estaba presente en hombres y mujeres que habían llegado, o descendían de quienes llegaron, bajo las duras condiciones del sistema colonial.
Algunas de esas personas habían obtenido su libertad.
Otras habían nacido libres.
Sus historias también forman parte de la memoria de Guanajuato.
Aunque durante mucho tiempo sus nombres permanecieron ocultos en los archivos.
Entre aquellos habitantes vivía una mujer cuyo nombre habría podido desaparecer para siempre.
Una mujer mulata libre.
Casada con un hombre llamado Francisco Rodríguez.
Vecina de Salvatierra.
Los documentos la identifican como:
Petrona Theresa Novara.
Pero también registran el sobrenombre con el que era conocida:
La Sorda.
No sabemos con certeza su edad.
Tampoco conocemos su apariencia física.
No tenemos un retrato suyo.
Ni podemos asegurar cómo transcurría cada día de su vida.
Sin embargo, un expediente conservó algunos fragmentos de su historia.
Y esos fragmentos nos muestran a una mujer relacionada con prácticas que sus contemporáneos describieron como remedios, curaciones y supersticiones.
En una sociedad donde la enfermedad podía representar una amenaza constante, muchas familias recurrían a los conocimientos transmitidos por generaciones.
Las plantas podían convertirse en infusiones, emplastos o preparados.
Las oraciones acompañaban los tratamientos.
Y algunas prácticas combinaban creencias religiosas con explicaciones que hoy nos resultan extrañas.
No siempre existía una frontera clara entre la medicina popular y aquello que las autoridades consideraban superstición.
Imaginemos una conversación entre vecinos de aquella ciudad.
Dicen que en San Juan vive una mujer que conoce ciertos remedios.
¿Una curandera?
No lo sé. Algunos hablan bien de ella. Otros dicen cosas diferentes.
¿Y cómo se llama?
Petrona Theresa.
La conocen como La Sorda.
Así pudieron circular los rumores en una ciudad donde la reputación de una persona dependía, en buena medida, de lo que sus vecinos dijeran de ella.
Pero debemos recordar que no tenemos pruebas de que esta conversación ocurriera.
Lo que sí sabemos es que, con el paso del tiempo, Petrona adquirió fama pública de practicar acciones consideradas supersticiosas.
Y aquella reputación terminó por llevarla ante las autoridades.
Mientras tanto, en otra vivienda de Salvatierra, se desarrollaba un conflicto familiar.
Un albañil llamado Salvador Merino vivía con su esposa, Rita Antonia.
Ella también era mulata libre.
Su matrimonio atravesaba dificultades.
En las declaraciones posteriores, Rita hablaría de los malos tratos que recibía de su marido.
Buscaba una solución.
Algo que le permitiera terminar con aquellos sufrimientos.
Y fue entonces cuando apareció la posibilidad de acudir a una mujer que conocía ciertos remedios.
Una mujer llamada Petrona Theresa.
Aquella decisión desencadenaría una investigación que involucraría al alcalde de Salvatierra, a varios testigos y al comisario del Santo Oficio.
Pero todavía faltaba algo.
Unos pequeños envoltorios.
Unos polvos de composición desconocida.
Y un objeto que despertaría todavía más sospechas.
Un hueso atribuido a una persona muerta.
Hoy sabemos que esos objetos quedaron registrados en un expediente inquisitorial.
También sabemos que las autoridades intentaron averiguar qué eran y para qué se habían entregado.
Pero en aquel momento, cuando comenzaron a circular las acusaciones, la verdad estaba lejos de conocerse.
Estamos en agosto de 1755.
La ciudad continúa con su vida cotidiana.
Las campanas llaman a misa.
Los comerciantes abren sus negocios.
Las familias trabajan en sus casas.
Y nadie imagina que el nombre de Petrona Theresa quedará escrito en un documento que llegará hasta nuestros días.
¿Qué llevó a Rita Antonia a buscar un remedio?
¿Qué clase de ayuda esperaba recibir?
¿Y cómo terminaron unos polvos desconocidos convertidos en motivo de una acusación de hechicería?
La respuesta comienza con una mujer que buscaba escapar de los conflictos de su matrimonio.
Y con otra que, según los testimonios, prometió ayudarla.
En nuestro próximo capítulo:
LA MUJER DE LOS REMEDIOS SECRETOS.
Porque en la Salvatierra colonial, aquello que para una persona era un remedio, para otra podía convertirse en una amenaza.
Escuchaste Los Expedientes Secretos del Bajío.
Una serie especial de Día de Muertos basada en documentos históricos de la Nueva España.
Continuará...