jueves, 5 de noviembre de 2026

La leyenda que nos falta en los relatos de pueblo mágico Salvatierra

Las leyendas que nos hacen falta en Salvatierra

por Pascual Zárate Avila
Cronista de Salvatierra


    Cuando hago relatos de la ciudad de Salvatierra a los niños de la ciudad, me doy cuenta de la gran magia que tiene la historia de los primeros años de la fundación de la ciudad.
    Nos encontramos con el encuentro de dos mundo de manera pacífica, por este territorio de las Indias Occidentales llamado el valle de Huatzindeo, llegaron soldados españoles cansados de combatir en la llamada conquista de México.
    Eran soldados de espada y rodela, soldados de a pie, de aquellos que no recibieron mercedes, para quienes no hubieron encomiendas, ni capitanías ni propiedad alguna.
    Fueron soldados pacificados, sin más propiedad que sus cascos, armaduras de pechera, sus rodeles y espadas, ya con deseos de disfrutar de la bella tierra conquistada.
    Sin mapas para delimitar mercedes, sin documentos firmados por el virrey, mandados por Hernán Cortés a vivir en una zona privilegiada por la naturales, así llegaron al valle de Huatzindeo.
    Soldados anónimos, olvidados, casi no dejaron huella de su paso por las riveras del río Grande, de ellos sabemos de su presencia por lo mapas antiguos, por los planos dados a quienes les dieron una merced firmada por el virrey, como a Juan Illades. Fue un mapa para localizar y delimitar la merced  otorgada, y en ese plano están dibujados caminos de ganado. Era la primera mitad del siglo XVI, los caminos de ganados estaban señalados en los territorios donde no había documento alguno que reportara habérse concedido a un español, quienes eran los únicos con el conocimiento y la capacidad legal para comprar y engordar ganado de vacas, caballos, mulas, asnos, chivas, borregos, lechones, etc.
    Es así como sabemos de una prueba física de la presencia en la región de Huatzindeo, de una veintena de soldados de la conquista dedicados a la crianza de ganado en estancias de dimensión familiar.
    Podemos imaginar su vida, luego de sus combates en el sitio de Tenochtitlán o en la masacre de Cholula, imaginar sus conversaciones de los destrozos vistos en sus campañas de guerra con los Mexicas.
    En el valle de Huatzindeo ya estaban pacíficos, criando ganado y pasando las tardes platicando viendo correr al rió Grande con sus corrientes de agua tumultuosas.
    Los podemos imaginar sentados en unas sillas de madera, reunidos cuatro antiguos soldados, con el sol de la tarde pasando entre las espesas ramos de los árboles de la estancia ganadera, una estancia como la de San Buenaventura cerca del río, un lugar abundante de plantas con flores olorosas y con  arbustos robustos de hojas y varas, recogiendo los rayos de sol.
    Soldados sedentarios, aprendiendo a criar becerros, mulas y lechones, haciendo amistad con los chichimecas del rumbo, con los pirindas y los chochones. Recibiendo los soldados a los franciscanos en su paso por el valle de Huatzindeo, recibiendo las bendiciones y las imágenes religiosas hechas por manos indígenas de vírgenes y crucifijos.
    Rezando en la soledad de los parajes de las riveras del río Grande, sintiendo el peso de los recuerdos de las batallas sangrientas de miles de indígenas  combatientes, cuando el estruendo de la guerra era el sonido de las tierras siempre presente con gritos y tambores constantes escuchándose en el aire.
    Veían lo ganado, un pedazo deshabitado de tierra fértil, trabajando como cualquier campesino de la península ibérica, de Extremadura.
    De su presencia podemos imaginar ser los soldados anónimos los constructores de las estancias de San Juan, la Concepción, San Antonio, San Buenaventura y La Magdalena. Son los sitios nombrados en los relatos más antiguos, como lugares comprados por las nuevas familias llegadas como los Raya, los Hernández, los López de Peralta, los Gogorrón, los Carranza, los Illades, quienes llegaron con fortunas al valle de Huatzindeo y compraron estancias.
    Así de anónimo fue la presencia de los soldados de a pie, de espada y rodela, de la grandiosa conquista de México. 
    Esta parte de la leyenda nos hace falta en la crónica de Salvatierra, son un relato interesante de cómo cambió el paisaje del valle de Huatzindeo desde la primera parte del siglo XVI, así comenzó el virreinato, el nacimiento de una ciudad señorial e ideal en las tierras de las Indias Occidentales.
    Bajo esas tierras llenas de poblaciones indígenas y soldados españoles, se comenzó una convivencia pacífica para fundar la ciudad española de San Andrés de Salvatierra.
    Con los caminos de ganado cambiaron el paisaje en los primeros dibujos de los planos del territorio del Bajío. 
    Nos faltan las leyendas de los primeros contactos de españoles avecindados en el valle de Huatzindeo, cuando la región era la admiración de los españoles en busca del paraíso bíblico.   
    

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