Pascual Zárate Avila, crónicas de la Feria de la Candelaria de Salvatierra, Gto.
A la Feria de la Candelaria la conocí en mis años infantiles, recuerdo la primera experiencia en los juegos mecánicos, posiblemente tendría cinco o seis años. Asistí llevado de la mano por Rafaela, una señora con larga historia de ayudar en los quehaceres de la casa, quien fue la de la idea de llevarme para distraerme, debido a mi tristeza ocasionado por haber visto partir a mi mamá con el resto de la familia, cuatro hermanas y un hermano, se fueron con destino a Morelia a estudiar, la hermana mayor la preparatoria, y las otras la secundaria en el nivel vocacional de la Universidad de Michoacán. El hermano se encaprichó negándose a quedarse en Salvatierra.
Así que tuve una enorme tristeza y por compasión Rafela le ofreció llevarme a los juegos para distraerme del abatimiento de quedarme solo en casa.
Estuvimos dando vueltas en el jardín viendo los juegos y, también, la casa de la mujer convertida en araña por desobedecer a sus padres, la pequeña sala de cine donde proyectaban una película de Tarzán, los pajaritos de la suerte sacando papelitos saliendo de su jaula y regresando a ella. Estos juegos los recuerdo por ser frecuentes en esa época de los años sesenta en la feria de La Candelaria.
Así andaba viendo cosas extraordinarias, muy diferentes a la rutina cotidiana de la ciudad. Y ya oscurecía al empezar un sonido de música de rumba con voces sobrepuestas invitando a subir a la ola de la fortuna. Estaban los juegos amontonados afuera del templo parroquial, como el sitio más concurrido del jardín. Era el lugartradicional del castillo de pólvora y del palo encebado, dos eventos para distraerse comiendo dulces de algodón azul.
En esa época, en el templo parroquial estaba el alarife Pedro Méndez construyendo la segunda torre y, adentro, en el presbiterio, se encontraba Pedro Cruz pintando el mural del Triunfo de la Virgen, en esos días dibujaba el caserío de Salvatierra visto desde el molino de las Ardillas.
Así iba caminando por enfrente de la parroquia y a un lado de la fuente de las ranitas pusieron una rueda de la fortuna para niños y niñas. Como era un día entre semana y no era el dos de febrero, los niños escaseaban.
La sugerencia de subirme a la rueda de la fortuna fue una pregunta inesperada hecha por Rafaela, la ayudante de la casa una señora madura, quien tenía una hija mayor a mí, pero no iba con nosotros en el paseo.
Nunca me había subido antes a ningún juego mecánico, así que dije que no, pero el muchacho encargado de hacer girar la pequeña rueda empezó a animarme, pero iba solo, y la canastilla era para dos niños.
Entonces bajo la presión social me animé a subir a la canastilla, pero estaba muy amplia, el hueco era grande, y dijeron que me podía caer. La solución fue llamar a subir a una niña de mi edad, ella estaba observando con su mamá y su tía la escena de mi subida, sin dudarlo de inmediato seinstaló a un lado mío, a la izquierda de la canastilla. Con gran desenvoltura me saludo y me dijo que ella no tenía miedo. Llevaba falda y era una niña morena llenita, con trenzas adornadas con un moño azul de listón.
Mi sorpresa era ver cómo me hablaba, lo hacía como si fuéramos de la familia, no era “apretada” como las niñas de mi cuadra, me preguntó mi nombre, ella se llamaba Carmen y estudiaba en la primaria del Carmen. Estaba muy contenta, seguramente también era la primera vez en ser invitada a subirse con un niño tímido a la rueda de la fortuna.
Fueron las seis vueltas en la rueda de la fortuna más sorprendentes para mi experiencia de socialización, platicando con una niña desconocida, me contagiado de su alegría, iba ella gritando de alegría en el subir y bajar de la rueda, fue un día de feria inolvidable, aún recuerdo la risa de ambos viajando en la canastilla, siempre me viene el recuerdo en los días previos, cuando estoy esperando el comienzo de la Feria de la Candelaria, como ahora.

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