CAPÍTULO SEGUNDO
LA MUJER DE LOS REMEDIOS SECRETOS
Por Francisco Fernandez Frausto
Los polvos y huesos de muerto de Salvatierra
En nuestro capítulo anterior viajamos hasta la Salvatierra de 1755.
Una ciudad de conventos, haciendas, barrios indígenas y calles donde convivían personas de diferentes orígenes.
Allí conocimos a Petrona Theresa Novara, una mujer mulata libre que vivía en el barrio de San Juan y era conocida como La Sorda.
Su nombre quedó registrado en un expediente del Santo Oficio.
Pero ¿qué sucedió para que una mujer de aquella ciudad terminara acusada de hechicería?
Nuestra historia comienza con otra mujer.
Una mujer que buscaba ayuda.
Su nombre era Rita Antonia.
Rita Antonia también era mulata libre.
Estaba casada con Salvador Merino, un albañil de Salvatierra.
Pero aquel matrimonio estaba lejos de ser tranquilo.
Según las declaraciones conservadas en el expediente, Rita sufría malos tratos de su marido.
Y deseaba encontrar alguna manera de impedir que continuaran los golpes.
En una sociedad donde las mujeres enfrentaban numerosas limitaciones, acudir a otras mujeres podía representar una forma de buscar protección.
Entre las personas cercanas a Rita se encontraba María Guadalupe, conocida como La Queretana.
Ella escuchó sus dificultades.
Y, según el expediente, le habló de una mujer que podía proporcionarle un remedio.
Aquella mujer era Petrona Theresa.
No conocemos su edad ni su apariencia.
Tampoco sabemos con certeza dónde aprendió las prácticas que se le atribuían.
Pero sí sabemos que sus contemporáneos relacionaron su nombre con remedios, curaciones y acciones consideradas supersticiosas.
En la Nueva España, las enfermedades se atendían de distintas maneras.
Había médicos, cirujanos y religiosos que asistían a los enfermos.
También existían personas que conocían plantas medicinales y remedios transmitidos por generaciones.
En esos conocimientos se encontraron tradiciones indígenas, africanas y europeas.
Sin embargo, no podemos afirmar que los remedios concretos atribuidos a Petrona procedieran de una raíz cultural determinada.
Lo que sí podemos reconocer es que ella vivió en una sociedad donde esos saberes convivían y se transformaban.
Pero existía una frontera peligrosa.
Una planta utilizada para aliviar un dolor podía considerarse un remedio.
Una oración podía ser expresión de fe.
Sin embargo, cuando alguien aseguraba que un preparado podía cambiar la voluntad de otra persona, descubrir secretos o producir efectos extraordinarios, las autoridades religiosas podían considerarlo superstición.
Y una acusación de superstición podía convertirse en un asunto del Santo Oficio.
[PAUSA DE TRES SEGUNDOS.]
Volvamos a la casa de Rita Antonia.
María Guadalupe propuso buscar ayuda.
Para ello, según las diligencias, mandaron llamar a Petrona mediante una muchacha llamada Antonia Gertrudis.
Imaginemos aquel encuentro.
RITA ANTONIA — :
¿Es usted Petrona Theresa?
PETRONA — :
Así me llaman. ¿Para qué me necesitan?
RITA:
Me dijeron que usted conoce algunos remedios.
PETRONA:
Cuéntame qué te preocupa.
RITA:
Mi marido me golpea.
No sé cómo hacer para que deje de hacerlo.
PETRONA:
¿Buscas algo que te ayude a vivir sin ese sufrimiento?
RITA:
Sí. Eso es lo que quiero.
No sabemos qué palabras utilizaron realmente.
Pero el expediente conserva el motivo que, según las declaraciones, llevó a Rita a buscar ayuda.
Y también registra que recibió unos polvos cuya finalidad se convertiría en el centro de la investigación.
Para Rita, según su versión, se trataba de conseguir que su marido dejara de maltratarla.
Para Salvador Merino, en cambio, aquellos polvos despertaron una sospecha mucho más grave.
Temía que su esposa quisiera causarle daño.
Incluso quitarle la vida.
Los testimonios hablarían después de preparados de diferentes colores.
Algunos fueron descritos como blancos.
Otros como pardos o grisáceos.
Pero nadie logró identificar con certeza su composición.
Y debemos recordar algo fundamental:
Que una persona atribuyera poderes extraordinarios a aquellos polvos no significa que realmente los tuvieran.
El expediente contiene además otro episodio que permite comprender por qué Petrona despertaba sospechas.
Una mujer llamada Polonia Gertrudis de Villalpando declaró que Petrona había preparado una hierba verde, reduciéndola a polvo y mezclándola con azúcar.
Según aquella declaración, el preparado debía ayudar a descubrir quién había robado unas alhajas.
Pero el procedimiento no produjo el resultado esperado.
La hierba no pudo identificarse con certeza.
Y aquella práctica, que hoy podríamos interpretar como una mezcla de elementos materiales y creencias populares, fue utilizada para alimentar las sospechas contra Petrona.
En la Salvatierra colonial, una mujer podía adquirir reputación por los remedios que preparaba.
Algunos vecinos podían buscarla con confianza.
Otros podían mirarla con temor.
Y bastaba una acusación para que su conocimiento se transformara, ante los ojos de las autoridades, en una posible señal de hechicería.
Pero el caso de Petrona todavía estaba lejos de terminar.
Porque el conflicto entre Rita Antonia y Salvador Merino comenzó a involucrar a otras personas.
Entre ellas, María Guadalupe, La Queretana.
Y la muchacha Antonia Gertrudis.
Las versiones sobre quién llevó los polvos y qué se dijo de ellos no coincidían completamente.
Esa diferencia sería importante durante las investigaciones.
En agosto de 1755, Salvador Merino decidió acudir ante el alcalde ordinario de Salvatierra, don Andrés García Botello.
Había encontrado unos polvos en poder de su esposa.
Quería saber qué eran.
Quién se los había proporcionado.
Y para qué pretendía utilizarlos.
Lo que comenzó como un conflicto matrimonial se convirtió en una denuncia ante las autoridades.
El 12 de agosto de 1755, Petrona Theresa fue detenida y llevada a la cárcel de Salvatierra.
Al día siguiente, el alcalde presentó la denuncia ante el comisario del Santo Oficio, el licenciado Joseph Xavier de Rivera.
Aquella mujer, conocida en su barrio como La Sorda, quedaba ahora envuelta en una investigación que llegaría hasta el Tribunal de la Inquisición de México.
Pero los polvos no eran los únicos objetos mencionados.
Entre las declaraciones también aparecería algo todavía más inquietante.
Un pequeño hueso.
Un hueso que, según quienes hablaron de él, procedía de una persona muerta.
Y al que se atribuían propiedades extraordinarias.
En esta temporada de Día de Muertos, aquella historia nos recuerda que los objetos relacionados con la muerte han tenido significados muy distintos a lo largo del tiempo.
Para unas personas podían ser recuerdos.
Para otras, reliquias.
Y para algunas, objetos a los que atribuían poderes que las autoridades religiosas condenaban.
Pero ¿qué representaba aquel hueso?
¿Por qué había llegado a manos de Rita Antonia?
¿Y qué relación tenía con los polvos que Salvador Merino había encontrado?
En nuestro próximo capítulo:
LOS POLVOS Y LOS HUESOS DE MUERTO.
Conoceremos las declaraciones que convirtieron unos pequeños envoltorios en las principales pruebas de una acusación de hechicería.
Y descubriremos por qué el miedo podía ser tan poderoso como cualquier remedio.
Escuchaste Los Expedientes Secretos del Bajío.
Una serie especial de Día de Muertos sobre la historia, las creencias y las tres raíces culturales de nuestros pueblos.
Continuará...

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