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viernes, 7 de marzo de 2014
miércoles, 24 de diciembre de 2008
Análisis filosófico del poema "Primero Sueño" de sor Juana Inés de la Cruz por Pascual Zárate Avila
La filosofía subyacente de sor Juana Inés de la Cruz
por Pascual Zárate Avila
Introducción
Para entender con mayor claridad los trabajos intelectuales y la concepción del mundo que nos expone sor Juana Inés de la Cruz, a lo largo de sus poemas y, muy especialmente, en el poema “Primero Sueño”, se hace necesario dar un recordatorio general al estado intelectual que imperaba en Europa y su diferencia con la Nueva España, en el siglo XVII.
En lo referente a la institución religiosa, el cristianismo, éste había sufrido la perdida de gran parte de su autoridad en Europa, a partir de la crisis de la Reforma encabezada por Martín Lutero y de la redefinición dogmática de la Contra-Reforma sucedida en el siglo XVI. Esto nos habla de la decadencia de la religión cristiana al escindirse en dos ramas importantes dentro de la cultura occidental: el protestantismo y el catolicismo.
El cristianismo reavivado por el Concilio de Trento, es el que se predica en América, produciendo un esplendor cultural en este continente que podemos definir por el ideal de armonía entre el Pueblo, el Estado y la Iglesia. Pero el espíritu racionalista de Descartes y el movimiento renacentista procurarían introducirse en el pensamiento colonial de la Nueva España.
Con dificultades, y por medio de segundos autores, se propalaron las nociones del pensamiento moderno entre algunos miembros de la le intelectualidad colonial. Tal vez uno de los mayores conocedores de la filosofía moderna lo fue Carlos de Sigüenza y Góngora.
De una manera indirecta de la lectura de los clásicos modernos, sor Juana Inés de la Cruz asimila, fundamentalmente, la aspiración de conocimientos naturales, pregonado por los autores renacentistas. Pero fiel a su fe y creencias no puede desechar la cultura y visión mística del mundo, aunque intenta vindivicarla al pasarla a la práctica para la adquisición de conocimientos naturales en coherencia lógica con la mística deísta, postulándola como una vía factible para ello. El resultado más importante de éste intento sor juanino, es la enunciación de que la tradición mística española de la Contra-Reforma, no logra llegar por la vía naturalista que recorre sor Juana, al objetivo que se propone: vislumbrar a Dios a través del conocimiento y contemplación de los fenómenos naturales.
Pero lo más grave es que tampoco logra sentar conocimientos ciertos de la cosas naturales al no explicar los fenómenos de manera efectiva, sino que se queda en la apariencialidad y en la referencia a otras causas últimas, que por ser últimas nada refieren de la especificidad de los fenómenos en los objetos mismos.
Sor Juana afirma que se logrará mayor acceso al mismo dogma y tratados teológicos investigando empíricamente los objetos naturales, lo cual, según su propuesta, permitirá una revitalización en la comprensión de la doctrina Católica y del mundo.
Por ello, en la lectura del poema “Primero Sueño”, escrito por sor Juana cuatro años antes de morir, podemos encontrar la vitalidad y el altísimo nivel expresivo de la lengua castellana en la Nueva España, del sentido de las interrogantes planteadas en su poema, con cuyas respuestas se construirá la identidad nacional mexicana mediante los continuadores de la elaboración de la filosofía humanista, a la que estarán llamados los pensadores americanos en los siglos posteriores a son Juana.
Para entender con mayor claridad los trabajos intelectuales y la concepción del mundo que nos expone sor Juana Inés de la Cruz, a lo largo de sus poemas y, muy especialmente, en el poema “Primero Sueño”, se hace necesario dar un recordatorio general al estado intelectual que imperaba en Europa y su diferencia con la Nueva España, en el siglo XVII.
En lo referente a la institución religiosa, el cristianismo, éste había sufrido la perdida de gran parte de su autoridad en Europa, a partir de la crisis de la Reforma encabezada por Martín Lutero y de la redefinición dogmática de la Contra-Reforma sucedida en el siglo XVI. Esto nos habla de la decadencia de la religión cristiana al escindirse en dos ramas importantes dentro de la cultura occidental: el protestantismo y el catolicismo.
El cristianismo reavivado por el Concilio de Trento, es el que se predica en América, produciendo un esplendor cultural en este continente que podemos definir por el ideal de armonía entre el Pueblo, el Estado y la Iglesia. Pero el espíritu racionalista de Descartes y el movimiento renacentista procurarían introducirse en el pensamiento colonial de la Nueva España.
Con dificultades, y por medio de segundos autores, se propalaron las nociones del pensamiento moderno entre algunos miembros de la le intelectualidad colonial. Tal vez uno de los mayores conocedores de la filosofía moderna lo fue Carlos de Sigüenza y Góngora.
De una manera indirecta de la lectura de los clásicos modernos, sor Juana Inés de la Cruz asimila, fundamentalmente, la aspiración de conocimientos naturales, pregonado por los autores renacentistas. Pero fiel a su fe y creencias no puede desechar la cultura y visión mística del mundo, aunque intenta vindivicarla al pasarla a la práctica para la adquisición de conocimientos naturales en coherencia lógica con la mística deísta, postulándola como una vía factible para ello. El resultado más importante de éste intento sor juanino, es la enunciación de que la tradición mística española de la Contra-Reforma, no logra llegar por la vía naturalista que recorre sor Juana, al objetivo que se propone: vislumbrar a Dios a través del conocimiento y contemplación de los fenómenos naturales.
Pero lo más grave es que tampoco logra sentar conocimientos ciertos de la cosas naturales al no explicar los fenómenos de manera efectiva, sino que se queda en la apariencialidad y en la referencia a otras causas últimas, que por ser últimas nada refieren de la especificidad de los fenómenos en los objetos mismos.
Sor Juana afirma que se logrará mayor acceso al mismo dogma y tratados teológicos investigando empíricamente los objetos naturales, lo cual, según su propuesta, permitirá una revitalización en la comprensión de la doctrina Católica y del mundo.
Por ello, en la lectura del poema “Primero Sueño”, escrito por sor Juana cuatro años antes de morir, podemos encontrar la vitalidad y el altísimo nivel expresivo de la lengua castellana en la Nueva España, del sentido de las interrogantes planteadas en su poema, con cuyas respuestas se construirá la identidad nacional mexicana mediante los continuadores de la elaboración de la filosofía humanista, a la que estarán llamados los pensadores americanos en los siglos posteriores a son Juana.
La Expresión de la Filosofía
En el presente trabajo de investigación sobre la filosofía en sor Juana Inés de la Cruz, nos encontramos, de entrada, con la muy específica manera de manifestar su pensamiento filosófico a través de la poesía. No es ella quien inaugura la expresión filosófica por medio de la poesía, ya antes Parménides y Lucrecio la utilizaron con éxito. Dedicaremos una pequeña parte a estudiar la relación posible de la poesía como medio de expresión de la filosofía.
Nos encontramos que los filósofos han utilizado géneros literarios para expresar su filosofía, así tenemos que el poema lo utilizó Parménides y lucrecio; el diálogo Platón y Berkeley; el tratado o notas magistrales Aristóteles; la diatriba los Cínicos; la exhortación y la epístola los Estoicos; las confesiones san Agustín; las glosas, comentarios, cuestiones, disputaciones y sumas los escolásticos; la guía Maimónides; la autobiografía intelectual Descartes; el tratado geométrico Spinoza; el ensayo Montaigne, Locke y Hume; los aforismos Francis Bacon, Nietzsche y Wittgenstein; el diario filosófico Kierkegaard y Gabriel Marcel; la novela Unamuno, Camus, etc.
No quiere decir que esos modos de exposición antes mencionados fueron las formas exclusivas de cada autor para manifestar su pensamiento filosófico, también, utilizaron otras maneras de expresión, pero al haber sido a través de esos modos por los cuales han dado a conocer parte fundamental de sus respectivas filosofía, por ello que se nos presenta plantear como es que está dada la problemática entre contenido (idea) y forma (exposición).
Es decir ¿se halla la expresión unida al contenido? Desde luego que a cada tipo de doctrina no corresponde una determinada forma de expresión, pero si, los filósofos han adoptado los géneros de expresión que mejor encajan en las formas generales de su pensar o con las más vigentes de su época.
Consideramos que la idea filosófica es separable de la forma originalmente estructurada por el autor, si no de entrada negamos la validez del presente trabajo que intenta explicitar el contenido filosófico expresado en una determinada forma de expresión, a grosso modo, pasar de un lenguaje filosófico versificado a uno prosificado, expresando la misma idea filosófica.
El Lenguaje Poético
Podemos empezar marcando una distinción de los lenguajes en dos tipos: un lenguaje llamado cognoscitivo, propio de la obra científica, y un lenguaje llamado emotivo, propio de la obra literaria y, en general, artística. También, al lenguaje científico se le llama: indicativo, enunciativo, referencial y, a veces, simbólico. Al lenguaje emotivo se le llama, a veces, evocativo o lírico. Al lenguaje cognoscitivo se le asigna una función informativa y al lenguaje emotivo una función expresiva. En el lenguaje cognoscitivo la forma puede ser separada del contenido, mientras que el lenguaje emotivo forma y contenido son indisolubles. Se considera al lenguaje científico reversible, mientras el lenguaje emotivo es irreversible. El lenguaje cognoscitivo enuncia de algo si existe o no, si es o no de cierto modo y, por tanto, sus enunciados son verdaderos o falsos,; mientras el lenguaje emotivo es indiferente a la verdad o falsedad de sus expresiones. El lenguaje cognoscitivo es un lenguaje abierto, susceptible de rectificación, de acuerdo con las observaciones, mientras que el lenguaje emotivo es un lenguaje cerrado; una vez constituido, la obra de arte es inmodificable y forma un universo aparte.
A este modo de dividir los lenguajes se le han lanzado varias críticas, principalmente la de considerar que el lenguaje artístico, particularmente el poético, no se reduce a lo emotivo y evocativo. Tampoco se considera que el lenguaje poético no diga algo acerca de lo real, aunque lo que dice es algo distinto de los enunciados por el lenguaje científico.
Aunque se mantiene una diferencia entre los dos lenguajes pero resistiendo a llamara uno enunciativo y al otro evocativo, pero sus diferencias se mantienen en una línea de continuidad. Así tenemos que entre los enunciados científicos algunos no dependen directamente de las observaciones de la realidad exterior y se atienden a ciertas exigencias de la construcción conceptual. y, también, que en el lenguaje poético hay expresiones que se refieren a realidades exteriores. Se llega al acuerdo de que puede ser que la diferencia entre la obra científica y la literatura sea sólo una diferencia de tendencias. Considerando la innegable diferencia de estructura entre los dos lenguajes (por ejemplo, el carácter respectivamente reversible e irreversible de cada no de ellos), no impide que ambos coincidan en un terreno común: de ser ambos lenguajes sujetos a las mismas leyes de todo universo lingüístico, y de participar de las dimensiones sintáctica, semántica y pragmática.
Se considera, también, desde el punto de vista del lenguaje que la expresión poética en vez de no decir nada, dice, por el contrario, muchas cosas. esto se debe a que el lenguaje poético es primordialmente implícito, en tanto que el lenguaje científico tiende a ser explícito; las expresiones del lenguaje poético no tienen, como la científica, una, ni como la puramente exclamativa, ninguna significación; se puede considerar que el lenguaje poético es más rico que el científico, pero por ello sacrifica lo que el lenguaje científico logra: la precisión, unisignificativa, de la expresión.
De tal forma se desarrollo el lenguaje poético que puede, cuando se usa para manifestar ideas filosóficas, dar pie a confusiones en la interpretación. Por ello se hace necesario un análisis de los conceptos usados, en sus múltiples significaciones, de tal manera que podamos hacer, aunque la empresa se presenta difícil y ardua, una explicitación del lenguaje implícito para una correcta interpretación de las ideas filosóficas que se encuentran implícitas en ese lenguaje poético, aunque podemos correr el peligro de querer ver en ciertas palabras, una referencia filosófica donde sólo se encuentra en su uso poético distante del filosófico.
Ahora bien, puede existir un uso metafórico o figurado de ideas preponderantemente filosóficas, donde el vocablo de referencia directa es sustituido por otro análogo o similar, pero esto nos presenta el problema de saber la validez de tal uso, por ello dedicaremos una cuantas reflexiones al respecto; dado, también, a que consideramos que sor Juana trató un tema cognoscitivo en una estructura poética, da ahí que sea factible separa lo cognoscitivo de su forma, sin por ello ser disolvente de la idea.
La Metáfora
Aunque no está claramente abordado el problema del uso de la metáfora en filosofía, encontramos antecedentes de su uso para expresar ideas filosóficas y no por ello se le ha restado validez al pensamiento filosófico que así se expresa.
El antecedente más ilustre y significativo lo representa Platón, quien utilizó el lenguaje figurado con cierta frecuencia sin precisar en qué consistía: a veces se trataba de una imagen, a veces del hecho de comparar. Para Platón el verbo metaforizar significa simplemente, como se ve en el Critias, traducir un nombre de un lenguaje a otro lenguaje, de acuerdo con la significación primaria del término: transportar (una carga) de un lugar a otro.
Platón no presenta una teoría que permita saber exactamente qué es la metáfora, por qué se considera legítimo su uso en filosofía, y en qué se distingue de la mera comparación o símil. Pero de cualquier forma parece evidente, sin embargo, que Platón no consideraba la metáfora y el lenguaje figurado en general, como un procedimiento ilegítimo para la exposición del saber filosófico. Esto es importante para nuestro estudio del uso que de él pueda hace sor Juana, ya que ella antes que nada recobra la sabiduría griega. Aunque para llegar a un claro conocimiento de la cuestión es necesario ante todo forjarse una mejor y más precisa definición de la metáfora que la proporcionada por Aristóteles en la Poética y en la Rhetórica: “La metáfora es una transferencia del género a la especia, o de éste aquel, según relaciones de analogía. La comparación es, también, una metáfora, pero mientras la primera es explícita (se dice por ejemplo: Aquiles lucho como un león), la segunda es implícita ( se dice que Aquiles era un león)”.
No basta, en efecto, hacer de la metáfora una comparación sintetizada; hay que agregar que mientras la comparación aparece como algo externo, la metáfora es interna a la frase y forma parte de ella, no pudiendo ser eliminada ni sustituida. Por lo tanto, la metáfora es este sentido no explica, sino que describe. Unamuno decía que “el discurrir en metáforas es uno de los más naturales y espontáneos, a la vez que uno de los más filosóficos modos de discusión. Los que se creen más libres de ellas, andan entre sus malla enredados” (Ensayos, 1917, pp 44-45).
Frente a la abundancia del lenguaje figurado en Platón, Aristóteles predicó la necesidad de una extrema sobriedad. Cierto que en diversos pasajes de la Rhetórica Aristóteles trajo normas para el uso de la metáfora. Pero ello se refería al lenguaje poético, donde el buen uso metafórico es una muestra del genio.
En el lenguaje científico, en cambio, la metáfora debe suprimirse si quiere evitarse la ambigüedad y la equivocidad. Aristóteles dice que “si en la discusión dialéctica hay que evitar las metáforas, es obvio, así mismo, que no hay que usar metáforas en la definición” y que “en todos los casos en que un problema resulta difícil de atacar, hay que suponer que necesita una definición o que ha sido expresado multívocamente o en sentido metafórico”, no sólo, pues, que Aristóteles rechace las metáforas de Platón por considerar que ciertos términos que éste ha usado como rigurosos no son más que metáforas; la oposición a lo metafórico es constante y formal y se halla en muchos otros lugares del corpus aristotélico, Los filósofos de dirección aristotélica siguieron esta tendencia a diferencia de los filósofos de inclinación platónica, que usaron con frecuencia la metáfora. Ahora bien, aún los platónicos se inclinaron en emplearla más a modo de símil o comparación, que con vistas a la expresión formal de su pensamiento.
No es el lugar adecuado el presente trabajo para entrar en análisis de la relación entre la metáfora y la realidad, metáfora y lenguaje, bástenos saber que como es obvio la metáfora no puede constituir ser la manera de mayor precisión para expresar las ideas filosóficas. El lenguaje filosófico de expresión formal no ha prescindido del uso de la metáfora como apoyo para hacer más accesible a la comprensión sus enunciados, y, en algunos casos, las hipótesis empiezan por ser metafóricas, descriptivas, cuando aún no se desarrolla la teoría que daría la explicación formal. Tradicionalmente los filósofos se han valido de la metáfora, no como instrumento fundamental para expresar sus sistemas filosóficos, pero si como instrumento mental imprescindible del pensamiento filosófico, pues la metáfora se emplea cuando una nueva significación surge a la cual hay que darle un nombre o aplicarle una expresión sin forjar un neologismo o utilizar una fórmula simbólica, antes al contrario, empleando el repertorio del lenguaje usadero. La corriente lógico-positivista que tendía a evitar equívocos y ambigüedades en los términos y, consecuentemente, se oponía al uso de la metáfora, al intentar un sistema de símbolos con significados fijados por definición, se olvidó del proceso de extensión continua y del consiguiente estado permanente de fluencia del lenguaje.
Lo que muchas veces nos parece ausente de metáfora es una metáfora muerta. El significado de cada término del lenguaje como sistema de comunicación, no simplemente como un sistema formal, no puede ser representado por un punto fijo, sino por un área, que se contrae y distiende y que, desde luego, se comunica con áreas a veces contiguas y a veces remotas. A excepción de algunos términos forjados convencionalmente para propósitos científicos, no hay términos de un lenguaje natural cualquiera que no sea o no haya sido metafórico, por lo menos en un sentido anticuario, es decir, que su significado actual se originó en una extensión de una significación más antigua, esto claro, si pudiéramos rastrearlo en su historia.
jueves, 11 de diciembre de 2008
Tirso Rafael Córdoba reseñado por Jesús Guisa y Azevedo
Reseña de los estudios entre académicos de la Lengua
Por Pascual Zárate Avila
http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018810/1080018810.html sitio donde está el libro digitalizado en el que estudió Federico Escobedo las lecciones de literatura impartidas en Salvatierra por Tirso Rafael Córdoba, y que en Puebla le valiera a Escobedo el asombro de maestros y compañeros por su dominio del "Manual de Literatura Novo Hispana" de don Tirso, y que fue el primer libro de texto que se empleó en las escuelas de Salvatierra, antes, incluso que en el resto del país.
HUMANISTAS MEXICANOS TIRSO RAFAEL CÓRDOBA
Nació en Zinapécuaro, Mich., el 28 de enero de 1838; falleció en Puebla, Pue., el 14 de diciembre de 1889. Ingresó en la Academia el 29 de marzo de 1881 como numerario; silla que ocupó: XIII (2º).
Discurso de Jesús Guisa y Azevedo:
Es cosa plausible, sin género de duda, que en México se den hombres sesudos, reflexivos por el mismo caso, llenos de experiencia, justamente de esa que desentraña las obscuridades de la propia conciencia y hace luz, a fuerza de ser vivida con profundidad la propia vida, en el dédalo de lo espontáneo y lo instintivo. Y un ejemplo, de singular atracción, en gracia a su fecunda labor, consistente ésta en la noble enseñanza de las letras, tanto profanas como sacras, lo tenemos en don Tirso Rafael Córdoba. De conocimientos humanísticos, cuya amplitud sólo es posible mediante el comercio con los clásicos de la antigüedad, los cuales conocimientos adquirió en el Seminario de Morelia, fuente fecunda, desde tiempo inmemorial, de la cultura greco-romana, tuvo ahincados afanes en propagarlos y comunicarlos.
Su prudencia reposada, su intuición certera, su constante voluntad, su desinteresada afición a la enseñanza, su decidido amor a la juventud y, en suma, su noble deseo, trasladado a los hechos tan pronto como le era dable, de elevar la cultura de las escuelas, son virtudes cívicas que le vienen de esa hondura de alma que adquirió al paso de su experiencia de hombre cabal.
Estudioso, inquieto, movido, despertado al gusto de la contemplación de la belleza, de la belleza moral y de la belleza literaria, abogado de actividad profesional muy socorrida y, en razón de esto, solicitado por la política; casado, pero, ya viudo, sacerdote, tuvo una amplitud espiritual, una riqueza psicológica, por tanto, que le valió ser un maestro consumado; singular caso de hombre de gran seso y de amplia experiencia.
Don Enrique Cordero y Torres, dedicado, desde hace mucho, a dar a conocer todo lo que se relacione con Puebla, ciudad y estado, se trate de poblanos de nacimiento o de poblanos de vecindad, le ha seguido la huella a don Tirso Rafael Córdoba, michoacano de Morelia.
Don Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, Rector que fue del Seminario de Morelia, al ser nombrado obispo de la Puebla de los Ángeles, se hizo acompañar de don Tirso, quien, alumno, primero, después profesor del Seminario Palafoxiano, dio clases en otros establecimientos, como el Liceo Carpio. En Zacapoaxtla fundó un Colegio Preparatorio. Ya en México fue colaborador de don Teodosio Lares, de don Pedro Escudero y Echánove, de don Joaquín Velázquez de León y de don Fernando Ramírez.
Muerta su esposa vuelve a Morelia y, ordenado, es cura párroco de Salvatierra, Guanajuato.
Un niño de 12 años, nacido en 1874, es de los pequeños feligreses del cura Córdoba. Ese niño fue adivinado en sus capacidades, penetrado, descubierto por el dicho cura y, guiado, alentado además, por éste, sintió tener la vocación de hombre de letras, sencillamente gran humanista, la cual vocación seguida fielmente, pese a graves contratiempos por la ruina de su casa y la muerte de su padre, lo llevó ya crecido y llegado a madurez, a plenitud. Se trata del padre don Federico Escobedo, Tamiro Miceneo, entre los árcades de Roma, individuo de Número de la Academia Mexicana, honra y prez de ella y de las letras castellanas.
Don Tirso Rafael Córdoba fue, más que todo, habiendo sido muchas cosas, y habiéndolo sido con notable mérito, un maestro que supo enseñar y que, al enseñar, supo interesar a sus alumnos en las bellas cosas de la vida, en ese íntimo acercamiento y vecindad permanente con el pensamiento de los grandes escritores y de los grandes poetas. Él mismo fue poeta. Tiene un canto a Salvatierra que habría de corear más tarde, con un sentimiento de nativo del lugar, identificado, por el consiguiente, con la belleza del panorama y el sosiego de los contornos, su alumno y seguidor, el padre Escobedo.
La grandeza de alma de don Tirso, el ensanchamiento de su persona, originado y mantenido por la amplitud de su experiencia de hombre inquieto, de político, de orador, nos hacen apreciar su gran valía humana. Sin duda que en su magisterio, el de la cátedra, el del púlpito, el de las revistas y diarios, el de sus composiciones poéticas, avivó la curiosidad intelectual de muchos jóvenes. El caso más notable, que opaca o hace olvidar el caso de otros, es el del padre Escobedo.
Aristóteles decía que el primer principio de la sabiduría era el de creer en la palabra del maestro; puede el alumno rectificar o ratificar a su maestro y, lo que más vale, superarlo; pero, como quiera que sea, se requiere, de todo punto, ese primer movimiento del que sabe al que no sabe. Y que don Tirso Rafael Córdoba haya sido un maestro, lo atestigua el caso tan patente de su alumno, el padre Escobedo.
El historiador de las cosas de Puebla, el ya citado don Enrique Cordero y Torres, Correspondiente de la Academia, da en su Diccionario de hombres notables, pormenorizada relación de las andanzas, quehaceres, traducciones, sermones, escritos de don Tirso y de las revistas y diarios en que colaboró, así como de los establecimientos docentes en que enseñó.
El jesuita don Joaquín Márquez Montiel en su libro: Hombres célebres de Puebla, hace mención de don Tirso y reproduce algunas de sus poesías. No, no es ignorado nuestro autor, y que vayamos a él y le frecuentemos es cosa debida a nuestra información.
Jesús Guisa y Azevedo
Semblanzas de Académicos. Ediciones del Centenario de la Academia Mexicana. México, 1975, 313 pp.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
Jesús Guisa y Azevedo en la pintura
Diego Rivera pinta a Jesús Guisa y Azevedo
Diego Rivera, Luis María Martínez y Jesús Guisa
sábado, 6 de diciembre de 2008
El hombre como centro de la cultura
Historia oral de una conversación con mi papá
Pascual Zárate Avila
La casa tiene al fondo el comedor y la cocina, los dos lugares de socialización familiar. El comedor adornado con las pinturas escolares de las hijas del doctor Miguel Zárate es el espacio de conversación en la sobremesa. La penumbra nocturna cubre la risa alegre del doctor Zárate al platicar la reunión en el Club de Leones con el filósofo Jesús Guisa y Azevedo. La risa la siente descansada y las lágrimas brotan por el esfuerzo de las carcajadas. Una risa tal vez contradictoria, una alegria contagiada por la estatura intelectual y moral del filósofo J., al que llaman ahora con mucha reverencia Maestro. Reproduce la conversación en la tertulia de la cueva del Club de Leones, y no deja de reir por la ocurrencia del maestro J. cuando contesta a la pregunta: Maestro ¿Cómo le va en la Academia de la Lengua?. La respuesta es súbita: ¡Los de la Académia Mexicana de la Lengua son peores al designar a sus miembros de manera amafiada, frente a ellos el partido oficial palidece en lo político! Y la risa se desplaza por todo el patio y el portal de la casa. cuando repite sus palabras en la casa.
El filósofo J., renuncia a la academia y le manda una carta al secretario de Educación, Porfiro Muñoz Ledo, su alumno en la UNAM en la cátedra de Filosofía del Dercho, y le da cuenta de la negativa a registrar al candidato propuesto por él para acupar una silla vacante en la academia. El nombre del publicista propuesto simplemente no lo toman en cuenta y estalla el filósofo J., sale mentando madres de la casona de los academicos en Donceles. Años después, el publicista será admitido en la academia y reconocido por fundar el Museo Iconográfico del Quijote en la ciudad de Guanajuato.
Al doctor Zárate le parece muy elocuente el episodio de las prácticas políticas de los mexicanos. Del nombramiento de obispos y curas, ni hablar, son más sigilosas y con más "tapados" por la curia diocesana, también lo menciona el filósofo J.
Acaba de fustigar, en la conferencia sobre el patrimonio cultural edificado de Salvatierra, al comerciante Jesús Villafuerte, quien demuele la primera ermita construida por los Carmelitas Descalzos en la ciudad. Y dice cuál debe ser el castigo: "Pasearlo desnudo por la ciudad y azotarle las nalgas con varas de membrillo mojadas". La risa en la sesión cultural del Club es generalizada, el humor ante las desgracias es un alivio para los asistentes.
Son chispiantes las respuestas del filósofo J., a la siguiente pregunta del doctor Zárate sobre el retrato de Diego Rivera dice: "No lo quería vender, pero me llegaron al precio ahora con la muerte de Diego". Risas de todos. Y cuenta cómo hizo ese cuadro Diego Rivera. "Los comunistas dieron por invitarme a sus tertulias en un bar, en el centro histórico de México. Pasamos largas horas de discusión sobre la concepción del hombre y la vida política de México a lo largo de toda la historia. Diego me llama en esas reuniones, con cierto afecto ´paisano´. Las desveladas son prolongadas. El corrillo lo hacemos muy polémico, realmente ellos son mis enemigos políticos, pero mi más grandes benefactores. Un buen día Diego me invita a su casa y llegando me dice sientate ahí. Era un banquito un poco incomodo. Pone en mis manos un libro forrado con piel de cerdo aún con las marcas de la librería del convento de los Carmelitas Descalzos de Coyoacán, escrito en latín culto y me pide leerlo. Y leo traduciendo, es sobre la Virgen del Monte Carmelo. Y Diego toma un lienzo y pinta entretenido por espacio de una hora, luego me pide seguir con el trabajo al día siguiente. El boceto lo alcanzo a ver al despedirme del "paisano" Diego. Y así durante una semana y finalmente me regala mi retrato, lo firma al momento de la entrega. Veo la expresión de mi rostro, no parece en ningún momento un rostro apacible de lector, más bien es mi cara cuando polemizo con él en las noches de tertulia con los comunistas. Mi mirada es muy incisiva en el cuadro. La obra es un retrato de estudio psicológico muy halagado por los criticos de Bellas Artes. Lo puse en la sala de la casa y mis visitantes siempre me pedía vendérselos. Pero cuando muere Digo verdaderamente me llegaron al precio".
La noche siguiente el doctor Zárate sige riendo de esa tertulia y la platica en la casa con grandes ademanes, el brazo lo sube y lo baja en el momento de relatar las respuestas inesperadas del filósofo J. y le da por carcajear ruidosamente en ese momento. La risa es la liberaciónde su tensión personal adquirida cuando renuncia la dirección del Hospital Civil de Salvatierra. Redacta una carta muy clara dirigida al jefe de la juridicción sanitario de la zona de Acámbaro, el entonces diputado Flores Malagón, el mismo contra el que contendió el filósofo J., con el Partido Fuerza Popular. Una renuncia muy clara en sus término "por no estar de acuerdo en entregar mobiliario del hospital civil de Salvatierra para otros hospitales de la jurisdicción, pues sólo busca la lisonja política usted diputado Flores Malagón".
Un gesto de dignidad muy encomiado por el filósofo J., en los periódicos donde escribe. Y esa identidad moral le causa una enorme simpatía al doctor Zárate por las evocaciones de sus años de funcionario de las instituciones del gobierno.
Para él queda en su recuerdo como una memorable conversación, distinta a su encalmada y meditabunda actitud acostumbrada por las preocupaciones diarias, y a los desatinos de las pláticas pueblerinas.
viernes, 5 de diciembre de 2008
Un fascista salvaterrense vuelto demócrata cristiano: Jesús Guisa y Azevedo
La democracia cristiana en tiempos de Francisco Franco y Jesús Guisa y Azevedo
Pascual Zárate Avila
Libro de Jesús Guisa y Azevedo elogiando la reacción política
La guerra civil española concluye con la victoria del franquismo. Los intelectuales de la Rerum Novarum acogen con esperanzas la formación de un gobierno demócrata cristiano en España. El llamado generalísimo Francisco Franco es definido como fascista por los intelectuales de España y abandonan las cátedras universitarias, la dirección de periódicos y hospitales.
Los aviones stukas, de la fuerza Lufheten alemana, son la prueba palpable de la afinidad política de Adolfo Hitler y Francisco Franco como dictadores fascistas. El mundo periodistico acepta como verdad la conclusión del fascismo español.
Nuestro filósofo salvaterrense Jesús Guisa y Azevedo (J), crea la revista Lectura, y escribe con toda la erudicción de la que es capaz ensayos filosóficos para defender al régimen del generalísimo Francisco Franco, dictador de España por la gracia de Dios. Sobre la especie periodística de los intelectuales españoles dejando desiertas todos los puestos importantes de la universidades, hospitales, periódicos y centros culturales, el filósofo J., publica una larga lista de los directores y sus méritos académicos para aseverar la permanencia de la inteligencia en el régimen franquista. Publicación muy debatida en cuanto la comparación con los emigrados españoles llegados a México, considerados por el filósofo J., como profesores de segunda enseñanza desmedidamente ponderados en México como lumbreras.
Ya instalado el régimen franquista el filósofo J., recibe la invitación para un congreso de compañias editoriales. Con mucho gusto toma el avión a los Estados Unidos, donde no le permiten abordar el vuelo a Madrid, y le impiden el dercho universal de transitar libremente, y además lo tachan de fascista desde la prensa norteamericana.
Este ataque a la libertad, a los derechos naturales del hombre lo denuncia el filósofo J., en la revista Lectura e inicia un agrio debate con los "rojos" del gobierno Cardenista. El filósofo J., en la prensa es la personificación del fascismo mexicano, y también es tachado de reaccionario, clerical y contrarrevolucionario. Adjetivos argumentados como halagos positivos por el filósofo J., a excepción de la definición política de fascista, de la que se deslinda mediante una magna obra donde diferencia a nivel de la filosofía de la cultura la contradicción entre la cultura hispana con la cultura germana. Una obra publicada durante la segunda guerra mundial como "Hispanismo y Germanismo", donde niega la posibilidad de asumir ninguna postura fascista, ni el nazismo hitleriano por ser contrario al hispanismo, cuya mejor obra es ser el seno materno, en la cultura occidental cristiana, de donde nacen las órdenes religiosas fundadas, nacidas del mismo espiritu de donde nace el Quijote de la Mancha, como lo son jesuítas, carmelitas descalzos y dominicos.
El filósofo J., funda, junto con Juan Antonio Urquiza, la Unión Nacional Sinarquista asumiendo la tarea de capacitar a los integrantes y difundir en los círculos intelectuales de México la razón de ser del sinarquismo. Recorre las principales ciudades del Bajío y explica el carácter hispano y completamente alejado del fascismo alemán del movimeinto social cristiano de la Unión Nacional Sinarquista, cuyo aliento lo compara como mitad jesuíta y mitad franciscano, por la necesidad del estudio permanente y la resignación de la vida en pobreza.
El periódico Orden de la Unión Nacional Sinarqusita difunde el distanciamiento de movimiento con el nacismo alemán y el fascismo italiano con argumentos de doctrina filosófica, comarando a santo Tomás de Aquino con Inmanuel Kant y Federico Hegel, haciendo notar las pronunciadas tesis antagónicas de ambos sistemas filosósficos.
Nuestro filósofo J., siempre niega cualquier vículo con el fascismo, y a Francis Franco, cuando asume el título de dictador, le escribe una memorable carta instandolo a dejar el poder para mayor gloria del mvimiento mundial de la democracia cristiana. carta ignorada por Franco, pero el filósofo J., empleo su pluma para reconvenirlo públicamente de su abandono de la filosofía social crsitiana y descalificándolo para ostentar ser seguidor de esa doctrina de gobierno proveniente de los documentos de la Iglesia.
jueves, 4 de diciembre de 2008
El último contrarrevolucionario de Salvatierra por Pascual Zárate Avila
Historia oral de Jesús Guisa y Azevedo
por Pascual Zárate Avila
La casa del hacendado Patricio Guisa en sus mejores tiempos compite en amplitud con las casonas solariegas de los otros diez hacendados de la ciudad. Ahora doña Josefa, viuda de Guisa, pasa largos días en el patio de la casa rezando y acompañada de sus fieles nanas y amigas del barrio de Santo Domingo, donde vive su familia desde los tiempos en que ella era la carbonera de la hacienda de Cacalote, propiedad de Patricio Guisa que sería su esposo.
Recibe con cierto pesar a su hijo filósofo Jesús Guisa y Azevedo, pues la visita especialmente cuando las cosas se le ponen feas en la Ciudad de México, donde escribe para el periódico Excélsior. Apenas ayer balasearon la casa del columnista J., los hijos de Luis Cabrera, iracundos por un artículo donde llama "ladrón" a Carranza, lo ataca quien era la memoria del ideólogo de Venustiano Carranza. Y por ello, hoy J., regresa a su casa en Salvatierra.
J., es un reconocido filósofo con titulo de doctorado por la prestigiosa Universidad de Lovaina, gusta de Salvatierra, y en los exilios periodísticos toma una banca en la puerta de la casa, a un lado del inmenso portón, pone a su lado una bolsa de cacahuates y pacientemente los pela y come, a la vez que saluda a los viejos conocidos. Y así pasa la temporada en Salvatierra, en espera prudente de calcular como para cuando las encrespadas aguas de la Ciudad de México, en su contra, están ya amainadas.
El filósofo J., sentado en la banca saborea una guayaba sápida, producto de los experimentos en los huertas de los beneméritos padres carmelitas, y ya declinando la mañana, vuelve a recordar la tarde fatídica de la llegada de la bola revolucionaria partidaria de Carranza a la hacienda de Cacalote. Ese día tomaron caballos, granos, aperos, silla de montear pitéadas, todo lo entregaron y ya en la noche pidieron la presencia del hijo mayor, Francisco, un joven de 22 años muy unido al entonces, niño Jesús, de doce años, a quien Francisco le descubre su natural talento para escribir.
Y en el patio de la hacienda los acribillan a mansalva, los tronidos de los disparos penetran a la habitación de Jesús, cuando rezaba para dormir, y enseguida entra la nana Chole pálida de sorpresa y espanto, y sin más preámbulo le dice: "asesinaron a tu papá y a tu hermano Francisco", escóndete. Voy por tu hermana y tu hermano y por tu mamá.
El filósofo J., recuerda esa noche como la más absurda de la vida, a la que no le halla explicación ninguna, sólo rabia. Cuando escribe "ladrón" refiriéndose a Carranza, en el artículo sobre Luis Cabrera, tiene la noche trágica en la mente, sus actuales agresores eran carrancistas, seguidores de Luis Cabrera, el ideólogo de la más mentirosa y falsa revolución, de una gesta armada sin justificación alguna, llena de tropelías y desmanes, piensa siempre esa conclusión y escribe autodenominándose "Contrarrevolucionario".
En la Ciudad de México publica la revista "Lectura", y en la cintilla de la portada anota: “LECTURA. La única revista declarada contrarrevolucioaria, azote de los líderes charros". Y vende la publicación todos los domingos en los atrios de los templos con el apoyo de sus hijos y de los jóvenes de la Unión Nacional Sinarquista.
Los escritos del filósofo J., levantan ámpulas siempre, pues le niega cualquier avance a los resultados de la Revolución de 1910. Ni la Constitución de 1917 representa, para J., ningún avance social o humanista: el Artículo 27 es para maniatar en los ejidos el desarrollo personal de los ejidatarios, atados como menores de edad al gobierno en turno, dice J. Y lo mismo sucede con el Artículo 123, los obreros son tomados como clientela de los sindicatos y del partido oficial. Del famoso Artículo 3, simplemente promueve con marchas de ciudadanos reformar la educación para permitir a los padres de familia decidir la educación de los hijos y la enseñanza religiosa. Es sobre este artículo donde más polémicas levanta en los diarios nacionales, pues, con precisión filosófica refuta los enunciados del laicismo y de la educación materialista, tal como lo redacta Calles, en la educación socialista. Y de esa ley devino la renuncia de Antonio Caso cuando el presidente Cárdenas le pidió alinear los planes de estudio de la UNAM a la filosofía del materialismo dialéctico. Caso renuncia al rectorado y en la renuncia lo acompaña el filósofo J., profesor de la cátedra de Filosofía Tomista en la Facultad de Filosofía. Donde levantaba memorables debates con Vicente Lombardo Toledano, y en esos años toda la planta docente esta compuesta de "rojos", solitario el filósofo J., es quien levanta la bandera de reaccionario y contrarrevolucionario, para mayor polémica en la marxista Facultad de Filosofía y Letras.
Ir contra corriente política lo lleva a largas estadías en Salvatierra, a visitar a su mamá y platicar con su nana Chole, en sobre mesas donde la elegancia del filósofo J., era imprescindible.
Los comerciantes y empleados de la tienda “Las Fábricas de Francia”, ubicada casi frente a su domicilio, sonreían al ver al maduro señor sentado en el portón de la casa, vestido con traje de casimir, gafas de carey gruesas, bigote arreglado a la francesa, comiendo cacahuates y pelándolos parsimoniosamente, notaban como a ratos su rostro refleja una mirada perdida y olvida saludar a los transeúntes amigos suyos. Y así lo ven por horas y por largas temporadas recurrentes cada año.
Información recibida de Francisco de Sales y Melchor de la Paz Guisa Hohenstein en conversaciones de amistad en 2002, CDMX.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
La continuidad de la identidad en la historia oral
Un relato de ficción sobre la amistad de dos cronistas de Salvatierra
Pascual Zárate Avila
La noche recibe una claridad lunar y no hay oscuridad en la calle, mientras Jesús García abriga su cuerpo con pesadas cobijas de lana en una habitación sencilla en Salvatierra. El recuerdo de Luis Castillo, ya desaparecido de entre los vivos, es la última imágen en su cabeza y duerme descanzando la cabeza en una mullida almohada.
Dormido sueña la conversación repetida de L., cuando era cronista, sobre la forma de empezar a conocer y apasionarse por la historia de Salvatierra. Una anécdota muy singular, el abuelo caminaba en las tardes con L., relatando la vida de los vecinos y de la propia infancia del Abuelo, en tiempos de los saraos de Maximiliano en Querétaro, la desenclaustración de los padres carmelitas y las monjas capuchinas en tiempos de Juárez y la opulencia y suntuosidad de las fachadas de las casas los hacendados y edificios públicos en el periodo de Porfiro Diaz.
Con espantada incredulidad oye, al relatar el incendio de la fábrica textil la "La Perla" por el Abuelo, los gritos de los trabajadores encerrados en la inmensa nave de los telares y ve en su imaginación cómo los encontraron amontonados en la puerta de salida y en las claraboyas donde desesperados tomaron el último aliento de aire fresco. Pero el aprendizaje caminando por la ciudad y preguntando las historias, apasiona a L., toda la vida cuenta lo aprendido y documenta en un libro de fotografìa y breves relatos, el recorrido de la historia oral del abuelo por las calles de la ciudad de Salvatierra.
El frío de la noche en invierno acelera el sueño de G. dormido en cobijas de lana abrigadoras. Ve a L., joven, activo, camina por el portal de la Luz con un grupo de niños uniformados de azul marino de alguna escuela de gobierno en la época actual. L. cuenta la historia de la fundación de la escuela secundaria parado frente a la placa conmemorativa de la primera clase de la enseñanza secundaria. Un vetusto edificio antes ocupado para dar alojo a la primera escuela primaria mixta. Y L., resplandece de gusto narrando los festejos del tercer centenario de la fundación de la ciudad, pero en la década de los cuarentas, a la misma edad representado en el sueño de G., la historia registra a L., caminando por el río Lerma en un viaje de exploración sobre el curso de las limpias, caudalosas y transparentes aguas. Casi despierta a G., la viveza de la imágen juvenil de L. en animada plática con los niños frente a la placa conmemorativa. Para nada tiene andar de abuelo, sino vigor juvenil, ansias de trasmitir el amor por la tierra donde nació y murió en el ensueño de G., donde el grupo dirige sus pasos a la puerta grandiosa de la parroquia, a la casa del amor de los amores de L., Nuestra Madre Santísima de la Luz.
Adentro la mañana ilumina los vitrales pero la nave principal esta a media luz, sólo el retablo mayor recibe en el camerín central de la Virgen de al Luz un haz de luz de clara policromía verde y roja. La voz pausada de L., la escucha G., arrobado al ver a los estudiantes sentados en las primeras bancas cercanas al presbiterio. Es como si la historia continuara sin rupturas, repitiéndose por el anhelo tan grande de L., de trasmitir aquello que en su infancia de huerfano le daba la mayor alegría y un sentimiento de pertenecer a una gran familia con toda la ciudad. Algunos niños del grupo son huerfanos, y L. lo sabe por ello con más cuidado piensa cada tema de la Virgen de la Luz, para ser la misma luz de amor de su Abuelo ante ellos.
Un perro ladra cerca de la puerta donde duerme G. y lo despierta de su alucinación nocturna. Abre los ojos y ve la hora y la fecha, el tiempo no ha transcurrido en la ciudad, sigue siendo la misma de manera eternamente conservadora, los muertos están continuando con sus propios sueños en los sueños de sus amigos. Seguro mañna verá a los niños con su maestro dentro del santuario de la Virgen de la luz.
lunes, 17 de noviembre de 2008
Flor que llora colgada en el abismo
Un cuento con alegorías del pasado en Salvatierra
por Pascual Zárate
El tiempo de las edades respeta el interior de las almas. Así la muy noble y leal ciudad de San Andrés de Salvatierra, inmóvil en su espíritu fundador deja escuchar los cantos de sus poetas por entre los corredores del verde y luminoso jardín. El sueño virreinal campea aún entre los cuchicheos de las parejas que se hablan sin pena entre besos dulces, al amparo de la fronda de los laureles de la India.
Caminando despacio una preciosa señora deja al aire su blonda cabellera y su tersa tez se inflama con un viento calmo y dócil, que trasnparenta la blancura de su sonriente boca cuando mira las fachadas porfirianas y remerora los versos de sus moradores, aquellos que se quedaron atrapadas en sus puertas y ventanas. Y ella se sienta con un aire de meditación en la frente, a repetirse mentalmente el poema "Y era, en verdad, hermosa la señora..." el poema aquel que despertó, en su autor, una vieja nostalgia por su madre Porfiria, cuando cumplió los treinta años, y donde explicó cómo él, Federico, supo qué experiencia infantil había descubierto su facultad de abrigar la fe e inciado su vocación sacerdotal y, ahí en versos, poéticamente lo narró titulándolo "Idilio".
Ahora ella estaba ahí estremeciendose por su propia experiencia, de la vez que llevó a sus hijas a conocer a la Virgen de la Luz de Salvatierra, y sentía que el tiempo había sido el mismo, 1881, y que el camino por la plaza del jardín era el mismo que transitaron Porfiria con su pequeño hijo Federico e, imaginativa y estremecida, los veía pasar a su lado tomados de la mano presurosos.
Sin embargo, ella estaba esperando la llegada de quien le contaría cómo había empezado todo lo que veía a su alrededor: las altas torres de cantera rosa de la parroquia, las fachadas coloniales y porfirianas de alegres colores, los amplios portales y corredores del jardín y la austera sede del ayuntamiento municipal, pero sobre todo, este deber católico de visitar a la Virgen de la Luz con las niñas a confesarse, y hablarles del amor espiritual de una madre por su hijo.
Y esperó, candidamente, la narración de una historia que comenzó luego de la caída de Tenochtitlán, y ya cuando los ambiciosos militares al mando de Hernán Cortés se habían repartido las mejores tierras llamadas, entonces, del Reino de la Nueva España.
Era verdad que las fotos de sus dos niñas tomadas a la orilla del río Lerma le gustaban mucho, eran bonitas y agraciadas ambas, que con sus vestidos de olanes verdeolivo y sus pliegues de tela de algodón crema hacían, en la fotografía, un conjunto armonioso de colores con los troncos ocre del viejo sabino derribado y el agua amarilla de la corriente caudalosa de ese día, que había estado soleado desde la mañana. Y sentada en la banca de hierro forjado recordando, mientras esperaba, que no fue difícil encontrar un paisaje a su gusto entre las veredas de los hortales, cerca del puente construido con piedra de tezontle por los frailes carmelitas descalzos. Si, el agua debió ser importante para fundar la ciudad, pensó viendo hacía el comienzo del corredor del jardín, esperando ver llegar a quien le platicaría la crónica de la ciudad.
Las casas del centro son de una belleza augusta, recordó que le dijeron que eran en todo muy parecidas a las de Castilla la Vieja, como que la ciudad había sido una fundación española. Y se dijo, ¿pero como soy tonta? si los conquistadores querían fundar una ciudad, es imposible que ellos no hayan escojido para vivir las mejores tierras del Reino de la Nueva España.
Era paciente M., a los que pasaban les parecía muy hermosa la señora; era de estatura pequeña, de pelo ensortijado cruzando las cuatro décadas de edad y con un aire de estudiosa por sus bien diseñados lentes. Un señor que se sentó un momento cerca de ella, después dijo que M. siempre olía a un aroma limpísimo, como que hacía su ducha tallando tres veces su tersa piel con un estropajo de magüey y con jabón perfumado. No era propiamente una salvaterrense típica, su infancia trancurrió en la ciudad de México, pero luego de su llegada al final de su niñez a Salvatierra, ya nunca salió por más de una semana de la ciudad.
Su rutina de trabajo era muy agradable para M. Atendía clientes en su despacho y las horas se le iban llenado formularios y platicando con los campesinos que la apreciaban bien, por su gentileza al tratarlos con una sonrisa de aprecio. Sus estudios los realizó en la escuela técnica de la localidad y lo que ahora sabía lo aprendió en sus largos años de trabajo, que no lo había cambiado desde que lo tomó. Su hermana pasaba a saludarla por las mañanas, eran gemelas en todo, menos en el carácter, pues M., era mayor quince minutos pero más seria y deseosa de saber más de sí misma. Como que sus emociones le representaron un enigma desde pequeña, pues siempre batalló para manejar los sentimientos de culpa por un accidente que le tocó presenciar, donde su hermano recibió una dura corriente eléctrica en la azotea de la casa mientras jugaban inocentes.
Y ahí estaba sentada con un elegante vestido floreado, con fondo negro y colores amarillos en las hojas de girasoles grandes, como los vestidos de las películas de Sofía Loren. Se parecía a "la estatua de la novia del mar esperando la llegada de los pescadores" que está en la Bahía de Campeche, aunque ella estaba a midad del corredor del jardín de espaldas a las torres de la parroquia, pero ya no era una novia. Y si, estaba emocionada, sentía que sabía poco de sí misma y de las cosas que eran suyas: su calle de la oficina, muy arbolada; las numerosas acequias de la ciudad, y del mayorazgo donde ensayaban de bastoneras sus hijas, ya hechas unas señoritas atractivas.
¿Qué quería saber del espíritu de la ciudad? ¿Qué le despertaba tanto interés como estar esperando el retraso del cronista habilitado para resolver sus dudas? ¿De qué le serviría saber sus propias tradiciones familiares y de la ciudad?
El hado adverso me parece el mismo.
Estaba por terminar su vida en medio de una apasionada celebración que abría sus recuerdos infantiles, de cuando estudiaba la primaria en el convento de San Buenaventura de la Orden de los Hermanos Menores. El cronista Luis Castillo estaba en el sanatorio cuidado por su esposa, su caída complicó todas sus afecciones cardiacas y de locomoción. Había tropezado cerca del archivo municipal, al que había impulsado que se creara de manera independiente en un edificio propio y así lo había relatado en el periodico mensual hacía cinco años.
Sin embargo, tenía una paciencia y una resignación al dolor como la de san Juan de la Cruz, quien en sus últimos días de vida, pidió que le leyeran un salmo del Cantar de los Cantares: "Por eso las muchachas se enamoran de ti..."; a su semejanza, el cronista L. pidio que le contaran de las ponencias que sobre Federico Escobedo, estaban expresando los académicos de la lengua esa noche de memoria luctuosa en la biblioteca municipal, a donde había pedido que no fallara el presidente municipal, que obsequioso lo había ayudado a llegar al santorio ese día que, también, era el último del Homenaje a Federico Escobedo.
Recostado en la cama del hospital, lo cómodo del colchón le hizo recordar las noches infantiles en la casa paterna, donde vivió con su abuelo. Ubicada en la calle antiguamente llamada de las Arrecogidas, con sólo recorrer lo largo de una cuadra del callejón, llegaba rápido a la escuela primaria de los franciscanos, donde estudiaba con empeño y extasiado por todas las historias que le contaban de la ciudad. Especialmente su abuelo le narraba el nombre de las calles en el siglo XIX, las obras de los vecinos y, -fue en esos paseos que aprendió a medir la altura de las obras de los hombre y a respetar y reconocer los méritos ajenos,- alabando con especial cariño los que beneficiaban a su querida ciudad de San Andrés de Salvatierra.
El cronista L. se sentía contento, estaba preparado para bien morir, las primeras acciones culturales en su juventud estaban ligadas a la admiración y sorpresa que le causó escuchar a Federico Escobedo, y días antes, el miércoles 8 de noviembre, había referido su ponencia en el templo del Carmen donde relató sus experiencias con él durante la coronación pontificia de la imagen de pasta de maíz de la Virgen de la Luz, y su lucha porque el nombre de la biblioteca pública llevara el de quien fue llamado Tamiro Miceneo, entre los árcades romanos, para su perpetua memoria y ejemplo de la juventud estudiosa.
Y le daba mucho gusto estar en el equipo de maduros salvaterrenses y autoridades muncipales, homenajeando al traductor de la "Rusticatio Mexicana" de Rafael Landívar. Dentro de su silencio de enfermo, sintió en su cuerpo un recorrido de emociones positivas al escuchar decir a su esposa que estuviera tranquilo, que recordara lo contento que estuvo cuando muy jóven colocó, junto al puñado de jóvenes del Club Zorros, la placa alusiva al nacimiento de Federico Escobedo en la calle Real N 14.
Lleno de recuerdos y de sondas en su cuerpo, el cronista L. estaba convencido que no moriría, que pasaba a otra vida, a una completamente espiritual, a la tierra prometida que la ciudad le había enseñado religiosamente.
Sentía la fortaleza que aprendió de la prédica de los padres carmelitas en el templo de San Ángelo Mártir sobre san Juan de la Cruz, cuando recordó que luego de esta vida Dios lo juzgaría por el bien que hubiera hecho, y sonriente pensó que era un bien su apego a la identidad de la ciudad que lo unió siempre a todos los vecinos y a la Virgen de la Luz.
Siempre escribió para educarlos y a ellos les gustaba mucho leer sus comunicados que iniciaban con el lema virreinal que anteponía al nombre de la ciudad. Era un privilegiado lema que le autorizaron las autoridades novohispanas al Cabildo en 1734, como reconocimiento de la Corona a los vecinos notables y con titulos nobiliarios, por sus servicios al Rey de España: el enunciado dice "La noble y leal ciudad de San Andrés de Salvatierra".
Sentía un aire espiritual de confort, días antes caminando con su amigo Jesús García, quien fue secretario del ayuntamiento en varias ocasiones, y que también intervino en el homenaje a Escobedo, ambos, al repasar que su juventud la dedicaron a investigar todo lo concerniente a San Andrés de Salvatierra, habían caido en la cuenta de que su formación humanista la fincaban en las tantas lecturas de todos aquellos libros escritos por los salvaterrenses: de Agustín Francisco Esquivel y Vargas, José Ignacio Basurto, el propio Escobedo, las de Jesús Guisa y Azevedo y los poemas de José Luz Ojeda y Ana María de López Tena.
Emocionado con el tema del homenaje a Federico Escobedo en sus 50 aniversario, abordó la celebración con una reflexión en una entrevista de prensa y lo justificó diciendo que "Salvatierra tiene libros propios para la educación de la juventud, escritos por sus humanistas", frase con la que los medios de comunicación de la región abrumaron de tanto que la repetían. Y la vida del cronista L. era un fiel reflejo de la forma de vida enseñada por Agustín Francisco Esquivel y Vargas en su obra "El Fénix del Amor", publicada en 1764.
Sentía un extremecimiento de confort, yacía sedado, pero un poco con imagenes de alucinación, veía a los jóvenes y niños leyendo a los poetas de Salvatierra. Estaba convencido que las obras seguirían leyendose para formar buenas personas de sus paisanos, eso se lograría inculcándoles el amor por su noble y leal ciudad de San Andrés de Salvatierra.
Todo es en la natura simbolismo
Un filósofo en Salvatierra
Por Pascual Zárate Avila
Era una mañana cálida cuando llegó a Salvatierra de la ciudad de México. La versión socialcristiana del nacionalismo estaba en auge, sus estudios de la teoría nacionalista del filósofo francés Maurras era escuchada con atención por un admirado grupo de cinco veinteañeros salvaterrenses, quienes sentían cómo su mundo aparecía claro y develado en su legado cultural citadino cuando hablaba él, un presuntuoso filósofo formado en la más prestigiosa universidad católica de Europa: Lovaina, Bélgica.
La década de los cuarentas del siglo XX traía nuevos aires del mundo industrial norteamericano. El filósofo J. les venía a proponer que ahora el nacionalismo ellos lo recuperarían tomando como base el mestizaje cultural, mediante el estudio exaltado de la lengua castellana, los símbolos sagrados de los templos católicos, las tradiciones indígenas paganas-religiosas, la historia civil local, su literatura, su música, su arquitectura, sus poetas, pero también, la flora, fauna, orografía e hidrología de Salvatierra. Había que estudiar e investigar lo local, lo específicamente propio de la ciudad, como una forma de nacionalismo duro, de agruparse para resolver los problemas del bien común y luchar por la libertad y salvación de México. Y todos eran de familias con modestos recursos.
El filósofo Jesús Guisa y Azevedo meditaba ¿cómo entusiasmarlos para adentrarlos en el movimiento nacionalista cristiano?, esperaba llegar a su casa paterna para pensarlo con serenidad. Una casona solariega que delataba su antiguo origen de clase social alta, hijo de un hacendado asesinado en la revolución, pero ahora era un intelectual de escasos recursos económicos. Pasaba de los cuarenta años, se afeitaba con precisión y vestía trajes oscuros de casimir, con el fin de lograr un mayor efecto visual a su energía de orador y polemista, que ya era legendaria en la ciudad de México.
La reunión vespertina estuvo concurrida en la nevería de la explanada del Carmen. Y empezó a explicar la propuesta empleando a la propia ciudad como forma pedagógica para la enseñanza de los valores nacionales cristianos.
Con verdadera emoción estaban alrededor del filósofo J. los que con el correr de los años adoptarían variadas formas de ganarse la vida: uno como fotógrafo, otro de maestro de primaria, aquel de dramaturgo, ese otro de comerciante y, el más apasionado, de cronista en sus años de jubilación.
Momentos antes el comentario del grupo en amena tertulia, era el recién formado Club de Leones Internacional, integrado con los profesionistas, profesores eméritos, jefes de las oficinas de gobierno, ricos comerciantes y empresarios de las imprentas de la ciudad. Su divisa era servir a los demás. Todos ellos de reconocida solvencia económica y moral.
"Es una verdad y repetida verdad, -empezó a disertar el filósofo J.- que en esta noble ciudad aprendimos de las órdenes religiosas de los Carmelitas Descalzos, de los Hermanos Menores franciscanos, de los Agustinos y de los Predicadores dominicos, órdenes mendicantes, de pobreza extrema y oración continua. De ellos aprendimos a tener horarios de rezo, de alimentos, de labores manuales, de reflexión, de investigación agrícola, de lectura y de ejercicios de caridad. Una vida ordenada basada en el desprendimiento en el trabajo. Cada fraile realizaba su labor poniendo al servicio de los demás sus dones personales a cambio de vivir en la comunidad religiosa con reglas de obediencia, celibato, oración y pobreza. Y es una verdad dicha repetidas veces, reiterada aquí mismo, que la ciudad levantó sus monumentales edificios conventuales, fertilizó el valle, abrió canales, crió ganados y diversifico cultivos en las huertas, especialmente la guayaba, basada en la pobreza de sus frailecillos. Entonces, la pobreza no es impedimento para servir a los demás de manera cristiana, intelectual, caritativa y económicamente."
El joven L. que sería cronista en su jubilación, sonrió con inteligencia, pues oir con atención al filósofo J, le acababa de resolver su duda sobre el servicio a los demás. Era cierto que los miembros del Club de Leones servían a la ciudad tomando encuenta su prosperidad económica y capacidad intelectual. Pero entre ellos, que de los cinco, no había uno que no dijera que apenas traía para pagar la limonada que tomaba a sorbos pequeños, plantear que trabajaría para servir a los demás desinteresadamente, se les aparecía como una idea desmedida. Pero no, ahí frente a ellos estaba el conjunto conventual del los Carmelitas Descalzos, una orden religiosa reformada por santa Teresa de Jesús, y que el estudio de la mística poética de san Juan de la Cruz ya tenía frutos en la poesía publicada por Federico Escobedo y José Luz Ojeda.
Y sin más reticencias habló el futuro cronista J.: " Entiendo bien lo que nos anima a imaginar nuestro docto paisano J. Si vemos los nombres de los grupos religiosos que son artífices de nuestra querida ciudad, vemos que refieren a la humildad: hermanos menores y carmelitas descalzos. Nosotros a imitación de ellos como nuestros maestros que han sido en la escuela primaria, y pobres como ellos en la persona de cada uno, creo que sí podemos hacer un Club de Servicio, pero le llamaremos de una manera humilde. Como todos los fundadores reunidos hoy, ninguno trae un peso completo, que estamos de zorras, sin dinero, propongo que le llamemos "Club Zorros", pero también por la astucia y también por la pobreza."
El filósofo J. río de buena gana, a carcajada batiente, y con palabras altisonantes felicitó al imberbe joven L. Y concluyó la junta sacando una reflexión, "el humanismo real, el verdadero, está en la ciudad rural, en aquella que tiene la misión de educar al rústico que la visita cuando vende su cosecha en las calles. Y ustedes son señalados y, a sí mismos se consideran obligados a ello, a educar en el trato sociable, pacífico y en las expresiones de palabras alentadoras y fraternas. Educar, domesticar, hacer afable el trato es la misión, el deber, el destino, la naturaleza del Club Zorros".
El entusiasmo no era menos entre los cinco jóvenes salvaterrenses, ahora sabían acertadamente su misión, y se sentían identificados con su origen citadino y misionero de sus antepasados novohispanos.
Pefecta analogía encuentro en ella con la patria mía.
La vida como poesía y novela en Salvatierra
por Pascual Zárate Avila
El influjo por el auto estudio era una tradición centenaria en la ciudad de Salvatierra. Leer resultaba fácil por las librerías de los conventos carmelita y franciscano. Los archivos daban cuenta de la crónica de la ciudad desde su fundación. Así que todo esta dispuesto para la tarea de nuestro grupo de nobles e idealistas jóvenes del Club Zorros.
Indagar todo lo relativo a su tierra, sus veredas ribereñas para saber ¿dónde nace el río Lerma en el Estado de México?. Animar las convivencia familiares para facilitar el trato entre muchachas y pretendientes muy comedidos con los papás. Organizar justas deportivas de carreras pedestres y ciclismo. Publicar revistas que difundan sus investigaciones sobre la historia civil y eclesiástica, y sobre los hombres más destacados en la promoción del desarrollo de Salvatierra.
Caminando en el jardín, el joven Luis Castillo se apresuró a informar que ya tenía en renta la casona de fachada porfiriana ubicada en Madero e Hidalgo. Era una casa señorial, amplia en su trazo doméstico, de portales en su patio central y con un local que abría una puerta de madera exactamente en la esquina de la calle, achatando el ángulo de encuentro entre las dos paredes de ambas calles. La recibiría al día siguiente, de manos de su amigo Lisandro Nieto, un poeta que emigraba a la ciudad de México emocionado con su título de abogado, y dejaba en el olvido el oficio de comerciante, que por décadas su familia ejerció en el cajón de ropa ubicado dónde ahora sería la sede del centro social del Club Zorros.
Empezaron las reuniones y a trazar los fines del grupo. Indudablemente, de inmediato, el que después sería un dramaturgo egresado de la UNAM: Jesús García, y rancio secretario del ayuntamiento por varias administraciones municipales, se percató que no podían imitar la rutina del Club de Leones, quienes hacían sesión y cena mensual de socios. Así que propuso que la principal tarea del Club Zorros sería el estudio de Salvatierra en todas sus manifestaciones. El que después sería cronista en su jubilación L. dió una ruta más directa de lo que sería el quehacer de los primeros cinco jovenes fundadores: recuperar las obras escritas por los salvaterrenses y promover su lectura.
Empezaron por visitar los archivos parroquiales, el municipal, el de los conventos y haciendas. El futuro cronista L. supo de la existencia de una obra única en la comarca: "El Fénix del Amor" de Agustín Francisco Esquivel y Vargas, sacerdote del siglo XVIII, un hombre del renacimiento inclinado al estudio y al empleo de la razón como vía del conocimiento del campo mexicano. Una tarde lo trajo consigo de manera alborozada José Castro, quien tomaría el oficio de fotógrafo años después. C. Sabía que causaba sorpresa y ansiedad sobre L. y G., querían saber cuál era el tema del libro, y qué logros eran esos de su paisano virreinal. C. era de menuda estatura, más bien pausado en el hablar y de semblante poco expresivo. Fumando un cigarro les pidió que se sentaran en las sillas de madera de la oficina que daba directamente a donde hacían cruce las calles de Hidalgo y Madero.
Y de entre su mochila de manta pintada de gris sacó un envoltorio de papel revolución y cuidadosamente lo puso en la mesa y lo desenvolvió lentamente. G. le dijó ¡Mira que hasta parece una torta! L. permaneció callado sólo esperando ver la portada del libro. G. preguntó ¿lo encontraste en la librería de los carmelitas, compañero?.
Y si, aparecieron las letras góticas de una portada barroca, pues el nombre era muy largo. C. inmediatamente propuso hacer un círculo de lectura para analizar el libro. Para aumentarles su ansiedad C. le adelantó un tema del libro: --Trata de la fundación de Salvatierra y compara al valle de Huatzindeo con el paraiso-- Ambos socios del club Zorros sonrieron con una larga exclamación de gozo intelectual.
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