La leyenda de la bruja del barrio de San Juan
Relato narrado en el panteón el 31 de Octubre y 1 de noviembre
por Pascual Zárate Avila
Cronista de Salvatierra
Con la finalidad de ambientar las actividades culturales sobre la vida social de Salvatierra en el siglo XVIII narré el expediente de Petronas Teresa Novara, acusada de hechicería en un expediente del Santo Oficio de la Inquisición, el cual hemos narrado en Radio La Luz y publicado el guión de los seis programas de "Expedientes secretos del Bajío", en ente blog de Arcadia Salvaterrense.
Ante un auditorio de un poco más de treinta personas, cerca de la capilla, tuve la ocasión de contar en forma de leyenda el caso de la acusación de hechicería en los tiempos de la era moderna en Salvatierra.
Conté que dada la aprobación de la construcción del templo mayor dedicado a la Virgen de la Luz, el comisario del Santo Oficio Josep de la Rivera, párroco, acudió a Morelia para contratar a alarifes y albañiles de los peones liberados de la construcción de la catedral de Valladolid, la cual estaba terminada en 1744.
Llegó a Valladolid el comisionado del Santo Oficio y párroco secular de Salvatierra, se asombró de las torres con sus tres bloques de construcción, su fachada barroca con sus partes deslumbrantes de mármol en la parte alta.
Ahí en al atrio estaban los últimos y más diestros albañiles de la obra, quienes estaban aplicando los detalles de cantera en lo más alto de las torres. Los esperó para ofrecerles trabajo en Salvatierra.
Quedaron de pasar a conocer Salvatierra y comenzar la obra, solo dejaban listos los últimos detalles, irían doce albañiles y un alarife.
Josep de la Rivera tenía comprado el lugar donde hospedaría a los albañiles y alarifes con sus familia, era un espacio grande a media cuadra del terreno del templo, en un lugar hoy denominado "Mesón de La Luz", donde los albañiles construirían los cuartos y patios para ser su vivienda.
Llegaron los albañiles en una tarde de octubre a Salvatierra, algunos venían solos y la mayoría era acompañado por su familia, todos eran de estirpe indígena, menos el albañil alarife, él era criollo por ser quien tenía los conocimientos de arquitectura, medición y cálculo del peso de los bloques para levantar las paredes.
La noticia se expandió por toda la población, llegando a oidos de las muchachas mulatas del barrio de San Juan, mujeres en edad de formar una pareja. Ellas bajaron a la explanada del centro de la ciudad española de San Andrés de Salvatierra, polvorienta con grandes rocas en sus costados, con árboles grandes de ahuehuete.
Una de la mulatas libres del barrio de San Juan, de nombre Rita, tuvo un encuentro visual con Antonio Mercado, un albañil en sus últimos años de juventud, quien llegaba solo para levantar el templo de la Virgen de la Luz, sus mujeres conquistadas en Valladolid lo habían abandonado antes de partir a Salvatierra. Su andar solitario fue la señal para Rita de pensar en verlo como su posible pareja.
El nerviosismo de los recién llegados, veinte albañiles indígenas purépechas con sus parejas, era la diversión de las cuatro mulatas libres del Barrio de San Juan, quienes disfrutaban de pensar en ofrecerles la venta de verduras y tejidos de su trabajo, solo Rita estaba pensando en hacer pareja con el indígena solitario, quien tenía una mirada fuerte al mirar, cuyo momento cuando sus miradas se encontraron le causo temblores de gusto a Rita, al notar que su cuerpo moreno de mulata alta, con amplias caderas y pechos abundantes, no habían pasado desapercibidos Antonio Mercado.
Al día siguiente pasó a ofrecerle comida al albañil Antonio Mercado, un caldo de codorniz, a un precio barato, y platicar con él para llevarle de manera diaria sus alimentos, lo cual lo aceptó Antonio Mercado viendo una oportunidad para conseguir mujer en esta tierra nueva donde llegaba a construir un templo grande.
Sabiendo de la coquetería femenina y de su potencial económico como albañil de una obra cuya realización llevaría varios años, Antonio Mercado tomó por las caderas a Rita y la abrazó, pidiéndole que se quedara en su cuarto del Mesón de la Luz, donde estaban viviendo los trabajadores de la construcción venidos de Valladolid.
Rita se sonrió y cerraron la habitación, con su cuerpo moreno Rita hizo sentir a Antonio Mercado los escalofrío contenidos desde su partida del lugar donde levantó, con sus compañeros albañiles, la majestuosa catedral de la capital de la provincia de Michoacán.
A las pocas semanas, Rita conoció el humor arisco y colérico de Antonio Mercado, quien no podía contener su furia por desavenencias con Rita, de cosas pequeñas del hogar.
Le contó a su amiga mulata del barrio de San Juan, de sus malos momentos de ser golpeada por Antonio Mercado, a lo cual Antonia la aconsejo, ahí a media explanada del centro de la ciudad, que fuera con Petrona Teresa para pedirle ayuda y aliviar a su pareja de sus momentos de iracundia.
Una mañana soleada salió a la casa de Petrona Teresa a visitarla en su casa cercana al templo del Señor del Socorro, la encontró preparando la comida, un caldo espeso de verduras, y sin más tiempo le pido su ayuda para contener a su pareja en su furia y no recibir la violencia de sus fuertes brazos de albañil acostumbrado a subir canteras pesadas jalando de cordeles de ixtle.
Petrona la escuchó con ojos avivados, y le dijo que le prepararía una porción de polvos, serían para aliviarla de los arranques imprevistos de ataques de coraje de su pareja.
Rita se fue a su cuarto del Mesón de la Luz, mientras Petrona preparó su lista de la fórmula de sus polvos: tres huesitos de mano de niño molido, hoja de árbol de Aguacate, la sal de la tierra caliza y pedazos de lirios del lirio molido. Hizo la composición, un cuarto de polvos, los cuales debería añadirlos a los alimentos de mañana de Antonio Mercado, según se lo dijo antes de separare de ella.
Llamó a Gertrudris, una niña de ocho años con oficio de mandadera, una pequeña mulata de paso ágil cuando atravesaba la ciudad con algún recado. Gertrudis le llevó una bolsa pequeña de manta cosida a Rita, quien se lo recibió y le dio una moneda.
Comenzó a poner los polvos en el almuerzo, en los huevos revueltos cuando los freía y llegaba Antonio Mercado a tomar los alimentos. Un día regreso a su cuarto cuando no estaba Rita, y buscando entre las cazuelas un vaso para tomar agua, dio con la bolsa de manta cosida, le extrañó sentir su blandura de polvos, la abrió y se sorprendió ver lo blanco del polvo, lo guardó en su bolsillo y salió con prisa para ir a buscar al alcalde de Salvatierra, Andrés García Botello, diciéndole su idea de la naturaleza del polvo blanco de Rita, él creyó de inmediato la posibilidad de tratarse de un veneno.
Andrés García Botello preguntó de quien eran los polvos, y mando traer a Rita para interrogarla, fueron dos de sus alguaciles mestizos, quienes la llevaron a la casa del alcalde de la ciudad, procediendo a interrogarla. Rita explicó todo, y quién se los había llevado, y de inmediato fueron por la niña Gertrudis, quien señaló a Petrona Teresa quien le había dado la pequeña bolsa de manta tejida.
Al saber del origen del polvo blanco, de inmediato comentaron los alguaciles mestizos haber escuchado de los poderes de brujería de Petrona Teresa, mejor conocida como La Sorda. A quien le atribuían hechizos para envenenar a varias personas en el barrio de San Juan, así como aliviado a personas enfermas de ronchas.
El alcalde fue de inmediato con el comisionado del Santo Oficio de la Inquisición, Josep de la Rivera, párroco de la ciudad, quien al escuchar el nombre de Petronas y su fama de brujería, de inmediato la mando apresar para guardarla en las celdas del interior del edificio de la Inquisición en Salvatierra, una casona grande, ubicada en la calle Hidalgo en esquina con Leandro Valle, un gran espacio edificado, cuyo uso actual es de restaurantes y cafeterías llamado "La Casona".
La interrogaron para saber la composición del polvo blanco entregado a Rita, le hicieron presión en su cuerpo para obligarla a confesar sus recetas mágicas. El comisionado del Santo Oficio redactó una acusación de brujería de Petrona y lo envío al tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en la ciudad de México.
El gran inquisidor en el tribunal del Santo Oficio, tardó en leer la acusación, habían pasado once meses de su llegada al palacio de la Inquisición. Lo leyó y pido investigar los datos de los antecedentes de Petrona Teresa Novara, de sus anteriores polvos y del avance de los aplicados por Rita a su pareja Antonio Mercado.
Las respuestas a las preguntas fueron contestadas por personas autorizadas, sobre le caso de los envenenamientos, los médicos afirmaron la naturaleza de muerte natural de la personas señaladas como envenenadas, del caso de remedios para alguna enfermedades se supo de su efecto ligero. A Rita la interrogaron con castigos para esperar de ella una confesión verdadera, y Rita afirmo llevar diez días administrando los polvos en el almuerzo a Antonio Mercado, quien se sentía saludable y con mucha fuerza para trabajar.
La declaraciones de los testigos fueron enviados al gran inquisidor, quien juzgo como inofensivos los polvos blancos empleados por Rita para bajar el temperamento colérico de su pareja Antonio Mercado, tras su fallo firmo el documento para dejar en libertad a Petrona Teresa Novara en palacio de la Inquisición en Salvatierra, lo cual se realizó por Josep de la Rivera después de dos años de mantener en prisión a la mulata libre acusada de brujería, quien en realidad había hecho unos polvos con una intención de cambiarle el temperamento a la pareja de Rita con la finalidad de acabar con la violencia de pareja recibida por ella, una noble intención para erradicar la violencia de género, el cual aún hoy estamos tratando de alivaria sobre las mujeres actuales.

No hay comentarios:
Publicar un comentario